Выбрать главу

Dalgliesh cambió el rumbo de sus preguntas:

– ¿Se llevó sir Paul cerillas consigo, ayer por la mañana?

La sorpresa de ella fue evidente y, pensó él, sincera.

– ¿Cerillas? Él no necesitaba cerillas. Sir Paul no fuma…, no fumaba. No le vi coger ninguna cerilla.

– Si las hubiera necesitado, ¿de dónde las habría sacado?

– De aquí, junto a los fogones. No tienen encendido automático. Y también hay un paquete de cuatro cajas en la alacena.

La abrió y le enseñó el paquete. El papel que envolvía las cuatro cajas había sido desgarrado, y una de las cajas había sido retirada de allí, al parecer la que ahora se encontraba junto a los fogones. Ella le miraba ahora con la atención fija, unos ojos muy brillantes, la cara un tanto arrebolada, como si tuviera algo de fiebre. Sus preguntas sobre las cerillas, que al principio la habían sorprendido, parecían ahora desconcertarla. Estaba más en guardia, más alerta, mucho más tensa. Él era demasiado experto y ella una actriz demasiado mala para poder engañarlo. Hasta el momento, había contestado a sus preguntas en el tono de la mujer que efectúa una tarea necesaria, aunque desagradable, pero ahora el interrogatorio se estaba convirtiendo en una dura prueba. Deseaba que aquel hombre se marchara de una vez. Dalgliesh dijo:

– Nos gustaría ver su sala de estar, si no le causa molestia.

– Si usted lo juzga necesario… Lady Ursula ha dicho que se le deben conceder todas las facilidades.

Dalgliesh pensó que era improbable que lady Ursula hubiera dicho eso, y, mucho menos, con aquellas mismas palabras. Él y Kate la siguieron a través del pasillo, hasta la habitación del extremo opuesto. Dalgliesh pensó que, en otro tiempo, debió de ser la estancia privada del mayordomo o del ama de llaves. Al igual que en la cocina, la única vista era la del patio y de la puerta que conducía a los garajes. Sin embargo, el mobiliario era confortable: un sofá de dos plazas con tapicería de cretona, una butaca haciendo juego, una mesa plegable y dos sillones junto a la pared, y una librería llena de volúmenes de idéntico tamaño, procedentes sin duda de un club del libro. La chimenea era de mármol, con una amplia repisa en la que se acumulaba, sin ninguna pretensión de orden, una colección de figurillas modernas y delicadamente sentimentales, mujeres con miriñaque, una niña que sostenía un perrito, pastores y pastoras, y una bailarina. Presumiblemente, eran propiedad de la señorita Matlock. Los cuadros eran reproducciones con marcos modernos: uno de Constable, El henil, y, lo que resultaba más sorprendente, Mujeres en un campo de Monet. Ellos y los muebles eran anodinos, previsibles, como si alguien hubiera dicho: «Necesitamos los servicios de un ama de llaves; amuebladle una habitación». Incluso los desechos del resto de la casa hubieran tenido más carácter que aquellos objetos impersonales. Lo que de nuevo se echaba de menos era la sensación de que alguien hubiera impreso en aquel lugar su propia personalidad. Pensó: «Viven aquí sus vidas separadas en sus compartimientos. Pero sólo lady Ursula se encuentra a sus anchas en esta casa. Los demás son meros inquilinos».

Le preguntó entonces dónde había pasado la tarde anterior, y ella contestó:

– Estuve aquí, en la cocina. El señor Dominic Swayne vino a comer y a tomar un baño, y después jugamos al Scrabble. Llegó poco antes de las siete y se marchó antes de las once. Nuestro vecino, el señor Swinglehurst, estaba guardando su coche en el garaje y vio llegar al señor Swayne.

– ¿Le vio alguien más de la casa mientras estuvo aquí?

– No, pero recibió una llamada telefónica a eso de las nueve menos veinte. Era de la señora Hurrell, la esposa del último agente del distrito electoral. Deseaba hablar con sir Paul. Yo le dije que nadie sabía dónde estaba.

– ¿Y dónde se bañó el señor Swayne?

– Arriba, en el cuarto de baño principal. Lady Ursula tiene su propio baño, y aquí abajo hay un cuarto de ducha, pero el señor Swayne deseaba tomar un baño.

– Por consiguiente, usted se encontraba en esta habitación o bien en la cocina, y el señor Swayne arriba, al menos durante parte de la tarde. ¿Estaba cerrada la puerta posterior?

– Cerrada y con el pestillo corrido. Siempre lo está después de la hora del té. La llave se guarda en su llavero, en esta alacena.

La abrió y le enseñó el listón clavado en la pared, con su hilera de ganchos y de llaves etiquetadas. Dalgliesh preguntó:

– ¿Pudo haber salido alguien sin que usted lo advirtiera, tal vez mientras usted se encontraba en la cocina?

– No. Generalmente, dejo abierta la puerta del pasillo. Yo lo hubiera visto o lo hubiera oído. Nadie abandonó la casa por esta puerta la noche pasada. -Parecía irritada y de pronto exclamó con un repentino vigor-: ¡Todas estas preguntas! ¿Qué estaba haciendo yo? ¿Quién había en la casa? ¿Quién pudo haber salido sin ser visto? Cualquiera creería que lo asesinaron.

Dalgiesh repuso:

– Es posible que sir Paul fuese asesinado.

Ella le miró fijamente, atónita, y después se dejó caer en una silla. Él se percató de que estaba temblando. Después, repitió en voz baja:

– Asesinado… Nadie dijo nada de asesinato. Yo creía…

Kate se acercó a ella, miró a Dalgliesh y después colocó una mano sobre el hombro de la señorita Matlock. Dalgliesh preguntó:

– ¿Qué creía usted, señorita Matlock?

Ella alzó la vista para mirarle y murmuró con una voz tan queda que él tuvo que inclinar la cabeza para oírla:

– Yo creía que tal vez lo hubiera hecho él mismo.

– ¿Tenía usted alguna razón para suponerlo?

– No. Ninguna razón. Claro que no. ¿Cómo podía tenerla yo? Y lady Berowne dijo… Algo se dijo sobre su navaja. Pero un asesinato… No quiero contestar a más preguntas, esta noche no. No me encuentro bien. No quiero que me acosen más. Él ha muerto y esto ya es en sí algo terrible. ¡Pero un asesinato! No puedo creer que sea un asesinato. Quiero que me dejen sola.

Mientras la miraba, Dalgliesh pensó: «La impresión es en sí auténtica, pero hay una parte de representación, y además no muy convincente». Dijo fríamente:

– No se nos permite acosar a un testigo, señorita Matlock y no creo que realmente piense usted que la hemos estado acosando. Nos ha sido usted muy útil. Me temo que tendremos que hablar de nuevo, para hacerle más preguntas, pero no es necesario que sea ahora. Sabremos encontrar el camino de salida.

Ella se levantó de la silla como si fuera un anciano, y dijo:

– Nadie sale por sí solo de esta casa. Eso forma parte de mis tareas.

Ya en el Rover, Dalgliesh telefoneó al Yard, y dijo a Massingham:

– Veremos al señor Lampart mañana, tan temprano como sea posible. Sería conveniente que pudiéramos contar con ello antes de la reunión de las tres y media. ¿Hay alguna noticia de Sarah Berowne?

– Sí, señor. Es una fotógrafa profesional, al parecer, y ha tenido sesiones de fotografía durante todo el día de hoy. Tiene otras concertadas para mañana por la tarde, con una escritora que debe marcharse a Estados Unidos mañana por la noche. Es algo muy importante, y por tanto ella espera que no sea necesario cancelarlo. Le he dicho que iríamos por la tarde, a las seis y media. Y la Oficina de Prensa desea un comunicado urgente. La noticia se difundirá a las seis, y ellos quieren organizar una conferencia de prensa mañana a primera hora.

– Eso es prematuro. ¿Qué diablos esperan que podamos decir en estos momentos? Trate de aplazarlo, John.

Si podía probar que Berowne había sido asesinado, toda la investigación se efectuaría en un ambiente de febril interés por parte de los medios de comunicación. Él lo sabía, aunque ello no le agradara, pero tampoco había motivo para que la cosa empezara ya. Mientras Kate maniobraba con el Rover para abandonar el estrecho espacio de su aparcamiento, y empezaba a avanzar lentamente desde Campden Hill, se volvió para contemplar la elegante fachada de la casa, aquellas ventanas parecidas a ojos muertos. Y entonces, en la planta superior, observó el temblor de una cortina y supo que lady Ursula estaba acechando su partida.