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– Me disponía a preparar café, pero también tengo whisky si lo prefieren.

Aceptaron el café y él atravesó una puerta para dirigirse a la parte posterior de su piso, desde la cual se oyó el rumor del agua corriente y el chasquido de la tapa de una cafetera. La sala de estar era larga pero estrecha, y sus ventanas, bajas, daban a la cara desnuda de la pared. Como buen arquitecto, Soane debió de asegurarse de que la intimidad de la familia quedara protegida, y las caballerizas permanecían invisibles, excepto desde las ventanas más altas de la casa. En el extremo más distante de la habitación, había una puerta abierta y Dalgliesh pudo observar los pies de una cama individual. Detrás de él había una pequeña chimenea victoriana, con adornos de hierro forjado, un marco de madera tallada y una elegante reja que le recordó la de la iglesia de Saint Matthew. Enchufada en ella, había una moderna estufa eléctrica de tres pantallas.

Una mesa de madera de pino, con cuatro sillas, ocupaba el centro de la habitación, y dos butacas algo maltrechas estaban situadas una a cada lado de la chimenea. Entre las ventanas había un banco de trabajo, y sobre él una panoplia de herramientas, más pequeñas y más delicadas que las del garaje. Observaron que el hobby de Halliwell era la talla de madera, y que estaba trabajando en un Arca de Noé con una serie de animales. La embarcación estaba muy bien realizada, con tablas ensambladas y una cubierta muy airosa; los animales ya terminados -una pareja de leones, otra de tigres y otra de jirafas- mostraban un trabajo más tosco, pero eran identificables al momento y no carecían de cierto vigor.

En la pared opuesta había una librería desde el suelo hasta el techo. Dalgliesh se acercó a ella y vio con interés que Halliwell poseía lo que parecía una serie completa de los Famosos procesos británicos. Y había también otro volumen todavía más interesante, pues sacó y hojeó un ejemplar de la octava edición del Manual de Medicina Forense de Keith Simpson. Al devolverlo a su lugar y echar una mirada alrededor del cuarto, le impresionó su pulcritud y la autonomía que reflejaba. Era la habitación de un hombre que se había organizado su espacio vital, y probablemente su vida, para satisfacer sus necesidades, un hombre que conocía su propia naturaleza y que estaba en paz con ella; A diferencia del estudio de Paul Berowne, ésta era la habitación de un hombre que sabía que tenía derecho a estar en ella.

Halliwell entró con una bandeja en la que había tres tazas de loza, una botella de leche y otra de whisky Bell's. Hizo un gesto en dirección al whisky y, cuando Dalgliesh y Massingham denegaron con su cabeza, él agregó una dosis generosa a su café. Se sentaron alrededor de la mesa.

Dalgliesh dijo:

– Veo que tiene usted lo que parece la colección completa de los Famosos procesos británicos. Debe de ser una obra relativamente rara.

Halliwell contestó:

– Es un tema que me interesa. Me hubiera gustado ser abogado criminalista, si las cosas hubieran sido diferentes.

Hablaba sin ningún resentimiento. Era una simple manifestación, pero no era necesario preguntar qué cosas eran aquéllas a las que se refería. El derecho era todavía una profesión privilegiada. Era raro que un muchacho de la clase trabajadora acabara cenando en el Inns of Court.

Después añadió:

– Son los juicios lo que considero interesante, no los abogados defensores. Muchos asesinos parecen estúpidos y vulgares cuando se les ve sentados en el banquillo. Sin duda, lo mismo ocurrirá con ese tipo, cuando ustedes le echen el guante. Pero tal vez un animal enjaulado sea siempre menos interesante que el que se encuentra en libertad, especialmente cuando se le ha seguido el rastro.

Massingham observó:

– Así que usted supone que se trata de un asesinato.

– Lo que yo supongo es que un comandante y un inspector jefe del departamento de investigación criminal no vendrían aquí, pasadas las diez de la noche, a causa de los motivos que pudiera tener sir Paul Berowne para cortarse la garganta.

Massingham adelantó una mano para alcanzar la botella de leche. Mientras removía su café, preguntó:

– ¿Cuándo se enteró usted de la muerte de sir Paul?

– Por el noticiario de las seis de la tarde. Telefoneé a lady Ursula y le dije que volvía en seguida. Ella me dijo que no me apresurase. No había nada que yo pudiera hacer aquí y ella tampoco necesitaría el coche. Dijo que la policía había querido verme, pero que tendrían ustedes muchas cosas por hacer hasta que regresara.

Massingham preguntó:

– ¿Qué le contó lady Ursula?

– Todo lo que sabe, que no es mucho. Me dijo que los habían degollado y que el arma había sido la navaja de sir Paul.

Dalgliesh había pedido a Massingham que efectuara la mayor parte del interrogatorio. Esta aparente inversión de papel y categoría resultaba a menudo desconcertante para un sospechoso, pero no para éste. O bien Halliwell se sentía demasiado confiado, o bien demasiado preocupado para que le turbaran esas trivialidades. Dalgliesh tuvo la impresión de que, de los dos, era Massingham el que, inexplicablemente, se mostraba menos dueño de sí mismo. Halliwell, que contestaba a sus preguntas con lo que parecía una lentitud deliberada, practicaba el extraño y desconcertante truco de clavar sus ojos oscuros en el interrogador como si quien realizara el interrogatorio fuese él, como si fuera él el que tratara de explorar una personalidad desconocida y escurridiza.

Admitió que sabía que sir Paul utilizaba una navaja barbera; todas las personas de la casa lo sabían. Sabía que guardaba su dietario en el cajón superior de la derecha. No era un dietario privado. Sir Paul llamaba a veces y pedía a la persona que contestaba al teléfono que le confirmara la hora de alguna cita. Había una llave para aquel cajón, que solía encontrarse en la cerradura del mismo. A veces, sir Paul cerraba el cajón y se llevaba la llave consigo, pero esto no era usual. Era uno de aquellos detalles que cualquiera llegaba a conocer si vivía o trabajaba en una casa. Sin embargo, no pudo recordar cuándo había visto por última vez las navajas o el dietario, y no se le había dicho que sir Paul visitaría la iglesia aquella noche. No le era posible decir si alguna otra persona de la casa lo sabía, pues nadie le había hecho mención de esta cuestión.

Al preguntarle por sus movimientos durante el día, dijo que se había levantado alrededor de las seis y media y había salido para practicar media hora de marcha atlética en Holland Park, antes de prepararse un huevo pasado por agua para desayunar. A las ocho y media había entrado en la casa para preguntar si había alguna tarea que la señorita Matlock quisiera encomendarle. Ésta le había entregado una lámpara de sobremesa y una tetera eléctrica para arreglar. Después había ido a buscar a la señora Beamish, la podóloga de lady Ursula, que vivía en Parsons Green y ya no conducía. Era una visita regular el tercer martes de cada mes. La señora Beamish tenía más de setenta años y lady Ursula era la única paciente a la que ella atendía ahora. La sesión terminó a las once y media, y, seguidamente, acompañó a la señora Beamish a su casa y volvió para conducir a lady Ursula a un almuerzo que había concertado con una amiga, la señora Charles Blaney, en el University Women's Club. Había aparcado el coche cerca del club, y, después de almorzar en una taberna solitaria, regresó a las tres menos cuarto para llevarlas a las dos a una exposición de acuarelas en Agnew's. Después las dejó en el Savoy para tomar el té y, seguidamente, regresó a Campden Hill Square, pasando por Chelsea, donde la señora Blaney se apeó ante su casa. Él y lady Ursula llegaron al número sesenta y dos a las cinco y treinta y tres minutos. Podía recordar con exactitud la hora, porque la miró en el reloj del coche. Estaba acostumbrado a organizar su vida en función del tiempo. Ayudó a lady Ursula a entrar en la casa, metió después el Rover en el garaje y pasó el resto de la velada en su piso, hasta que poco después de las diez partió hacia la campiña. Massingham dijo: