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Había estado patrullando a pie en Notting Hill, con Terry Read, en la noche de agosto más calurosa que podía recordar. Un chiquillo, casi chillando de pura excitación, corrió hacia ellos y, tembloroso, señalaba hacia una casa cercana. Volvía a verlo todo: el grupo de asustados vecinos al pie de la escalera, los rostros brillantes a causa del sudor, las camisas manchadas y pegadas a los cuerpos febriles, y el olor a humanidad acalorada y sin lavar. Y, dominando los murmullos, una voz ronca procedente de arriba y que gritaba una protesta ininteligible. El chiquillo explicó:

– Tiene un cuchillo, señorita. George trató de quitárselo, pero él lo amenazó. ¿Verdad, George?

Y George, pálido, pequeño, semejante a una comadreja acurrucada en un rincón, contestó:

– Sí, eso es.

– Y tiene a Mabelle con él, a Mabelle y a la cría.

Una mujer murmuró:

– Dios santo, se ha llevado a la cría.

Se apartaron para dejarla pasar, a ella y a Terry. Ella preguntó:

– ¿Cómo se llama él?

– Leroy.

– ¿Y su apellido?

– Price. Leroy Price.

El vestíbulo estaba oscuro y la habitación, abierta, puesto que la cerradura había sido destrozada, estaba todavía más oscura. La única luz se filtraba a través de un trozo de alfombra clavado sobre la ventana. Pudo ver, en aquella semioscuridad, el manchado colchón doble en el suelo, una mesa plegable, dos sillas, una de ellas volcada. Olía a vómito, a sudor y a cerveza, pero sobre ello predominaba el intenso olor grasiento a pescado y patatas fritas. Junto a la pared se había agazapado una mujer, con una criatura en sus brazos.

Ella dijo con voz suave:

– No pasa nada, señor Price. Entrégueme ese cuchillo. Usted no quiere hacerles ningún daño. Es su hijita. No quiere hacer daño a ninguna de ellas. Yo sé lo que ocurre: hace demasiado calor y se siente usted abrumado. A todos nos ocurre lo mismo.

Lo había visto antes, tanto fuera de la ciudad como patrullando por ella, aquel momento en que la carga de frustración, desesperación y miseria resultaba de pronto demasiado pesada y la mente explotaba en una anarquía de protestas. Ciertamente, el hombre se sentía abrumado. Demasiadas facturas sin pagar y que no podrían pagarse, demasiadas preocupaciones, demasiadas exigencias, demasiada frustración y, desde luego, demasiado alcohol. Se había acercado a él sin hablar, aguantando tranquilamente su mirada, alargando la mano para que le entregase el cuchillo. No sentía ningún miedo, tan sólo el temor de que a Terry se le ocurriera entrar violentamente. No se oía el menor rumor; el grupo al pie de la escalera guardaba un silencio glacial y la calle había alcanzado uno de aquellos extraños momentos de quietud que a veces se apoderan incluso de los barrios más estruendosos de Londres. Sólo podía oír su propia y acompasada respiración, y el áspero jadeo del hombre. Después, con un violento sollozo, éste dejó caer el cuchillo y se lanzó a sus brazos. Ella le retuvo entre ellos, murmurando como hubiera hecho con un niño, y todo terminó.

Había desempeñado con creces el papel de Terry en el caso y él se lo había permitido. Sin embargo, la vieja Moll Green, jamás ausente cuando había una probabilidad de emociones y la esperanza de derramamiento de sangre, era una de las personas que esperaban, con los ojos brillantes, al pie de la escalera. El martes siguiente, Terry la detuvo por llevar encima hachís; forzoso era reconocer que la provocación de ella había sido menor, pero Terry andaba un poco retrasado en la cuota semanal de arrestos que se había impuesto a sí mismo. Moll, ya fuese motivada por un inesperado impulso de solidaridad femenina, o por una repulsa contra todos los hombres en general y Terry en particular, dio su propia versión del incidente al sargento del puesto. Poco se le dijo después a Kate al respecto, pero sí lo suficiente para que comprendiera que la verdad se sabía, y que su reserva no le había ocasionado ningún perjuicio. Y ahora se preguntó, por unos momentos, qué habría sido de aquel hombre, de Mabelle y de la niña. Por primera vez, le chocó que, una vez terminado el incidente y redactado su parte, jamás hubiera concedido a ninguno de ellos ni un solo pensamiento.

Entró de nuevo, cerró la puerta y corrió las gruesas cortinas de lino, y después telefoneó a Alan. Habían planeado ir a ver una película la noche siguiente, pero esto ya no sería posible. Era inútil trazar planes hasta que el caso hubiera concluido. Él aceptó la noticia con calma, como siempre hacía, cuando ella había de cancelar una cita. Una de las muchas cosas que a ella le agradaban en él era que nunca se enfadaba. Esta vez, Allan dijo:

– Parece ser, pues, que la cena del próximo jueves tampoco será posible.

– Es posible que para entonces hayamos terminado, pero no lo creo probable. Sin embargo, dejemos el plan abierto y, si es necesario, te llamaré para anularlo.

– De acuerdo, te deseo mucha suerte en el caso. Espero que no sea un trabajo de amor perdido.

– ¿Cómo?

– Lo siento. Berowne es el nombre de un noble en la obra de Shakespeare. En realidad, es un nombre poco usual y muy interesante.

– Fue una muerte poco usual y muy interesante. Espero verte el jueves próximo, alrededor de las ocho.

– A no ser que tengas que cancelar la cita. Buenas noches, Kate.

Ella creyó detectar un rastro de ironía en su voz, pero después decidió que el cansancio le había excitado la imaginación. Era la primera vez que él le deseaba buena suerte en un caso, pero sin embargo no había hecho ninguna pregunta. Pensó que era tan puntillosamente discreto con el trabajo de ella como pudiera serlo ella misma. ¿O sería, meramente, que no le importaba? Y, antes de que él colgase, preguntó rápidamente:

– ¿Y qué le ocurrió a ese noble?

– Amaba a una mujer llamada Rosaline, pero ella le dijo que fuese a cuidar a los enfermos. Por consiguiente, él fue a pasar todo un año en un hospital.

Ella pensó que no era éste un punto que pudiera ofrecer gran inspiración. Sonrió al colgar el teléfono. Era una lástima lo de la cena del próximo jueves, pero habría otras cenas, otras veladas. Él vendría cuando ella le llamase y se lo pidiera. Siempre lo hacía.

Sospechaba que había conocido a Allan Scully en el momento oportuno. Su primera educación sexual en los pasillos subterráneos de cemento de los bloques de apartamentos y detrás de los cobertizos de bicicletas en su barrio al norte de Londres, la mezcla de excitación, peligro y disgusto, había sido una buena preparación para la vida, pero muy mala preparación para el amor. Muchos de aquellos chicos se habían mostrado menos inteligentes que ella misma. Esto no le hubiera importado, con tal que hubieran tenido mejor aspecto o un poco de ingenio. La divertía, pero también la decepcionaba un poco, comprender, cuando ella tenía dieciocho años, que pensaba en los hombres tal como tan a menudo se suponía que ellos miraban a las mujeres, una ocasional diversión de tipo sexual o social, pero demasiado poco importante para permitir que se interfiriese en los asuntos serios de la vida: pasar sus exámenes superiores, planear su carrera y alejarse para siempre de los Ellison Fairweather Buildings. Descubrió entonces que podía disfrutar del sexo al tiempo que despreciaba el origen de su placer. Sabía que ésta no era una base sincera para una relación, pero después, hacía dos años, conoció a Allan. Su apartamento en una callejuela estrecha detrás del British Museum había sido objeto de un robo y fue ella la que llegó allí con el técnico en huellas y los demás oficiales. Él le explicó que trabajaba en una biblioteca teológica de Bloomsbury y que era un coleccionista aficionado de libros de antiguos sermones Victorianos -a ella le pareció una opción realmente extraordinaria- y que se habían llevado dos de los volúmenes más valiosos. Éstos jamás fueron recuperados y, a juzgar por la tranquila resignación con la que él contestó a sus preguntas, presintió que tampoco esperaba que llegaran nunca a serlo. Su apartamento, pequeño y abarrotado, un depósito de libros más bien que un hueco donde vivir, era diferente de todos los lugares que ella había visto hasta entonces, y también él era diferente de cualquier otro hombre. Tuvo que hacerle una nueva visita y esta vez pasaron casi una hora charlando y tomando café. Fue entonces cuando él le pidió, con toda sencillez, que le acompañara a ver una obra de Shakespeare en el National Theater.