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Dalgliesh se preguntó qué hubiera contestado ella si él hubiese dicho: «Conocía a su hijo. No muy bien, pero le conocía. Acepto que no desee usted mis expresiones de condolencia, pero, si yo hubiese sido capaz de decir las palabras oportunas, éstas no habrían sido falsas».

Ella dijo:

– La inspectora Miskin me dio la noticia con tacto y consideración. Le estoy agradecida. Pero, desde luego, no pudo o no quiso decirme nada más aparte del hecho de que mi hijo había muerto, y de que presentaba ciertas heridas. ¿Cómo murió, comandante?

– Degollado, lady Ursula.

No había manera de suavizar aquella brutal realidad. Añadió:

– El vagabundo que encontrarnos junto a él, Harry Mack, murió de la misma manera.

Se preguntó por qué había considerado importante decir el nombre de Harry. Aquel pobre Harry, tan incongruentemente uncido a la democracia forzosa de la muerte, cuyo cuerpo ya rígido recibiría muchas más atenciones en su disolución de las que él había recibido en vida.

– ¿Y el arma? -preguntó ella.

– Una navaja ensangrentada, aparentemente propiedad de su hijo, que estaba cerca de su mano derecha. Habrá que efectuar numerosas pruebas forenses, pero espero constatar que esa navaja fue el arma.

– Y la puerta de la iglesia… la sacristía, o dondequiera que estuviera él, ¿estaba abierta?

– La señorita Wharton, que, junto con un niño, descubrió los cadáveres dice que la encontró sin cerrar.

– ¿Están tratando este caso como un suicidio?

– El vagabundo, Harry Mack, no se mató. Mi opinión preliminar es la de que tampoco lo hizo su hijo. Es demasiado pronto para decir más, hasta que dispongamos de los resultados de la autopsia y de las pruebas forenses. Entretanto, yo trato el caso como un doble asesinato.

– Comprendo. Gracias por ser tan franco.

Dalgliesh dijo entonces:

– Hay algunas preguntas que debo hacerle. Si prefiere usted esperar, siempre puedo volver en otro momento, pero, evidentemente, es importante perder el menor tiempo posible.

– Yo prefiero que no se pierda ninguno, comandante. Y dos de sus preguntas ya las puedo prever. No tengo ninguna razón para suponer que mi hijo pensara en poner fin a su vida, y que yo sepa no tenía enemigos.

– En un político, eso resulta sin duda poco usual.

– Tenía enemigos políticos, claro. Y unos cuantos, sin duda alguna, eran de su mismo partido. Pero, que yo sepa, ninguno de ellos es un maníaco homicida. Y los terroristas, claro está, utilizan bombas y pistolas, no la navaja de su víctima. Perdóneme, comandante, si pretendo decirle lo que usted ya sabe bien, pero ¿no es más probable que alguien, desconocido para él, un vagabundo, un psicópata, un ladrón cualquiera, le matara a él y a ese Harry Mack?

– Es una de las teorías que debemos considerar, lady Ursula. -Y preguntó-: ¿Cuándo vio a su hijo por última vez?

– Ayer, a las ocho de la mañana, cuando me subió la bandeja con mi desayuno. Solía hacerlo siempre. Sin duda, deseaba asegurarse de que yo había sobrevivido a la noche anterior.

– ¿Le habló, entonces o en cualquier otro momento, de que pensaba volver a Saint Matthew?

– No. No hablamos de sus planes para el día; sólo de los míos, y supongo que éstos no pueden interesarle a usted.

Dalgliesh repuso:

– Podría ser importante saber quién hubo en la casa durante el día y en qué momentos. Su horario podría ayudarnos en ese sentido.

No dio más explicaciones y ella tampoco se las exigió.

– La señora Beamish, mi pedicura, llegó a las diez y media. Siempre viene aquí. Pasé con ella más o menos una hora. Después fui a almorzar con la señora Charles Blaney en su club, el University Women's. Después de comer, fuimos a ver unas acuarelas en las que ella estaba interesada, en Agnew's, en Bond Street. Tomamos juntas el té en el Savoy; yo dejé a la señora Blaney en su casa de Chelsea antes de regresar aquí, más o menos a las cinco y media. Pedí a la señorita Matlock que me subiera un termo de sopa y una bandeja de canapés de salmón ahumado a las seis. Así lo hizo ella, y entonces le dije que prefería que ya no se me molestara más durante la velada. El almuerzo y la exposición de cuadros me habían resultado más fatigosos de lo que yo esperaba. Pasé la velada leyendo y, poco antes de las once, llamé a la señorita Matlock para que me ayudara a acostarme.

– ¿Vio usted a alguna otra persona de la casa durante el día, aparte de su hijo, la señorita Matlock y el chófer?

– Vi por unos momentos a mi nuera cuando entré en la biblioteca. Eso ocurrió en la primera mitad de la mañana. ¿Cree que es importante, comandante?

– Hasta que sepamos cómo murió su hijo, es difícil saber con certeza qué es o no importante. ¿Sabía algún otro miembro del servicio que sir Paul deseaba visitar de nuevo Saint Matthew ayer por la noche?

– No he tenido oportunidad de preguntárselo. No creo probable que lo supieran. Sin duda, usted lo investigará. Aquí tenemos poco personal. Evelyn Matlock, a la que ya ha visto, es el ama de llaves. Está también Gordon Halliwell. Es un ex sargento de la guardia, que sirvió a las órdenes de mi hijo mayor. Supongo que él se describiría como chófer y hombre para todo. Llegó aquí hace poco más de cinco años, antes de que mataran a Hugo, y se quedó.

– ¿Hacía también de chófer para su hijo?

– Rara vez. Paul, desde luego, utilizaba su coche oficial antes de presentar su dimisión, pero de lo contrario conducía él mismo. Halliwell me lleva a mí casi a diario, y en alguna ocasión a mi nuera. Tiene un piso sobre el garaje. Tendrá que esperar usted, comandante, para oír lo que pueda decirle él. Hoy es su día libre.

– ¿Cuándo salió él, lady Ursula?

– O bien anoche muy tarde o esta mañana a primera hora. Es su práctica habitual. Ignoro adónde va. No hago preguntas a mi servidumbre sobre sus vidas privadas. Si la radio da la noticia de la muerte de mi hijo esta tarde, como espero que haga, sin duda regresará temprano. En cualquier caso, lo normal es que vuelva antes de las once. A propósito, hablé ayer con él, por el teléfono interior, poco después de las ocho de la tarde, y otra vez alrededor de las nueve y cuarto. Aparte de Halliwell, ahora sólo hay otra persona a nuestro servicio, la señora Iris Minns, que viene aquí cuatro días a la semana para el trabajo general de la casa. La señorita Matlock puede darle sus señas.

Dalgliesh preguntó:

– ¿Le había hablado su hijo de esa experiencia en la sacristía de Saint Matthew?

– No. Él no podía esperar que yo simpatizara con ese tema. Desde 1918, no he sido una mujer religiosa. Dudo haberlo sido alguna vez, en un sentido auténticamente real. El misticismo, en particular, es para mí algo tan carente de sentido como pueda serlo la música para un sordo. Acepto, desde luego, que la gente tenga esas experiencias. Yo diría que las causas son físicas y psicológicas: un exceso de trabajo, el ennui de la mediana edad, o una necesidad de encontrar algún significado a la existencia. Para mí, ésa ha sido siempre una búsqueda carente de resultados.

– ¿La juzgaba también su hijo carente de resultados?

– Hasta que ocurrió eso, yo le hubiera descrito como un anglicano convencional. Sospecho que utilizaba los buenos oficios de su religión como recuerdo de una decencia fundamental, como una afirmación de identidad, como un breve momento de respiro en el que poder pensar sin temor a ser interrumpido. Como la mayoría de los anglicanos pertenecientes a la clase alta, él hubiera juzgado más comprensible la encarnación si Dios hubiera optado por visitar su creación como un caballero inglés del siglo XVIII. Pero, al igual que la mayoría de los de su clase, superaba esta pequeña dificultad remodelando más o menos a Dios como un caballero inglés del XVIII. Su experiencia -su supuesta experiencia- en esa iglesia resulta inexplicable y, para hacerle justicia, no intentó explicarla, al menos a mí. Espero que no supondrá usted que yo voy a comentarla. Este tema me resulta desagradable, y seguramente no ha tenido nada que ver con su muerte.