IV
Eran ya las seis y veinte cuando Sarah Berowne consiguió hablar por teléfono con Ivor Garrod. Había permanecido en su casa durante toda la primera mitad de la tarde, pero no se había atrevido a llamar desde allí. Era para él una regla absoluta -hija, pensaba a veces ella, de su obsesión por el secreto- la de que nada importante debía decirse jamás a través del teléfono de ella. Por consiguiente, toda la tarde, desde el momento en que su abuela la había dejado, había estado dominada por la necesidad de encontrar una cabina pública conveniente y de tener a punto suficientes monedas. Sin embargo, en ninguna de esas llamadas había podido hablar con él, y no se había atrevido a dejar un mensaje, ni siquiera su nombre.
Su única cita durante el día había sido para fotografiar a una escritora visitante que pasaba unos días con unos amigos en Hertfordshire. Ella trabajaba siempre con un mínimo de equipo y había hecho el viaje en tren. Poca cosa podía recordar acerca de aquella breve sesión. Había trabajado como un autómata, seleccionando el mejor entorno, comprobando la luz y ajustando los objetivos. Suponía que todo había resultado bastante satisfactorio, pues la mujer parecía satisfecha, pero incluso mientras trabajaba había sentido impaciencia por alejarse de allí y encontrar un teléfono público, a fin de intentar una vez más hablar con Ivor.
Se apeó del tren casi antes de que éste se detuviera del todo en King's Cross, y miró a su alrededor con ojos desesperados, buscando las flechas que le señalaran la proximidad de un teléfono. Encontró teléfonos abiertos, instalados a cada lado de un maloliente pasillo procedente del vestíbulo principal, con las paredes llenas de números y dibujos garabateados. Era la hora punta y tuvo que esperar un par de minutos hasta que quedó libre un teléfono. Casi lo arrancó, todavía tibio, de la mano que lo acababa de colgar. Y esta vez tuvo suerte, pues él se encontraba en su oficina y fue su voz la que contestó. A ella se le escapó un breve sollozo de alegría:
– Soy Sarah. Todo el día estoy intentando hablar contigo. ¿Puedes hablar?
– Poco. ¿Dónde estás?
– En King's Cross. ¿Te has enterado?
– Hace un momento, en las noticias de las seis. Todavía no sale en los periódicos vespertinos.
– Ivor, tengo que verte.
Él repuso con calma.
– Naturalmente. Hay cosas de las que debemos hablar, pero no esta noche. No es posible. ¿Se ha puesto la policía en contacto contigo?
– Han intentado hablar conmigo, pero yo les he dicho que tenía todo el día ocupado y que no quedaría libre hasta mañana a las seis y media.
– ¿Y estás tan ocupada?
«¿Qué puede importar eso?», pensó ella, y contestó:
– Tengo un par de citas esta tarde.
– Difícilmente se le puede decir a eso tener todo el día ocupado. No le mientas nunca a la policía, a no ser que tengas la seguridad de que no podrán averiguarlo. En este caso, les basta con comprobar tu agenda.
– Pero es que yo no podía dejarles venir hasta que hubiéramos hablado. Hay cosas que podrían preguntarme. Sobre Theresa Nolan, y sobre Diana. Ivor, tenemos que vernos.
– Y nos veremos. Y ellos no te preguntarán nada sobre Theresa. Tu padre se suicidó, cometiendo con ello su última y más embarazosa tontería. Su vida era un lío. La familia querrá enterrarlo todo decentemente, sin que salgan los malos olores a relucir ante todos. A propósito, ¿cómo te enteraste de la noticia?
– Mi abuela. Me telefoneó y después vino en taxi, apenas la policía la dejó en paz. No me ha contado gran cosa. No creo que ella conozca todos los detalles, pero no cree que papá se suicidara.
– Naturalmente. De los Berowne se espera que se pongan el uniforme y maten a otras personas, pero no a sí mismos. Sin embargo, puestos a hablar de esto, al parecer eso fue lo que hizo, matar a otra persona. Me pregunto si Ursula Berowne se permitirá mostrar una nota de compasión por ese vagabundo muerto.
Una leve duda se formó en su mente. ¿Era posible que en el noticiario hubieran dicho que la segunda víctima era un vagabundo? Repuso:
– Pero no se trata tan sólo de mi abuela. La policía, un comandante llamado Dalgliesh, tampoco parece pensar que papá se matase.
El nivel de ruidos había aumentado. El estrecho pasillo estaba lleno de gente que necesitaba telefonear antes de tomar el tren. Sentía los cuerpos de aquellas personas, apiñándose junto a ella. En el aire había una mezcolanza de voces junto con un rumor de pasos y la ronca e ininteligible letanía de los avisos en los altavoces de la estación. Inclinó más la cabeza para acercarse al teléfono y dijo:
– La policía no parece creer que se trate de un suicidio.
Hubo un silencio, y ella se atrevió entonces a hablar con una voz más alta, para dominar el ruido que la rodeaba:
– Ivor, la policía no cree…
Él la interrumpió:
– Ya te he oído. Mira, quédate donde estás e iré en seguida. Es posible que sólo dispongamos de media hora, pero tienes razón: debemos hablar. Y no te preocupes. Yo estaré contigo en tu casa cuando ellos vayan mañana. Es importante que no les veas estando sola, y otra cosa, Sarah…
– Sí, te oigo.
– Estuvimos los dos juntos toda la tarde de ayer. Estuvimos juntos los dos desde las seis, cuando yo llegué de mi trabajo. Pasamos juntos toda la noche. Comimos en tu casa. Grábate esto en la mente. Empieza ahora mismo a concentrarte en ello. Y quédate donde estás. Yo llegaré dentro de unos cuarenta minutos.
Colgó el teléfono y se quedó inmóvil unos momentos, con la cabeza todavía apoyada en el frío metal de la cabina. Una voz enfurecida de mujer dijo: «Si no le importa, algunos tenemos que tomar un tren», y se sintió empujada a un lado. Salió como pudo hasta el vestíbulo de la estación y se apoyó en una pared. Unas leves oleadas de debilidad y mareo se cernieron sobre ella, y cada una de ellas la dejó más desolada, pero no había ningún lugar donde sentarse, no había intimidad ni paz. Podía ir al café, pero tal vez no fuese oportuno. Acaso llegara a desorientarse y perder la noción del tiempo. Él le había dicho: «Quédate donde estás», y obedecerle se había convertido en un hábito para ella. Se apoyó y cerró los ojos. Ahora tenía que obedecerle, confiar en su fuerza, esperar que le dijera lo que había de hacer. No tenía a nadie más.
En ningún momento le había dicho él que lamentaba la muerte de su padre, pero en realidad no la lamentaba ni esperaba que ella lo hiciera. Siempre había mostrado una falta absoluta de sentimentalismo, y eso era lo que él interpretaba como sinceridad. Sarah se preguntó qué hubiera hecho él en caso de decirle ella: «Era mi padre y ha muerto. Yo le quería. Necesito llorarlo, lo necesito de veras y necesito ser consolada. Me siento perdida, estoy asustada. Necesito sentir tus brazos alrededor de mí. Necesito que me digan que no fue por culpa mía».
La multitud seguía caminando junto a ella, una falange de caras grises y decididas, con la vista al frente. Era como una multitud de refugiados de una ciudad bombardeada, o como un ejército en retirada, todavía disciplinado pero peligrosamente próximo al pánico. Cerró los ojos y dejó que el ruido de aquellas pisadas la invadiera. Y de pronto se encontró en otra estación, con otra multitud. Pero entonces ella tenía seis años y el lugar era la estación Victoria. ¿Qué estaban haciendo allí, ella y su padre? Probablemente, esperando a su abuela, que regresaba por tren y barco de su casa de Les Andelys, junto al Sena. Por un momento, ella y su padre quedaron separados. Él se había detenido para saludar a un conocido y, momentáneamente, ella se soltó de su mano y echó a correr para mirar un cartel que representaba en vivos colores una población junto al mar. Al mirar a su alrededor, comprobó, llena de pánico, que su padre ya no estaba allí. Se sintió sola, amenazada por un bosque móvil de piernas interminables y terroríficas, que pisaban el suelo sin cesar. Es posible que sólo hubieran estado separados unos segundos, pero aquel terror fue tan intenso que, al recordarlo ahora, dieciocho años más tarde, notó la misma sensación de pérdida, el mismo miedo avasallador y la misma y absoluta desesperación. Pero de pronto él volvió a aparecer, avanzando hacia ella con largas zancadas, con un revuelo de su largo abrigo de mezclilla, sonriendo, su padre, su seguridad, su dios. Sin llorar, pero estremeciéndose a causa del terror y de la sensación de alivio, ella corrió hacia sus brazos abiertos y se vio levantada en el aire, oyó su voz: «Todo va bien, cariño, no pasa nada, todo va bien». Y entonces notó que aquel estremecimiento espantoso se disolvía en el vigor de aquel abrazo.