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– Piense de nuevo. ¿Vio u oyó algo sospechoso?

– No puedo decirle que sí, pero es que llegaba hasta allí el griterío que armaban las chicas en la barcaza. Y no creo que hubiera podido ver o bien oír nada con claridad una vez me metí en el agua y empecé a nadar. Me parece recordar que oí a Diana echarse al agua detrás de mí, pero eso era lo que yo esperaba que hiciera y tal vez lo imaginé. Y supongo que pudo haber alguien allí que nos estuviera observando. Entre las matas, tal vez. Sin embargo, yo no lo vi. Lo siento si mi respuesta no es satisfactoria. Y también siento haberme entrometido aquí. A propósito, me quedaré en la casa si me necesita para algo. Voy a prodigar mis consuelos fraternales a la viuda.

Se encogió de hombros y mostró una sonrisa que pareció dedicada más bien a la habitación en general que a cualquiera de sus ocupantes. Después se retiró. Oyeron sus blandas pisadas en la escalera de hierro y nadie hizo el menor comentario. Cuando ellos se levantaron para marcharse a su vez, Massingham hizo su última pregunta:

– Todavía no podemos estar seguros de cómo murieron sir Paul y Harry Mack, pero creemos probable que ambos fueran asesinados. ¿Ha oído o ha visto algo en esta casa, o fuera de ella, que le hiciera sospechar sobre la responsabilidad de alguien en estas muertes?

Era la pregunta que siempre hacía, una pregunta ya esperada, formal, casi crudamente directa. A causa de ello, solía ser la que menos se prestaba a que se soslayara la verdad en la respuesta.

Halliwell se sirvió otro whisky. Parecía decidido a pasar una noche entregado a la bebida. Sin levantar la vista, contestó:

– Yo no lo degollé. Si supiera quién lo hizo, probablemente se lo diría.

Massingham perseveró:

– Que usted sepa, ¿sir Paul no tenía enemigos?

– ¿Enemigos?

La sonrisa de Halliwell casi fue una mueca. Transformó sus facciones morenas y correctas en una máscara a la vez siniestra y sardónica, como si quisiera confirmar la descripción que Swayne había hecho de él, arrastrándose con la cara ennegrecida entre las rocas.

– Debía de tenerlos, ¿no cree usted, señor, toda vez que era un político? Pero esto ya es cosa del pasado. Ha terminado. Como su hermano el mayor, él ya está fuera del alcance de sus disparos.

Y con esa frase al estilo de Bunyan, que Dalgliesh sospechó que bien podía haber sido una deliberada cita a medias, se dio por terminada la entrevista.

Halliwell bajó con ellos hasta el garaje y cerró las pesadas puertas de éste apenas los policías lo abandonaron. Oyeron cómo pasaba los dos pestillos. Las luces de las hornacinas estaban apagadas y el patio adoquinado sumido en la oscuridad, excepto las dos luces murales gemelas en cada extremo de la pared del garaje. En aquella semioscuridad, el olor a ciprés había aumentado, pero lo sofocaba un aroma más enfermizo y funerario, como si allí cerca hubiera un cubo lleno de flores muertas y en estado de putrefacción. Al aproximarse a la puerta posterior de la casa, la silueta de la señorita Matlock apareció sin hacer el menor ruido entre las sombras. Entre los pliegues de la larga bata parecía más alta, con un aspecto hierático, casi grácil en su vigilante inmovilidad. Dalgliesh se preguntó cuánto tiempo hacía que les estaba esperando de pie y en silencio.

Él y Massingham la siguieron, también en silencio, a través de la tranquilidad de la casa. Al dar ella la vuelta a la llave y correr los cerrojos de la puerta principal, Massingham dijo:

– ¿Quién ganó en aquella partida de Scrabble que jugó usted anoche con el señor Swayne?

El cebo era deliberadamente ingenuo y la trampa evidente, pero la reacción de ella fue sorprendente. Bajo la luz discreta del vestíbulo, observaron el rubor que ascendió por su garganta y que después cubrió su cara con un tono carmesí.

– Yo. Conseguí trescientos ochenta y dos puntos, si esto puede interesarles. Jugamos esa partida, inspector. Tal vez usted esté acostumbrado a hablar con personas mentirosas, pero yo no soy una de ellas.

La ira había envarado su cuerpo, pero sus manos entrecruzadas temblaban como en un ataque de epilepsia. Dalgliesh repuso con voz suave:

– Nadie sugiere que lo sea, señorita Matlock. Muchas gracias por habernos esperado. Buenas noches.

Afuera, mientras abría la puerta del Rover, Massingham dijo:

– Me pregunto por qué una sugerencia tan simple la ha estremecido literalmente hasta ese punto.

Dalgliesh había visto antes esa reacción, la torpe agresión de mujeres que eran a la vez tímidas e inseguras. Deseó incluso poder sentir más piedad por ella.

– No fue una pregunta particularmente sutil, John -dijo.

– No, señor, y no pretendía serlo. Desde luego, jugó esa partida de Scrabble. Lo que interesa saber es cuándo.

Dalgliesh empuñó el volante. Se alejó de la casa y, al entrar en un solar, a medio camino desde Campden Hill Square, llamó al Yard. La voz de Kate Miskin contestó con tanto vigor y viveza como había mostrado en las primeras horas de la investigación.

– He encontrado y visto a la señora Hurrell, señor. Confirma que ella llamó a la casa de Campden Hill Square poco antes de las nueve menos cuarto y preguntó por sir Paul. Contestó un hombre, que dijo: «Swayne al habla». Después, cuando ella le dijo lo que deseaba, pasó el teléfono a la señorita Matlock. Ésta dijo que ignoraba dónde estaba sir Paul, y que tampoco lo sabía nadie más en la casa.

Dalgliesh pensó que no dejaba de ser extraño que Swayne contestara de aquel modo al teléfono encontrándose en casa ajena. Casi inducía a creer que deseaba establecer su presencia allí. Preguntó:

– ¿Algún resultado de la investigación puerta a puerta?

– Todavía no, pero he hablado otra vez con los McBride y Maggie Sullivan. Los tres se muestran muy seguros sobre la salida de agua desde el desagüe de la iglesia. Alguien estaba utilizando el fregadero de aquel cuarto poco después de las ocho. Los tres están de acuerdo en la hora.

– ¿Y el laboratorio?

– He hablado con el biólogo jefe. Si pueden conseguir las muestras de sangre inmediatamente después de la autopsia, digamos a última hora de la tarde, procederán a la electroforesis por la noche. El director me ha confirmado que no pueden trabajar durante el fin de semana. No sabremos nada acerca de las manchas de sangre hasta el lunes por la mañana.

– Y supongo que todavía no habrá tampoco noticias del experto en documentos. ¿Y qué se sabe del trozo de cerilla?

– El experto en documentos todavía no ha podido dedicarse al papel secante, pero le dará prioridad. Con la cerilla, los problemas de costumbre, señor. Harán un análisis con el microscopio electrónico y buscarán huellas, pero no es probable que puedan decir nada al respecto, excepto que la madera es, como siempre, de álamo. Tampoco será posible que nos digan si procede de una caja determinada, y es demasiado corta para hacer una comparación de longitudes.

– Está bien Kate. Daremos la jornada por terminada. Puede irse a su casa. Buenas noches.

– Buenas noches, señor.

Al dejar atrás Campden Hill Square y enfilar Holland Park Avenue, Dalgliesh dijo:

– Halliwell tiene gustos refinados y caros. Esa colección de los Famosos procesos británicos debió de costarle cerca de un millar de libras, a no ser que haya coleccionado un tomo tras otro a lo largo de los años.

– Sin embargo, sus gustos no son tan caros como los de Swayne, señor. Llevaba una chaqueta Fellucini, de seda y lino, con botones de plata. Las venden a cuatrocientas cincuenta libras.

– Si usted lo dice… Me pregunto por qué entró de repente allí. Fue una representación poco convincente. Probablemente, esperaba averiguar qué estaba contando Halliwell. Es significativo, sin embargo, que entrase sin llamar, como si tuviera costumbre de ello. Y cuando Halliwell no está, no ha de serle un problema el hacerse con una llave, o incluso manipular la cerradura Yale si es necesario.