Massingham dejó el elefante sobre la mesa, como si lo repudiara, y dijo:
– ¿Prefiere usted una velada jugando al Scrabble con su amiga? ¿Quién ganó?
– Ganó Evelyn, como suele ocurrir siempre. Ayer, la muy lista puso «Zafiro» en una casilla triplicada. Ganó trescientos ochenta y dos puntos contra mis doscientos. Es extraordinario que tan a menudo sepa aprovechar los números más altos. Si no fuera tan exasperantemente honrada, sospecharía que hace trampas.
Massingham observó:
– «Zigzag» hubiera puntuado todavía más.
– De acuerdo, pero en el Scrabble no hay dos zetas. Ya veo que no es usted un aficionado. Debería probar este juego alguna vez, inspector; es excelente para aguzar el ingenio. Bien, si esto es todo me largo.
Dalgliesh dijo:
– No es todo. Háblenos de Diana Travers.
Durante un par de segundos Swayne permaneció inmóvil, excepto el rápido parpadeo de sus ojos brillantes. Pero la impresión, suponiendo que lo fuese, fue rápidamente controlada. Dalgliesh pudo ver cómo se relajaban los músculos de sus manos y sus hombros. Después, Swayne dijo:
– ¿Qué quiere que le diga sobre ella? Ha muerto.
– Ya lo sabemos. Se ahogó después de una cena ofrecida por usted en el Black Swan. Usted estaba allí cuando murió. Háblenos de aquella velada.
– No hay nada de que hablar. Quiero decir que debieron ustedes de leer el informe de la encuesta. Y tampoco veo que pueda tener que ver con Paul. Ella no era su chica, ni nada por el estilo.
– No suponíamos que lo fuese.
Se encogió de hombros y extendió las manos abiertas en una parodia de resignada aquiescencia.
– Está bien, ¿qué desean saber?
– ¿Por qué no empieza por explicarnos por qué la invitó al Black Swan?
– Por ninguna razón en particular. Digamos que fue un impulso generoso. Yo sabía que mi querida hermana estaba ofreciendo lo que ella describiría como una cena íntima para celebrar su cumpleaños; demasiado íntima, al parecer, para invitarme a mí. Entonces pensé que yo podía organizar una pequeña celebración por mi cuenta. Había venido a esta casa con mi regalo de cumpleaños para Barbara, y al marcharme vi a Diana que limpiaba el polvo del vestíbulo. Fue entonces cuando le pedí que viniera a mi fiesta. La recogí a las seis y media, ante la estación de metro de Holland Park, y la llevé en coche al Black Swan, donde nos reunimos toda la familia.
– ¿Y dónde cenaron?
– Donde cenamos. ¿Quiere los detalles del menú?
– No, a no ser que tuvieran especial importancia. Prefiero que prosiga a partir de aquí.
– Después de cenar fuimos a la orilla del río y encontramos aquella barca amarrada allí. Los demás pensaron que podía ser divertido armar un poco de jarana en el río. Diana y yo decidimos que sería todavía más divertido armar jarana en la orilla. Ella iba bastante cargada. De bebida, no de drogas. Después pensamos que sería divertido nadar hasta la barcaza y aparecer junto a los otros.
– Después de quitarse primero sus ropas.
– Ya nos las habíamos quitado. Lo siento si les escandalizo.
– Y usted fue el primero en zambullirse.
– Zambullirme no, más bien vadeé. Nunca me zambullo en aguas desconocidas. Aquella noche utilicé mi elegante crol de costumbre y llegué hasta la barca. Después miré hacia atrás, buscando a Diana. No pude verla en la orilla, pero hay unas cuantas matas en aquel lugar, pues creo que Jean Paul trata de arreglar allí una especie de jardín, y pensé que tal vez ella hubiese cambiado de opinión y se estuviera vistiendo. Me sentí algo preocupado, pero no frenéticamente preocupado, no sé si me entiende. Sin embargo, pensé que lo mejor sería regresar y echar un vistazo. Para entonces, la idea de nadar estaba perdiendo ya su encanto. El agua estaba helada y muy oscura, y los demás no me habían saludado con el entusiasmo que yo había previsto. Abandoné la barca y me dirigí de nuevo hacia la orilla. Ella no estaba allí, pero sí sus ropas. Entonces me sentí realmente asustado. Llamé a los de la barca, pero estaban saltando todos y riéndose, y no creo que me oyeran. Y entonces fue cuando la encontraron. El palo de la barcaza chocó con su cuerpo, apenas éste salió a la superficie. Fue una impresión terrible para las chicas. Entre todos consiguieron mantener la cabeza de ella sobre el agua y dirigirse hacia la orilla, no sin estar a punto de zozobrar. Yo ayudé a arrastrarla hasta tierra firme y probamos el boca a boca de costumbre. Fue una escena muy desagradable, con las chicas llorando y tratando de ponerle a ella alguna ropa encima. Yo chorreaba y estaba temblando, y Tony soplaba en la boca de ella como si estuviese hinchando un globo. Diana yacía inmóvil, con una mirada fija en los ojos, el agua escurriéndose de sus cabellos y las algas enrolladas alrededor de su cuello como si fueran un pañuelo verde… Daba la impresión de haber sido decapitada. Una escena erótica, dentro de su horror. Y entonces, una de las chicas corrió hacia el restaurante para pedir ayuda y aquel cocinero salió y se hizo cargo de todo. Parecía saber lo que se llevaba entre manos, pero no sirvió de nada. Fin de Diana. Fin de una alegre velada. Fin de la historia.
Hubo un rumor de roce de madera al apartarse Halliwell violentamente de la mesa y desaparecer con rapidez en la cocina. Swayne se le había quedado mirando.
– ¿Qué mosca le ha picado? Yo fui el que tuvo que verla a ella. Yo diría que ha oído contar cosas peores que ésta.
Ni Dalgliesh ni Massingham hablaron y, casi inmediatamente, Halliwell regresó. Llevaba otra media botella de whisky y la dejó sobre la mesa. Dalgliesh tuvo la impresión de que su cara estaba más pálida, pero el hombre se sirvió otro trago de whisky con una mano perfectamente firme. Swayne contempló la botella, como si se preguntara por qué no le invitaban a beber, y después se volvió de nuevo hacia Dalgliesh.
– Le diré una cosa acerca de Diana Travers. No era actriz. Me enteré de ello cuando la llevaba en coche al Black Swan. No tenía carnet. No había estudiado en ninguna escuela dramática. No conocía la jerga teatral, no tenía agente. No le habían dado ningún papel.
– ¿Le dijo ella cuál era su verdadera ocupación?
– Dijo que quería ser escritora y estaba reuniendo materiales. Esto resultaba más fácil si le decía a la gente que trabajaba en el teatro. De este modo, nunca le preguntaban por qué quería un puesto de trabajo temporal. No puedo decir que eso me importara mucho. En realidad, llevaba a la chica a cenar y no me proponía enrollarme demasiado con ella.
– Y durante el tiempo que estuvo con ella en la orilla del río, antes de la travesía a nado y cuando regresó para buscarla, ¿vio o bien oyó a alguna otra persona?
Los ojos azules se abrieron más de lo corriente y entonces recordaban tanto los de su hermana, que la semejanza parecía sobrenatural. Contestó:
– No lo creo. Estábamos más bien ocupados, no sé si me entiende. ¿Se refiere usted a algún mirón, alguien que nos estuviera espiando? No se me ocurrió pensar en ello.
– Pues piense ahora en ello. ¿Estaban completamente solos?
– Bien habíamos de estarlo, ¿no cree? Quiero decir… ¿quién más podía haber allí?