Había sido una larga explicación y Dalgliesh comprendió que la había fatigado. Y pensó que no podía ser tan ingenua como aparentaba; incluso le sorprendía que ella esperara que él lo creyera así. Dijo:
– Cuando un hombre cambia toda la dirección de su vida y muere -posiblemente asesinado- al cabo de una semana de esa decisión, eso debe de tener su importancia, al menos para nuestra investigación.
– Sí, no me cabe duda de que es importante en ese sentido. Pocas intimidades habrá en esta familia que no sean importantes para su investigación, comandante.
Pudo ver que en los últimos segundos la fatiga había llegado a abrumarla. Su cuerpo parecía haber disminuido de tamaño, como empequeñecido, en aquel enorme sillón, y las manos crispadas sobre los brazos del mismo empezaban a temblar levemente. Sin embargo, dominó su compasión, tal como ella estaba dominando su pena. Todavía había preguntas que necesitaba formular y no sería la primera vez que se aprovechara del cansancio o del dolor. Se inclinó hacia adelante y extrajo de su cartera de mano el dietario chamuscado, envuelto todavía en la bolsa de plástico transparente. Dijo:
– Ha sido examinado en busca de huellas dactilares. En su momento, deberemos comprobar cuáles pertenecen a personas que tuvieran derecho a tocar este diario. Sir Paul, usted, miembros del servicio de la casa. Yo querría que usted me confirmara que es, en efecto, el dietario de él. Sería muy útil que pudiera hacerlo sin necesidad de desenvolverlo.
Ella tomó el paquete en sus manos y, durante unos momentos, lo tuvo en su regazo, mientras lo contemplaba. Dalgliesh tuvo la sensación de que ella procuraba evitar sus ojos. La anciana se envaró, rígida en su asiento, y después contestó:
– Sí, es suyo. Pero seguramente carece de toda importancia. Un simple registro de citas. No era aficionado a los dietarios.
– En ese caso, es extraño que deseara quemarlo… si es que lo quemó él. Y hay otro detalle curioso: la mitad superior de la última página ha sido arrancada. Es la página en la que aparece el calendario del último año y también el del próximo. ¿Puede usted recordar qué más había, si es que lo había, en esa página, lady Ursula?
– No recuerdo haber visto nunca esa página.
– ¿Puede recordar cuándo y dónde vio usted por última vez el dietario?
– Temo que éste sea el tipo de detalle que me resulte imposible recordar. ¿Algo más, comandante? Si hay algo más, y no es urgente, tal vez pueda esperar hasta que esté usted seguro de que investiga, efectivamente, un caso de asesinato.
Dalgliesh repuso:
– Esto lo sabemos ya, lady Ursula. Harry Mack fue asesinado.
Ella no contestó y, durante un minuto, los dos siguieron sentados en silencio, cara a cara. Después ella levantó los ojos hasta encontrar los suyos y él creyó observar una mezcla de emociones fugaces: resolución, súplica, desafío. Dijo entonces:
– Siento haberla entretenido demasiado tiempo y haberla fatigado. En realidad, sólo hay otra cuestión. ¿Puede decirme algo acerca de las dos jóvenes que murieron después de haber trabajado en esta casa, Theresa Nolan y Diana Travers?
La aparición del dietario a medio quemar la había conmovido profundamente, pero esta preguntarla encajó sin pestañear. Contestó con perfecta tranquilidad:
– Muy poco, créame. Sin duda, usted ya lo sabe prácticamente todo. Theresa Nolan era una enfermera amable y considerada, así como una joven competente, aunque no muy inteligente, creo yo. Vino aquí como enfermera de noche el día dos de mayo, cuando sufrí un ataque agudo de ciática y se marchó el catorce de julio. Tenía una habitación en esta casa, pero sólo prestaba servicio de noche. Como ya sabrá usted, fue después a una clínica de maternidad en Hampstead. Acepto la probabilidad de que quedase embarazada mientras trabajaba aquí, pero puedo asegurarle que nadie de esta casa fue responsable de ello. El embarazo no es un riesgo laboral cuando se cuida a una mujer artrítica de ochenta y dos años. Todavía es menos lo que sé acerca de Diana Travers. Al parecer, era una actriz sin trabajo que se dedicaba a labores domésticas mientras «descansaba»…, creo que éste es el eufemismo que utilizan en su oficio. Vino a esta casa como respuesta a una tarjeta que la señorita Matlock había colocado en el escaparate de un quiosco del barrio, y la señorita Matlock la admitió para sustituir a una asistenta que se había marchado poco tiempo antes.
– ¿Después de consultarla a usted, lady Ursula?
– No era un asunto para el que necesitara consultarme, y, de hecho, no lo hizo. Sé, desde luego, por qué me pregunta usted acerca de esas dos mujeres. Un par de amigas mías se creyeron en la obligación de enviarme el recorte de lo publicado por la Paternoster Review. Me sorprende que la policía se ocupe de lo que, con toda probabilidad, no es más que un periodismo despreciable y barato. Difícilmente puede tener nada que ver con el asesinato de mi hijo. Si esto es todo, comandante, tal vez quiera usted ver ahora a mi nuera. No, no se moleste en llamar. Prefiero enseñarle el camino yo misma. Y puedo arreglármelas perfectamente sin su ayuda.
Oprimió el botón del brazo de su sillón y el asiento se alzó lentamente. Necesitó unos momentos para asegurar su equilibrio, y después dijo:
– Antes de que hable con mi nuera, hay algo que tal vez deba decirle. Es posible que, aparentemente, la encuentre usted menos apenada de lo que sería de esperar. Eso se debe a que ella no tiene imaginación. Si hubiera encontrado ella el cadáver de mi hijo se mostraría desconsolada, sin duda alguna demasiado trastornada y apenada para hablar ahora con usted. Pero lo que no ve con sus ojos le resulta difícil imaginarlo. Digo esto tan sólo para ser justa con los dos.
Dalgliesh asintió en silencio. Era, pensó, el primer error que ella había cometido. El sentido de sus palabras era obvio, pero hubiera sido más prudente por su parte abstenerse de pronunciarlas.
II
Esperó mientras ella se disponía a dar el primer paso, afianzándose ante el ramalazo de dolor que presentía. No hizo el menor gesto para ayudarla, pues sabía que ello resultaría tan atrevido como inoportuno, y Kate, sensible como siempre a las órdenes silenciosas, cerró su libreta de notas y esperó también en un atento silencio. Lentamente, lady Ursula se encaminó hacia la puerta, apoyándose en su bastón. Su mano, con unas venas que sobresalían como cordones azules hizo girar el pomo de oro. La siguieron lentamente a lo largo del pasillo alfombrado, hasta llegar al ascensor. En el interior del mismo, elegantemente curvado, apenas había espacio para tres personas, y el brazo de Dalgliesh rozó el de ella. Incluso a través de la gruesa tela de su manga, pudo notar la fragilidad de la anciana, y sentir su leve y perpetuo temblor. Notó que ella se encontraba bajo una fuerte tensión y se preguntó cuánto se necesitaría para quebrar su personalidad y si era tarea que le correspondía a él procurar que esta personalidad se quebrase. Mientras el ascensor descendía lentamente los dos pisos, supo que ella le prestaba a él la misma atención, y que le veía como al enemigo.
La siguieron hasta el salón. Esa habitación también se la hubiera enseñado Paul Berowne y por un momento tuvo la ilusión de que era el muerto, y no su madre, quien se encontraba a su lado. Tres altas ventanas con la parte superior en arco, protegidas por elaborados cortinajes, ofrecían una vista de los árboles del jardín. Éstos parecían irreales, como un tapiz unidimensional tejido con una infinita variedad de verde y oro. Bajo el elaborado techo, con su curiosa mezcla de clásico y gótico, la sala estaba escasamente amueblada y su aire era la misma atmósfera melancólica y apenas respirada del salón de una casa de campo rara vez visitada, una amalgama de aromas de peletero y cera virgen. Casi esperó ver el cordón blanco que marcara la zona prohibida para las pisadas de los turistas.