A la señorita Wharton la habían enseñado en su infancia mediante el miedo, y ésta es una lección que los niños nunca dejan de aprender. Su padre, maestro en una escuela elemental, había conseguido mantener una precaria tolerancia en el aula, mediante una tiranía compensadora en su propio hogar. Su esposa y sus tres hijos le temían. Sin embargo, este temor compartido no había logrado que los niños se unieran más entre sí. Cuando, con su irracionalidad usual, él elegía a uno de los hijos para dar rienda suelta a su enojo, los otros hermanos observaban, cada uno en los ojos avergonzados del otro, su sensación de alivio al verse exentos del castigo. Aprendieron a mentir para protegerse, y se les pegaba por decir mentiras. Aprendieron a sentir temor, y se les castigaba por su cobardía. Y, sin embargo, la señorita Wharton conservaba en su mesilla de noche una fotografía de sus padres, con un marco de plata. Jamás culpaba a su padre por su desdicha pasada o presente. Había aprendido bien su lección. Se culpaba a sí misma.
Estaba ahora virtualmente sola en el mundo. Su hermano menor, John, al que ella se había sentido más próxima, más fuerte psicológicamente que sus hermanos, se las había arreglado mejor. Sin embargo, John había muerto, quemado vivo en la torreta posterior de su bombardero Lancaster, el día antes de cumplir sus diecinueve años. La señorita Wharton, misericordiosamente ignorante de aquel infierno de acero en el que John había muerto gritando, había logrado idealizar su muerte con la pacífica imagen de una sola bala alemana que encontró el corazón de aquel joven y pálido guerrero, que seguidamente descendió hacia el suelo con la mano apoyada todavía en su ametralladora. Su hermano mayor, Edmund, había emigrado a Canadá después de la guerra, y ahora, divorciado y sin hijos, trabajaba como oficinista en una pequeña ciudad del norte, cuyo nombre ella nunca recordaba, puesto que él rara vez escribía.
Deslizó de nuevo el orinal debajo de la cama, después se puso la bata y, descalza, atravesó el estrecho pasillo para entrar en su salita de estar y situarse junto a su única ventana. En la casa reinaba un profundo silencio. Bajo los faroles, la calle discurría como un río fangoso entre las orillas formadas por coches aparcados. Aunque la ventana estuviera cerrada, podía oír el apagado rugido del tráfico nocturno a lo largo de Harrow Road. Era una noche de nubes bajas, teñidas de rojo por el resplandor de la inquieta ciudad. A veces le parecía a la señorita Wharton, cuando contemplaba aquella semioscuridad espectral, que Londres había sido construido sobre carbón y que este carbón ardía perpetuamente, como si el infierno, sin que nadie lo reconociera, lo rodease por completo. A la derecha, perfilado contra aquel resplandor turbulento, se alzaba el campanario de Saint Matthew. Generalmente, su visión la reconfortaba. Era un lugar donde a ella se la conocía, se le apreciaban los pequeños servicios que podía prestar, donde se mantenía continuamente ocupada, distraída, protegida, y como en su casa. Pero ahora aquella torre delgada y extraña, desnuda frente al cielo enrojecido, era un símbolo de horror y de muerte. ¿Y cómo podría enfrentarse ahora a aquel paseo, dos veces por semana, hasta Saint Matthew, siguiendo el camino de sirga? El camino le había parecido hasta entonces misteriosamente exento de los terrores de las calles de la ciudad, exceptuando aquellos breves trayectos bajo los puentes. Incluso en la mañana más oscura, caminaba hasta allí gozosamente libre de todo temor. Y en los últimos meses había tenido la compañía de Darren. Pero ahora Darren se había ido, toda seguridad había desaparecido, y el camino de sirga estaría siempre resbaladizo a causa de una sangre imaginaria. Al volver a la cama, su mente revoloteó sobre los tejados hasta la sacristía pequeña. Estaría vacía ya, desde luego. La policía habría retirado los cadáveres. Antes de marcharse ella, ya estaba aparcado allí aquel furgón negro y sin ventanas. Ahora, allí no había nada, excepto aquellas manchas de sangre de color marrón en la alfombra… ¿o acaso se las habrían llevado también? Nada, excepto el vacío y la oscuridad y el olor de la muerte, excepto en la capilla de Nuestra Señora, donde todavía ardería la luz del santuario. Se preguntó si también llegaría a perder eso. ¿Era esto lo que el asesinato les hacía a los inocentes? ¿Llevarse a las personas que éstos amaban, llenar de terror sus mentes, dejarlos abandonados y desconsolados bajo un cielo con resplandor de rescoldos?
VII
Habían dado ya las once y media cuando Kate Miskin cerró la puerta del ascensor detrás de ella y abrió con la llave la cerradura de seguridad de su apartamento. Quería esperar en el Yard hasta que Dalgliesh y Massingham regresaran de su visita a Halliwell, pero el jefe le sugirió que ya era hora de dar por terminada la jornada, y en realidad poco más podía hacer ella, o cualquier otra persona, hasta la mañana. Si el jefe tenía razón, y Berowne y Harry Mack habían sido asesinados los dos, ella y Massingham bien podían encontrarse trabajando regularmente jornadas de dieciséis horas. Tal vez más. Era una posibilidad que no temía, pues ya lo había hecho en otras ocasiones. Al encender la luz y cerrar con doble vuelta la puerta a su espalda, le chocó el pensamiento extraño, tal vez incluso reprensible, de que esperaba que su jefe tuviera razón. Después, casi inmediatamente, se absolvió mediante la reconfortante explicación de costumbre. Tanto Berowne como Harry estaban muertos y nada podía volverlos a la vida. Y si sir Paul Berowne no se había degollado por su propia mano, el caso prometía ser tan fascinante como importante, y no sólo para ella personalmente, sino también para sus posibilidades de promoción. Se había formado una cierta oposición contra la creación, en el CI, de una brigada especial para investigar delitos graves a los que se considerase como política o socialmente delicados, y ella hubiera podido nombrar a varios oficiales superiores que no lamentarían que este caso, el primero de la brigada, se convirtiera finalmente en una tragedia corriente de asesinato seguido por suicidio.
Entró en su piso, como siempre, con la sensación de satisfacción que le daba el regreso a su casa. Llevaba poco más de dos años viviendo en Charles Shannon House. Comprar el piso mediante una hipoteca cuidadosamente calculada había sido su primer paso en un proceso ascendente y debidamente planeado, que con el tiempo podía llevarla hasta uno de los almacenes reconvertidos junto al Támesis, con amplios ventanales sobre el río, enormes habitaciones con sus vigas desnudas y una vista distante de Tower Bridge. Pero esto era el comienzo. Ella disfrutaba con su piso, y a veces había de reprimirse para no empezar a recorrerlo, tocando las paredes y los muebles, como para asegurarse de su propia realidad.