– ¿Es importante, señor, saber si pudo entrar en el piso del patio de caballerizas?
– Creo que sí. Ese asesino estaba buscando la verosimilitud. En la librería de Halliwell, hay un ejemplar del Manual de Medicina Forense de Simpson. Con la claridad usual en este escritor, en el capítulo quinto se explica todo, incluso con una tabla que muestra la distinción entre las heridas de un suicida y las de un homicida, en la garganta. Swayne debió de verlo en algún momento, mientras lo hojeaba, y después lo recordaría. También pudo hacerlo cualquier otra persona de Campden Hill Square con acceso al piso del garaje, y con mayor facilidad, claro está, el propio Halliwell. La persona que le cortó el cuello a Berowne sabía exactamente qué efecto estaba tratando de producir.
Massingham preguntó:
– Pero ¿hubiera dejado Halliwell el Simpson a la vista, para que lo encontráramos nosotros?
– Si otras personas conocían su existencia, destruir el libro hubiera sido más incriminador que dejarlo en su estante. Pero Halliwell ha de estar fuera de toda sospecha si lady Ursula dice la verdad acerca de esas dos llamadas telefónicas, y no me es posible verla ofreciendo a Halliwell una coartada para el asesinato de su propio hijo. Y tampoco a cualquier otro sospechoso, claro.
Massingham dijo:
– O a Halliwell ofreciendo a Swayne una coartada, a menos que no tuviera más remedio que hacerlo. Aquí no juega el cariño, pues él desprecia a ese hombre. A propósito, yo sabía que había visto antes a Swayne en algún lugar. Ahora acabo de recordarlo. Fue en aquella función en el Coningsby Theatre de Campden Town, hace un año. La obra era El garaje. En realidad, los actores construían un garaje en el escenario. En el primer acto lo montaban todo, y en el segundo lo derribaban.
– Yo creía que se trataba de una tienda para celebrar una boda.
– Será otra obra, señor. Swayne hacía el papel de un psicópata del pueblo, uno de la pandilla que derribaba el garaje al final. Por consiguiente, debe de tener carnet de actor.
– ¿Y qué impresión le causó como actor?
– Dinámico, pero poco sutil. En realidad, no puedo considerarme buen juez, pues yo prefiero el cine. Sólo fui porque Emma estaba haciendo entonces su cursillo cultural. La obra era muy simbólica. Se suponía que el garaje representaba a Gran Bretaña, o al capitalismo, o al imperialismo, o tal vez la lucha de clases. No estoy seguro de que lo supusiera el propio autor. Cabía pronosticar que iba a ser un gran éxito de crítica. Nadie hablaba allí una sola frase coherente y una semana más tarde yo ya no podía recordar ni una palabra del diálogo. En el segundo acto, había una pelea bastante movida. Swayne sabe moverse en este sentido. Sin embargo, darle coces a la pared de un garaje no es el entrenamiento más apropiado para rajar una garganta. No puedo ver a Swayne como asesino, al menos como ese asesino que andamos buscando.
Eran los dos detectives experimentados y conocían la importancia de mantener, en esa etapa, un nivel racional en sus investigaciones, de concentrarse en los hechos físicos y demostrables. ¿Cuál de los sospechosos tiene los medios, la oportunidad, los conocimientos, la fuerza física, el motivo? No resultaba productivo en esta fase temprana de la investigación empezar a preguntarse: ¿Tiene este hombre la crueldad, los nervios, la desesperación, la capacidad psicológica para cometer este crimen en particular? Y sin embargo, seducidos por la fascinación de la personalidad humana, casi siempre lo hacían.
VI
En el pequeño dormitorio posterior del segundo piso del cuarenta y nueve de Crowhurst Gardens, la señorita Wharton yacía despierta, con el cuerpo rígido y mirando a la oscuridad. Sobre el duro colchón, su cuerpo se sentía extrañamente caliente y pesado, como si lo hubieran llenado de plomo. Incluso darse la vuelta en busca de una postura más cómoda representaba un esfuerzo excesivo. No esperaba dormir profundamente, pero había procedido a todas sus rutinas nocturnas con la obstinada esperanza de que adherirse a aquellos pequeños y reconfortantes rituales engañaría a su cuerpo y lo induciría al sueño, o al menos a una quietud reparadora: la lectura de un capítulo de las Escrituras prescrita en su libro de devociones, la leche caliente, la galleta digestiva como indulgencia final de la jornada. Nada de esto había dado resultado. El fragmento del Evangelio de San Lucas era la parábola del buen pastor. Era uno de sus predilectos, pero esta noche lo había leído con una mente aguzada, perversamente inquisitiva. ¿Qué era, después de todo, el oficio de pastor? Tan sólo ocuparse de las ovejas, procurar que éstas no se escaparan para poder ser marcadas, esquiladas y después sacrificadas. Sin la necesidad de su lana, de su carne, no habría ningún trabajo para el pastor.
Mucho después de haber cerrado su Biblia, permaneció rígida durante lo que parecía ser una noche interminable, con su mente revolviéndose y retorciéndose como un animal atormentado. ¿Dónde estaba Darren? ¿Cómo estaba el niño? ¿Quién se aseguraba de que no pasara una noche sin consuelo o presa de temores? No parecía demasiado afectado por el horror de aquella espantosa escena, pero con un niño nunca se sabía. Y era culpa de ella que les hubiesen separado. Ella habría debido insistir en saber dónde vivía, en conocer a su madre. Él nunca le había hablado de su madre y, cuando ella le preguntó por ella, se encogió de hombros sin contestar. Ella no quería presionarlo en este sentido. Tal vez pudiera saber de él a través de la policía. Sin embargo, ¿podía molestar al comandante Dalgliesh, cuando éste se encontraba ante dos asesinatos que resolver?
Y la palabra «asesinato» le produjo una nueva ansiedad. Había algo que ella debía recordar, pero no le era posible hacerlo, algo que debiera haber explicado al comandante Dalgliesh. Éste la había interrogado brevemente, con amabilidad, sentándose junto a ella en una de las sillas bajas del rincón de los niños en la iglesia, como si no le importara, incluso como si no lo advirtiera, el extraño aspecto que esta posición confería a su alta figura. Ella había tratado de mantenerse tranquila, precisa, diligente, pero sabía que había lagunas en su memoria, y que había algo que el horror de aquella escena había borrado. Pero ¿qué podía ser? Era algo pequeño, posiblemente insignificante, pero él había dicho que ella debía contarle todos los detalles, por triviales que pudieran parecer.
Pero ahora afloraba otra preocupación todavía más inmediata. Necesitaba ir al retrete. Encendió la luz junto a su cama, buscó sus gafas y echó un vistazo al reloj que dejaba oír su quedo tictac sobre su mesita de noche. Sólo eran las dos y diez. No le era posible esperar hasta que despuntara el día. Aunque disponía de su propia sala de estar, su dormitorio y su cocina, la señorita Wharton compartía el cuarto de baño con los McGrath, que vivían en la planta baja. La instalación de fontanería era anticuada y, si se veía obligada a utilizar el water por la noche, la señora McGrath se quejaría a la mañana siguiente. La alternativa consistía en utilizar su orinal, pero éste había de ser vaciado y toda la mañana estaría dominada por sus ansiosas exploraciones en busca del momento más oportuno para llevarlo hasta el retrete, sin topar con los ojos severos y despreciativos de la señora McGrath. En cierta ocasión, se encontró con Billy McGrath en la escalera, llevando ella el orinal, tapado, en su mano. Aquel recuerdo todavía hacía que le ardieran las mejillas, Sin embargo, habría de utilizarlo. La noche era todavía tan tranquila que no podía osar quebrantar su paz con cascadas de agua corriente, acompañadas por aquellos largos estremecimientos y gargarismos en la tubería.
La señorita Wharton ignoraba por qué les caía tan mal a los McGrath, por qué su inofensiva amabilidad había de resultarles tan provocativa. Procuraba mantenerse fuera de su camino, aunque esto no fuese fácil, ya que compartían la misma puerta principal y el mismo estrecho pasillo de entrada. Les había explicado la primera visita de Darren a su habitación, diciéndoles que su madre trabajaba en Saint Matthew. Esta mentira, proferida con pánico, parecía haberles satisfecho y, más tarde, ella tomó la resolución de borrarla de su mente, puesto que apenas merecía ser incluida en sus idas y venidas que había muy escaso riesgo de que ellos pudieran interrogarle. Era como si el niño presintiera que los McGrath eran enemigos, a los que valía más evitar en vez de salir a su encuentro. Ella trataba de propiciarse a la señora McGrath con unas muestras desesperadas de urbanidad, e incluso con pequeñas gentilezas, como apartar del sol sus botellas de leche en verano, o dejarle un tarro de mermelada o confitura casera ante su puerta, cuando regresaba de la feria navideña de Saint Matthew. Pero estos signos de debilidad sólo parecían aumentar la enemistad de ellos, y la señorita Wharton sabía, en el fondo de su corazón, que nada podía hacerse al respecto. La gente, como los países, necesitaba a alguien más débil y más vulnerable, a quien poder tiranizar y despreciar. Así estaba hecho el mundo. Mientras sacaba cuidadosamente el orinal que había debajo de la cama y se situaba en cuclillas sobre él, con los músculos tensos, tratando de regular y silenciar el chorro, pensó una vez más cuánto le hubiera gustado tener un gato. Pero el jardín, veinte metros de hierba sin cuidar, ondulado como un campo, rodeado por un borde casi desaparecido de rosales sin cuidar, y de arbustos maltrechos y sin flores, pertenecía a los de la planta baja. Los McGrath jamás le permitirían hacer uso de él, y no sería justo mantener un gato encerrado toda la noche y todo el día en sus dos pequeñas habitaciones.