– Recuérdeme lo que dijo lady Ursula, Kate.
Ella contestó:
– «Después de la primera muerte ya no hay otra.» Parecía una cita.
– Es una cita. -Y añadió sin más explicación-: A su hijo mayor lo mataron en Irlanda del Norte. ¿Le gusta esta sala?
– Si quisiera instalarme para leer tranquilamente un rato, preferiría la biblioteca pública de Kensington. Es para enseñar, más bien que para utilizarla, ¿no cree? Curiosa idea la de tener en una sola habitación la biblioteca y el comedor. -Y añadió-: Pero supongo que, a su manera, es espléndida. No es exactamente lo que yo llamaría confortable, sin embargo. Me pregunto si alguien ha sido asesinado alguna vez por una casa.
Para tratarse de Kate, había sido un largo discurso.
Dalgliesh contestó:
– No recuerdo ningún caso. Podría ser un motivo más racional que asesinar a causa de una persona; habría menor riesgo de sufrir después una decepción.
– Y también menos oportunidad de traición, señor.
La señorita Matlock apareció en el umbral y dijo con fría formalidad:
– Lady Ursula les espera. Su salón está en el cuarto piso, pero hay un ascensor.
Era como si fueran una pareja de aspirantes a un empleo doméstico de escasa categoría. El ascensor era una elegante caja dorada en la que subieron lentamente, sumidos en un opresivo silencio. Cuando se detuvo repentinamente, fueron invitados a seguir un estrecho pasillo alfombrado. La señorita Matlock abrió una puerta al fondo y anunció:
– El comandante Dalgliesh y la señorita Miskin, lady Ursula.
Después, sin esperar a que ellos entraran en la habitación, dio media vuelta y se retiró.
Ahora, al entrar en el salón de lady Ursula Berowne, Dalgliesh sintió por primera vez que se encontraba en una casa particular, que aquella era la habitación que la propietaria había convertido en peculiarmente suya. Las dos altas ventanas, de bellas proporciones y con sus doce hojas de cristal, ofrecían una visión de un cielo delicadamente enmarcado por las copas de los árboles, y la habitación, larga y estrecha, estaba repleta de luz. Lady Ursula se sentaba, muy erguida, a la derecha de la chimenea, dando la espalda a la ventana. Había un bastón de ébano con puño de oro apoyado en su sillón. No se levantó al entrar ellos, pero extendió la mano cuando Kate le presentó a Dalgliesh. Su apretón, aunque muy breve, resultó sorprendentemente vigoroso, pero fue como sostener por unos instantes una serie de huesos inconexos estrechamente enfundados en una seca piel de Suecia. Dirigió a Kate una rápida mirada como salutación y movió la cabeza en un gesto que podía ser reconocimiento o aprobación, antes de decir:
– Siéntense, por favor. Si la inspectora Miskin ha de tomar notas, tal vez le resulte conveniente esa silla junto a la ventana. Usted puede sentarse ante mí, comandante.
La voz, con su timbre lleno de la arrogancia propia de la clase alta, aquella arrogancia que a menudo parece pasarle inadvertida a quien la muestra, era, exactamente, lo que él hubiese esperado. Parecía artificialmente producida, como en un intento de controlar cualquier dificultad que experimentara en reunir aliento y. energía para producir las cadencias debidas. Sin embargo, era todavía una voz hermosa. Sentada ante él, rígidamente erguida, Dalgliesh vio que su silla era de un modelo especial para los impedidos, con un botón en el brazo para alzar el asiento y ayudarla cuando quisiera levantarse. Su modernidad funcional era una nota discordante en una habitación que, por otra parte, estaba llena de mobiliario del siglo XVIII: dos sillones con asientos tapizados en brocado, una mesa Pembroke y un escritorio, cada pieza un hermoso ejemplo de su período, y todas estratégicamente colocadas para facilitar una isla de apoyo si ella necesitaba dirigirse trabajosamente hacia la puerta, de modo que el salón recordaba una tienda de antigüedades con sus tesoros inadecuadamente expuestos. Era una habitación de anciana y, por encima del olor a cera virgen y el leve aroma estival que emanaba de un pebetero sobre la mesa Pembroke, su sensible olfato pudo detectar un atisbo de agrio olor de la vejez. Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada. Los de ella todavía eran extraordinarios, muy grandes, bien espaciados y con párpados gruesos. En otro tiempo debieron de ser el foco de su belleza y, aunque ahora estuvieran ya hundidos, todavía pudo ver la chispa de la inteligencia detrás de ellos. Su piel estaba marcada por profundos surcos que discurrían desde la mandíbula hasta los altos pómulos. Era como si alguien hubiera colocado las dos palmas de las manos junto a aquella piel frágil y la hubiera tensado hacia arriba, hasta el punto de que él vio, como en un reconocimiento premonitorio, el brillo de la calavera bajo la piel. Los pabellones de las orejas, aplanadas contra el cráneo, eran tan amplios que daban la impresión de unas excrecencias anormales. En su juventud, seguramente se había peinado de modo que permitiera cubrirlos. No había rastros de maquillaje en su cara y, con los cabellos peinados enérgicamente hacia atrás y reunidos en un moño alto, era una cara que parecía desnuda, preparada para la acción. Vestía unos pantalones negros y sobre ellos una túnica fina de lana gris, con cinturón y abrochada casi hasta la barbilla, con puños muy ajustados. Calzaba unos zapatos anchos y negros y, en su inmovilidad, sus pies daban la impresión de estar clavados al suelo. Había una edición de bolsillo en la mesita redonda, a la derecha de su butaca. Dalgliesh observó que la obra era Required Writing, de Philip Larkin. Ella extendió la mano, la depositó sobre el libro y después dijo:
– Larkin escribe aquí que la idea de un poema y un verso del mismo acuden simultáneamente. ¿Está usted de acuerdo, comandante?
– Sí, lady Ursula, creo que sí. Un poema empieza con poesía. No con una idea para la poesía.
No mostró ninguna sorpresa ante semejante pregunta. Sabía que un shock, una pena o un trauma afectaban a las personas de muy diferentes maneras, y si esa extraña manera de comenzar una conversación había de ayudarla a ella, bien podía él disimular su impaciencia. Ella dijo:
– Ser poeta y bibliotecario, aunque el hecho en sí sea inusual, tenía cierta relación, pero ser poeta y policía me parece a mí algo excéntrico, incluso perverso.
Dalgliesh repuso:
– ¿Considera usted la poesía contraria a la detección, o la detección contraria a la poesía?
– Desde luego, lo último. ¿Qué pasa si la musa irrumpe -no, ésta no es la palabra adecuada-, si la musa le visita a usted en medio de un caso? Aunque, si la memoria no me engaña, comandante, en los últimos años su musa se ha mostrado más bien fugitiva. -Y añadió, con una nota de delicada ironía-: Lo que no deja de ser una lástima para todos nosotros.
Dalgliesh replicó:
– Hasta el momento, eso no ha ocurrido. Es posible que la mente humana sólo pueda enfrentarse a una sola experiencia intensa en cada momento.
– Y la poesía es, claro está, una experiencia intensa.
– Una de las más intensas, diría yo.
De pronto, ella le sonrió. La sonrisa iluminó su rostro con toda la intimidad de una confidencia compartida, como si fueran antiguos colegas.
– Debe usted excusarme. Ser interrogada por un detective es una experiencia nueva para mí. Si es que existe un diálogo apropiado para esta ocasión, yo todavía lo ignoro. Gracias, de todos modos, por no abrumarme con sus expresiones de pésame. Dados mis años, he recibido demasiados pésames oficiales, y siempre me han parecido embarazosos o bien muy poco sinceros.