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El piso, una larga sala de estar con un estrecho balcón de barandilla de hierro y que abarcaba toda su anchura, dos pequeños dormitorios, una cocina, un cuarto de baño y un cuarto de aseo aparte, se encontraba en la planta más alta de un edificio Victoriano, cerca de Holland Park Avenue. Había sido construido a principios de la década de 1860, para facilitar estudios destinados a artistas y diseñadores del movimiento, entonces en auge, de las artes y los oficios, y un par de placas azules conmemorativas sobre la puerta atestiguaban su interés histórico. Sin embargo, en el aspecto arquitectónico carecía de todo mérito; era una aberración de ladrillo amarillento londinense implantada entre la elegancia estilo Regencia que lo rodeaba, inmensamente alto, almenado y tan incongruente como un castillo Victoriano. Los imponentes muros, perforados por numerosas ventanas talladas y de extrañas proporciones, y surcados en zigzag por escaleras metálicas de seguridad, se alzaban hasta un tejado coronado por hileras de chimeneas entre las cuales brotaba toda una variedad de antenas de televisión, algunas de ellas fuera de uso desde hacía largo tiempo.

Era el único lugar que ella jamás había considerado como un hogar. Era hija ilegítima y había sido criada por una abuela materna que estaba a punto de cumplir los sesenta años cuando ella nació. Su madre había muerto a los pocos días de nacer ella, y sólo la conocía como un rostro delgado y muy serio en la primera fila de una fotografía de alumnas de la escuela, un rostro en el que ella no podía reconocer ninguna de sus vigorosas facciones. Su abuela nunca le había hablado de su padre, y ella supuso que su madre jamás había divulgado la identidad de él. Carecía de padre incluso en su apellido, pero hacía largo tiempo que esto había dejado de preocuparla, suponiendo que lo hubiera hecho alguna vez. Aparte de las fantasías inevitables de la primera infancia, cuando imaginaba a su padre buscándola, no había experimentado ninguna necesidad apremiante de averiguar sus raíces. Dos líneas de Shakespeare, que recordaba a medias y que había encontrado al abrir casualmente el libro en la biblioteca de la escuela, se convirtieron para ella en la filosofía con la que pretendía vivir.

«Qué importa lo que ocurrió antes o después, si conmigo voy a empezar y a terminar.»

Había optado por no amueblar su piso siguiendo un estilo clásico. Le interesaba poco el pasado, ya que toda su vida había sido una pugna por librarse de él, para forjarse un futuro amoldado a sus propias necesidades de orden, seguridad y éxito. Durante un par de meses, vivió tan sólo con una mesa plegable, una silla y un colchón en el suelo, hasta que ahorró el dinero suficiente para comprarse el mobiliario moderno, austero y bien diseñado, que a ella le gustaba: el sofá y dos butacas tapizadas en cuero auténtico, la mesa de comedor y cuatro sillas de madera de olmo pulimentada, la librería a medida que cubría completamente una pared, y la brillante y bien diseñada cocina que contenía el mínimo de utensilios y vajilla necesarios, sin nada que resultara superfluo. El piso era su mundo privado, inviolable por parte de sus colegas de la policía. Sólo admitía en él a su amante, y cuando Allan cruzó por primera vez aquella puerta, sin mostrar curiosidad ni el menor asomo de amenaza, cargado como siempre con su bolsa de plástico llena de libros, incluso su amable presencia pareció por un momento una peligrosa intrusión.

Se sirvió dos dedos de whisky, lo mezcló con agua y después abrió la cerradura de seguridad de la estrecha puerta que comunicaba la sala de estar con el balcón. El aire penetró, fresco y límpido. Cerró la puerta y se quedó, con el vaso en la mano, apoyada en la pared de ladrillo y contemplando la parte este de Londres. Un bajo banco de nubes espesas había absorbido el resplandor de las luces de la ciudad y se cernía, con su color carmesí más bien pálido, como una pincelada de color cuidadosamente trazada junto al intenso negro azulado de la noche. Había una leve brisa, la suficiente para agitar las ramas de los grandes limeros que flanqueaban Holland Park Avenue, y para hacer vibrar las antenas de televisión que brotaban, como frágiles y exóticos fetiches, de la cuadrícula de tejados que se extendía quince metros más abajo. Al sur, los árboles de Holland Park eran una masa negra recortada ante el cielo, y más allá el campanario de la iglesia de Saint John brillaba como un distante espejismo. Era uno de los placeres de aquellos momentos, contemplar cómo la torre parecía moverse, a veces tan cercana que le daba la impresión de que le bastaría con alargar una mano para tocar sus ásperas piedras, y otras veces, como esta noche, tan distante e insustancial como una visión. Mucho más allá, a su derecha, bajo los altos faroles, la avenida se extendía hacia el oeste, aceitosa como un río de materia fundida, transportando su interminable cargamento de coches, camiones y rojos autobuses. Ella sabía que en otro tiempo había sido la vieja carretera romana que salía, en dirección oeste, directamente desde Londinium, y su constante rugido llegaba hasta ella quedamente, como el rumor de un mar lejano.

Cualquiera que fuese la época del año, excepto en los peores días invernales, ésta era su costumbre nocturna. Se servía un whisky, Bell's, y salía con el vaso en la mano para entregarse a estos minutos de contemplación, como si fuese, pensaba, una prisionera enjaulada que quisiera asegurarse de que la ciudad seguía allí. Sin embargo, su pequeño piso no era una prisión, sino más bien la afirmación física de una libertad duramente conseguida y celosamente conservada. Había escapado de la finca, de su abuela, de aquel apartamento de mezquinas proporciones, sucio y ruidoso, en la séptima planta de unos edificios de la posguerra, los Ellison Fairweather Buildings, un monumento a un concejal local apasionadamente dedicado, como la mayoría de los de su clase, a la destrucción de pequeñas calles de barrio y a la construcción de monumentos de doce pisos al orgullo físico y a la teoría sociológica. Había huido de los gritos, de los graffiti, de los ascensores averiados, del hedor a orina. Recordaba la primera tarde de su escapada, el ocho de junio, hacía más de dos años. Se había colocado donde estaba ahora y había vertido su whisky como una libación, contemplando el momentáneo arco de luz líquida que caía entre los barrotes de la barandilla, y diciendo en voz alta: «Que te jodan, concejal, Fairweather de mierda. Bienvenida sea la libertad».

Y ahora seguía verdaderamente su propio camino. Si había tenido éxito en ese nuevo trabajo, todo, o casi todo, era posible. Tal vez no fuera tan sorprendente que el jefe eligiera al menos una mujer para su brigada. Sin embargo, no era hombre que hiciera gestos rutinarios de cara al feminismo, ni a ninguna otra causa que estuviera de moda. La había elegido a ella porque necesitaba una mujer en la brigada, y porque conocía su hoja de servicios, y sabía que podía confiar en ella para realizar una buena tarea. Mientras contemplaba Londres, sintió que la confianza corría a través de sus venas, vigorosa y dulce como la primera respiración consciente de la mañana. El mundo que se extendía debajo de ella era un mundo en el que se encontraba a sus anchas, una parte de aquel denso y excitante conglomerado de poblaciones urbanas que formaban el distrito de la Policía Metropolitana. Lo imaginaba extendiéndose más allá de Notting Hill Gate, más allá de Hyde Park y la curva del río, pasadas las torres de Westminster y el Big Ben, cubriendo brevemente aquella anomalía que era la zona de la City para la Policía de Londres, y después hacia los suburbios orientales, hasta la frontera con la Policía de Essex. Conocía, casi metro a metro, el recorrido de esa frontera. Así veía ella la capital, dividida en zonas policiales, distritos, divisiones y subdivisiones. E inmediatamente debajo de ella estaba Notting Hill, aquella población vigorosa, diversa, exuberantemente cosmopolita, adonde la habían enviado a ella después de salir de la escuela de adiestramiento preliminar. Podía recordar cada ruido, cada color y cada olor tan vivamente como en aquella calurosa noche de agosto, ocho años antes, cuando aquello sucedió, el momento en que ella supo que su elección había sido acertada y que éste era su trabajo.