Выбрать главу

La desconsolada madre le había recibido a solas, presumiblemente por deseo suyo. La viuda había juzgado prudente sentirse acompañada y protegida por su médico y su abogado. Lady Ursula les presentó brevemente y se retiró en seguida, y Dalgliesh y Kate tuvieron que avanzar solos, a través de la alfombra, hacia un escenario que parecía tan preparado como el de un cuadro. Barbara Berowne estaba sentada en una butaca de respaldo alto, a la derecha de la chimenea. Frente a ella, e inclinado hacia adelante en su asiento, se encontraba su abogado, Anthony Farrell. De pie al lado de ella, con la mano en su muñeca, estaba su médico. Fue éste el que habló primero.

– Ahora la dejaré, lady Berowne, pero volveré a visitarla esta tarde, alrededor de las seis si le parece conveniente, y trataremos de hacer algo para que esta noche pueda dormir. Si me necesita antes, dígale a la señorita Matlock que me llame. Procure cenar un poco, si le es posible. Dígale a la señorita Matlock que le prepare algo ligero. Ya sé que no le apetece nada, pero deseo que lo intente. ¿Lo hará?

Ella asintió y le tendió la mano. Él la sostuvo por unos momentos, después dirigió su mirada a Dalgliesh, apartó los ojos y murmuró:

– Espantoso, algo espantoso…

Viendo que Dalgliesh no respondía, dijo:

– Creo que lady Berowne está lo bastante fuerte como para hablar ahora con usted, comandante, pero espero que no se prolongue mucho.

Hablaba como un actor aficionado en una obra detectivesca, en un diálogo previsible y previsiblemente pronunciado. Le sorprendió a Dalgliesh que un médico, para el que presumiblemente la tragedia no era cosa inusual, se mostrara menos a sus anchas que su paciente. Cuando llegó a la puerta, Dalgliesh le preguntó con toda calma:

– ¿Era usted también el médico de sir Paul?

– Sí, pero desde hace poco tiempo. Él era paciente del doctor Gillespie, que falleció el año pasado. Entonces, sir Paul y lady Berowne se inscribieron en mi consulta de la Seguridad Social. Tengo sus antecedentes médicos, pero nunca me consultó profesionalmente. Era un hombre muy saludable.

Por lo tanto, parte de su zozobra quedaba explicada. No era el antiguo y estimado médico de la familia, sino un atareado especialista en medicina general, comprensiblemente deseoso de regresar a su concurrida sala de consulta, o emprender su ronda de visitas, tal vez angustiosamente consciente de que la situación requería una habilidad social y una atención concentrada para la que él no disponía de tiempo, pero intentando, aunque no de manera muy convincente, desempeñar el papel de un amigo de la familia en un salón en el que probablemente nunca había entrado hasta ese momento. Dalgliesh se preguntó si la decisión de Paul Berowne de registrar su nombre como paciente de la Seguridad Social había sido una cuestión de tacto político, de convicción o de economía, o tal vez de las tres cosas al mismo tiempo. Había un rectángulo de papel mural descolorido sobre la chimenea de mármol tallado. Quedaba medio disimulado por un retrato familiar carente de particular distinción, pero Dalgliesh sospechó que en otro tiempo había colgado de allí un óleo más valioso. Barbara Berowne dijo:

– Siéntese, por favor, comandante.

Le señaló vagamente un tresillo junto a la pared. Estaba colocado en un lugar poco apropiado y parecía demasiado frágil para ser usado, pero Kate se dirigió allí, se sentó y sacó discretamente su libreta de notas. Dalgliesh se encaminó hacia uno de los sillones de alto respaldo, lo acercó a la chimenea y lo colocó a la derecha de Anthony Farrell. Después dijo:

– Siento tener que molestarla en momentos como éstos, lady Berowne, pero estoy seguro de que usted comprenderá que es necesario.

Sin embargo, Barbara Berowne miraba hacia la puerta que acababa de cruzar el doctor Piggott y dijo con un tono de enojo:

– ¡Extraño hombrecillo! Paul y yo nos inscribimos en su consulta el mes de junio pasado; tiene las manos sudorosas.

Hizo una leve mueca de disgusto y se frotó los dedos enérgicamente. Dalgliesh dijo:

– ¿Cree que será capaz de contestar a unas preguntas?

Ella miró a Farrell, como una niña que esperase consejo, y él le dijo con su voz suave y profesionaclass="underline"

– Mucho me temo, mi querida Barbara, que en una investigación por asesinato las usuales convenciones civilizadas deban dejarse de lado. El retraso es un lujo que la policía no puede permitirse. Sé que el comandante lo acortará todo tanto como sea posible, y que tú serás valiente y le facilitarás la tarea lo mejor que puedas.

Antes de que ella tuviera oportunidad de contestar, dijo también a Dalgliesh:

– Estoy aquí como amigo de lady Berowne, así como abogado suyo. Mi firma se ha ocupado de su familia durante tres generaciones. Yo sentía un gran afecto personal por sir Paul. He perdido un amigo, además de un cliente. En parte, esto explica mi presencia aquí. Lady Berowne está muy sola. Su madre y su padrastro se encuentran los dos en California.

Dalgliesh se preguntó lo que diría Farrell si él replicara: «Pero su suegra está sólo dos pisos más arriba». Se preguntó también si el significado de esta separación entre las dos, en unos momentos en que es natural que la familia busque un apoyo mutuo, ya que no un consuelo, era algo que se perdía en ellas, o en Farrell, o bien si estaban tan acostumbradas a vivir sus existencias bajo un mismo techo pero aparte la una de la otra que, incluso en un momento de gravísima tragedia, ninguna era capaz de cruzar la barrera psicológica representada por aquel ascensor semejante a una jaula y aquellos dos pisos.

Barbara Berowne dirigió sus grandes ojos de color azul violeta hacia Dalgliesh y, por un momento, éste se sintió desconcertado. Después del primer destello huidizo de curiosidad, la mirada se amortiguó, hasta quedar casi sin vida, como si estuviera contemplando unas lentillas de contacto coloreadas. Tal vez después de toda una vida de ver el efecto de su mirada, ella ya no necesitara animarla con ninguna expresión que no fuese la de un interés casual. Sabía que era hermosa, aunque no podía recordar cómo se enteró de ello, pero probablemente se debía a una acumulación de comentarios de pasada cuando se hablaba de su marido, y de fotografías de la prensa. Sin embargo, no era una belleza apropiada para conmover su corazón. Le hubiera gustado poder estar allí sin que se advirtiera su presencia y contemplarla como pudiera hacerlo con un cuadro, observar con admiración desapasionada el arco delicado, perfectamente curvo, sobre aquellos ojos rasgados, la curva del labio superior, la cavidad sombreada entre el pómulo y la mandíbula, el perfil de aquel cuello esbelto. Era algo que podía mirar y admirar, para alejarse después sin lamentarlo. Para él, aquella rubia hermosura era demasiado exquisita, demasiado ortodoxa, demasiado perfecta. Lo que a él le agradaba era una belleza más individual y excéntrica. La vulnerabilidad aliada con la inteligencia. Dudaba de que Barbara Berowne fuera inteligente, pero tampoco la menospreciaba. Nada más peligroso, en la labor policial, que hacer juicios superficiales sobre los seres humanos. Sin embargo, se preguntó brevemente si aquélla era una mujer por la que un hombre sería capaz de matar. Había conocido a tres de esas mujeres en su carrera, pero ninguna de ellas podía ser descrita como bella.

Estaba sentada en su sillón con una elegancia tranquila y relajada. Sobre su falda de color gris claro, de lana, finamente plisada, llevaba una blusa de seda azul pálido, con un jersey de cachemira gris colocado negligentemente sobre los hombros. Sus únicas joyas eran dos cadenas de oro y unos pendientes pequeños también de oro. Sus cabellos, con sus mechas de color amarillo pálido y matices más oscuros de color maíz, estaban peinados hacia atrás y colgaban sobre su hombro en un solo y grueso mechón sujetado en un extremo con una peineta de concha. Pensó que nada hubiera podido quedar más discretamente apropiado. El negro, particularmente en una viuda tan reciente, hubiera resultado ostentoso, teatral, incluso vulgar. Aquella gentil combinación de gris y azul era perfectamente apropiada. Él sabía que Kate había llegado con la noticia antes de que lady Berowne se hubiera vestido. Le habían dicho que su marido había muerto degollado, y sin embargo ella había sido capaz de preocuparse por su atuendo. ¿Y por qué no? Él era demasiado veterano para suponer que un dolor no era auténtico tan sólo por mostrarse debidamente ataviado. Había mujeres cuyo amor propio exigía una atención perpetua a los detalles por violentos que fuesen los acontecimientos que las rodearan, otras para las cuales esto era una cuestión de confianza, de rutina o de desafío. En un hombre, este puntillo era juzgado normalmente como elogiable; ¿por qué no, pues, en una mujer? ¿O se trataba, meramente, de que durante más de veinte años su aspecto había sido la principal preocupación de su vida, y que no podía cambiar ese hábito porque alguien le hubiera cortado la garganta a su marido? Pero no podía evitar la observación de los detalles, la complicada hebilla en el lado de cada zapato, el lápiz de labios meticulosamente aplicado y haciendo juego perfecto con el rosado del barniz de sus uñas, así como la traza del sombreado de los ojos. Sus manos, al menos, se habían mostrado firmes. Cuando habló, su voz presentó un tono alto y, para él, desagradable. Pensó que fácilmente podía degenerar en una especie de chillido infantil. Dijo: