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A primera vista, no hubiera descubierto que eran hermano y hermana. Cierto que Swayne tenía los cabellos del mismo color amarillento del maíz, pero los suyos, ya fuese por naturaleza o gracias a la técnica, estaban intensamente rizados sobre una frente pálida y abombada. También los ojos eran semejantes, con el mismo y notable color azul violeta bajo las cejas arqueadas. Sin embargo, aquí terminaba la semejanza. Él no tenía nada de la clásica y sobrecogedora belleza de su hermana, aunque su rostro, de facciones delicadas, no carecía de cierto encanto infantil, con su boca bien formada y con un ligero rictus de malhumor, y unas orejas tan pequeñas como las de un niño, blancas como la leche y ligeramente separadas, como si fueran unas aletas incipientes. Era bajo, pues mediría poco más de un metro sesenta, pero ancho de hombros y con brazos largos. Esa robustez simiesca acoplada a aquella cabeza y cara delicadas ofrecía una nota tan discordante que la primera impresión era la de una leve deformidad física.

Pero la señorita Matlock había atendido a la llamada y se encontraba ya en el umbral de la puerta. Sin despedirse y lanzando un breve gemido, Barbara Berowne se dirigió tambaleándose hacia ella. La mujer la miró primero a ella y después, impasible, a los hombres que había en la sala, y seguidamente le rodeó los hombros con un brazo y se retiró con ella. Hubo un momento de silencio y, a continuación, Dalgliesh se dirigió a Dominic Swayne:

– Ya que está usted aquí, tal vez pueda contestar a un par de preguntas. Cabe que pueda usted ayudarnos. ¿Cuándo vio por última vez a sir Paul?

– ¿A mi reverenciado cuñado? Pues sepa que no me es posible recordarlo. De todas maneras, hacía ya unas cuantas semanas. En realidad, estuve en esta casa toda la tarde de ayer, pero no nos vimos. Evelyn, la señorita Matlock, no le esperaba para cenar. Dijo que se había marchado después de desayunar y que nadie sabía adónde había ido.

Desde su silla junto a la pared, Kate preguntó:

– ¿Cuándo llegó usted, señor Swayne?

Él se volvió para mirarla, con una nota de diversión en sus ojos azules, abiertamente escrutadores, como si señalaran una invitación sexual.

– Poco antes de las siete. El vecino se encontraba ante su puerta y me vio llegar, por lo que podrá confirmar la hora si es que eso tiene importancia. Yo no acierto a ver que pueda tenerla. Y también la señorita Matlock, desde luego. Me quedé hasta poco antes de las diez y media y entonces fui al bar, el Raj, para tomar una última copa. Allí recordarán mi presencia. Fui uno de los últimos en marcharse.

Kate preguntó:

– ¿Y estuvo aquí todo ese tiempo?

– Sí. Pero ¿qué tiene esto que ver con la muerte de Paul? ¿Tan importante es?

«No puede ser tan ingenuo como parece», pensó Dalgliesh, y dijo a su vez:

– Puede resultar útil para averiguar lo que hizo sir Paul ayer. ¿Pudo haber regresado él a la casa mientras usted se encontraba aquí?

– Supongo que sí, pero no me parece probable. Yo pasé una hora tomando un baño -esa fue la causa principal de mi venida- y es posible que él regresara entonces, pero creo que la señorita Matlock hubiera señalado este hecho. Yo soy actor, en este momento sin trabajo. Me limito a pasar por un período de pruebas, por lo que llaman, sabe Dios por qué, un descanso. Personalmente, a mí se me antoja una actividad febril. Me alojé aquí durante una o dos semanas en mayo, pero Paul no se mostraba conmigo muy hospitalario y, por tanto, fui a casa de Bruno Packard. Es un diseñador de escenarios teatrales. Tiene un apartamento pequeño, un piso reconvertido, en Shepherd's Bush, pero, entre sus modelos y todas sus tramoyas, no hay allí, que digamos, mucho espacio. Por otra parte, no hay una bañera, sino tan sólo una ducha, y ésta se encuentra junto al retrete, por lo que no resulta lo más apropiado para una persona con gustos razonablemente refinados. Me he acostumbrado a dejarme caer por aquí, de vez en cuando, para tomar un baño y comer como es debido.

Resultaba, pensó Dalgliesh, casi tan sospechosamente campechano como si toda la explicación hubiera sido ensayada. Y sin duda resultaba una explicación insólitamente abierta para un hombre al que ni siquiera se le había pedido que explicara sus movimientos, y que no tenía ninguna razón para suponer que se estuviera tratando un caso de asesinato. Sin embargo, si las horas quedaban confirmadas, parecía que Swayne podía presentar unos papeles limpios. Swayne dijo entonces:

– Veamos, si no desea usted nada más, subiré a ver a Barbara. Esto ha sido una impresión tremenda para ella. Mattie le dará la dirección de Bruno, si le interesa.

Después de marcharse, nadie habló durante unos momentos, hasta que Dalgliesh dijo:

– Me ha interesado saber que lady Berowne hereda la casa. Yo hubiera supuesto que ésta quedaría sujeta a vinculación.

Farrell admitió la pregunta con una calma profesionaclass="underline"

– Sí, la situación es inusual. Tengo, desde luego, el permiso, tanto de lady Ursula como de lady Berowne, para darle a usted toda la información que necesite. La antigua propiedad Berowne, la del Hampshire, estaba vinculada, pero esa finca desapareció hace mucho tiempo, junto con la mayor parte de la fortuna. Esta casa siempre ha sido legada de un baronet al siguiente. Sir Paul la heredó de su hermano, pero mostró una absoluta discreción acerca de sus derechos sobre ella. Después de su matrimonio, hizo un nuevo testamento y se la dejó íntegramente a su esposa. El testamento no ofrece ninguna duda. Lady Ursula tiene su propio dinero, pero hay un pequeño legado para ella y otro más sustancioso para la única hija de sir Paul, la señorita Sarah Berowne. Halliwell y la señorita Matlock han de recibir diez mil libras cada uno, y ha legado un cuadro al óleo, un Arthur Davis si la memoria no me engaña, al jefe local de su partido. Hay otros donativos menores. Sin embargo, la casa, con lo que contiene y una provisión adecuada, pasa a manos de su esposa.

«Y sólo la casa -pensó Dalgliesh- debe de valer al menos tres cuartos de millón, probablemente bastante más si se tiene en cuenta su ubicación y su especialísimo interés arquitectónico». Recordó, como solía hacer con frecuencia, las palabras de un veterano sargento de detectives cuando él llevaba poco tiempo como comisario de distrito. «Amor, Avidez, Aversión y Afán de lucro, son las cuatro aes del asesinato, muchacho. Y la principal entre ellas es el afán de lucro.»

III

Su última entrevista aquella tarde en Campden Hill Square fue con la señorita Matlock. Dalgliesh había pedido que se le enseñara dónde guardaba Berowne su dietario, y ella les condujo al estudio de la planta baja. Era, como Dalgliesh ya sabía, arquitectónicamente una de las habitaciones más excéntricas de la casa y, tal vez, la más típica del estilo de Soane. Era octogonal, con cada pared revestida, desde el suelo hasta el techo, con librerías de puertas cristaleras, entre las cuales unas columnas acanaladas ascendían hasta una cúpula coronada por una linterna también octogonal, decorada con admirables cristales de colores. Era, pensó, un ejercicio de hábil organización de un espacio limitado, un ejemplo evidentemente afortunado del genio peculiar del arquitecto. Sin embargo, no por ello dejaba de ser una habitación apropiada para dar libre curso al pensamiento, más que para vivir, trabajar, o disfrutar en ella.