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Menos de un mes después de aquella velada se acostaron por primera vez juntos y él acabó con una de las convicciones más arraigadas en ella, la de que a los intelectuales no les interesaba el sexo. Además de interesado en él, se reveló como un excelente practicante del mismo. Establecieron seguidamente una cómoda relación amorosa, al parecer mutuamente satisfactoria, en la que cada componente contemplaba el trabajo del otro sin resentimiento ni envidia, como un terreno extranjero cuyo lenguaje y cuyos hábitos estuvieran tan lejos de cualquier posibilidad de comprensión, que rara vez hablaban de ello. Kate sabía que él estaba intrigado, no tanto por la carencia de ella en lo referente a fe religiosa como por el hecho de que, al parecer, ella no sintiera ninguna curiosidad intelectual acerca de sus diversas y fascinantes manifestaciones. Ella presentía, también, aunque él nunca lo dijera, que pensaba que su educación literaria había sido llevada con negligencia. Si la incitaban a ello, Kate podía citar versos modernos y airados sobre los jóvenes en paro en las ciudades del interior o el sometimiento de los negros en Sudáfrica, pero esto lo consideraba él como un pobre sustitutivo de Donne, Shakespeare, Keats o Eliot. Por su parte, ella le veía a él como un inocente, tan falto de las facultades necesarias para sobrevivir en la jungla urbana que le sorprendía que caminara con aquella aparente indiferencia a través de sus peligros. Aparte del robo, que seguía envuelto en el misterio, no parecía que le sucediera jamás nada que se saliera de lo corriente, y, en caso de que algo ocurriera, él no lo advertía. A ella le divertía pedirle que le recomendara libros y se mostraba perseverante con las obras que tímidamente él le ofrecía. Actualmente, su lectura en la cama era Elizabeth Bowen. La vida de sus heroínas, sus rentas, sus encantadoras mansiones en Saint John's Wood, sus camareras uniformadas y sus tías de aspecto formidable, y sobre todo la delicada sensibilidad de las primeras, no dejaban de sorprenderla. «No se lavan lo suficiente, y ése es su problema», le decía a Allan, pensando tanto en la autora como en sus protagonistas. Sin embargo, no dejaba de interesarle el hecho de que ella necesitara seguir leyendo aquello.

Se acercaba ya, ahora, la medianoche. Estaba a la vez demasiado excitada y demasiado fatigada para sentir apetito, pero pensó que le convenía prepararse algo ligero, tal vez una tortilla, antes de acostarse. Sin embargo, primero puso en marcha el contestador automático y, con el primer sonido de aquella voz familiar, desapareció la euforia para ser sustituida por una confusión de culpabilidad, enojo y depresión. Era la asistenta social de su abuela. Había tres mensajes, cada uno con dos horas de intervalo, con una paciencia profesional controlada que gradualmente cedía el paso a la frustración y, finalmente, a una irritación rayana en la hostilidad. Su abuela, cansada de su reclusión en su piso de la séptima planta, había ido a la estafeta de correos para cobrar su pensión y, al regresar, había encontrado forzada la ventana y descubierto que también se había intentado violentar la puerta. Era el tercer incidente de esta clase en menos de un mes. La señora Miskin se mostraba ahora demasiado aprensiva para decidirse a salir. Se suplicaba a Kate que llamara a los servicios sociales del municipio tan pronto como llegase, o, si lo hacía después de las cinco y media, que telefonease directamente a su abuela. La cosa era urgente.

Siempre lo era, pensó ella con desaliento. Y por otra parte era ya demasiado tarde para llamar. Sin embargo, no era posible esperar hasta la mañana siguiente. Su abuela no se dormiría hasta que llamara ella. Su llamada fue contestada después del primer timbrazo y sospechó que la anciana había estado sentada junto al teléfono, esperándola.

– Ah, ya veo que eres tú. Bonita hora para llamar. Casi es medianoche. La señora Mason ha estado tratando de encontrarte.

– Lo sé. ¿Te encuentras bien, abuela?

– Claro que no me encuentro bien. ¡Qué puñeta voy a encontrarme bien! ¿Cuándo piensas venir?

– Procuraré ir mañana en cualquier momento, pero tengo la impresión de que no será fácil. Me encuentro en medio de un caso.

– Será mejor que vengas a las tres. La señora Mason ha dicho que ella vendrá a esa hora. Quiere verte a ti, muy en especial. Las tres, recuérdalo.

– Abuela, es que eso no es posible.

– ¿Cómo me las arreglaré para hacer la compra, pues? No pienso dejar solo este piso, ya te lo he dicho muchas veces.

– Debe de haber en el congelador lo bastante para otros cuatro días, como mínimo.

– Es que a mí no me gustan esas porquerías congeladas. También te lo he dicho otras veces.

– ¿Y no puedes pedírselo a la señora Khan? Ya sabes que siempre se muestra muy amable.

– No, no puedo. Ella ahora no sale, a menos que la acompañe su marido, desde aquella vez en que los del Frente Nacional la molestaron en la calle. Además, no es justo. Tiene ya bastantes problemas en su casa. Por si no lo sabías, los críos han vuelto a estropear ese maldito ascensor.

– Abuela ¿está arreglada la ventana?

– Sí, han venido y han arreglado la ventana.

La voz de la abuela sugería que eso no era más que un detalle carente de importancia. Añadió:

– Has de sacarme de aquí.

– Lo estoy intentando, abuela. Estás en la lista de espera para un apartamento individual de un bloque bien protegido y con vigilante. Tú ya lo sabes.

– Yo no necesito ningún vigilante, puñeta. Lo que debería estar es con los de mi propia sangre. Ven a verme mañana a las tres. Y no dejes de venir. La señora Mason quiere verte.

Y colgó el teléfono.

Kate pensó: «Dios mío, no puedo enfrentarme de nuevo con esto, no ahora, cuando estamos empezando un nuevo caso».

Se dijo a sí misma, con una iracunda autojustificación, que no era una irresponsable, que hacía cuanto podía. Había comprado a su abuela un refrigerador nuevo provisto de un pequeño congelador, y la visitaba cada domingo para llenarlo con provisiones sólo para la semana siguiente, aunque casi siempre topaba con una queja que ya resultaba familiar:

– Yo no puedo comer esas porquerías. Yo quiero hacer mi propia compra. Quiero salir de aquí.

Le había pagado la instalación del teléfono y había enseñado a su abuela a no temer aquel aparato. Se había puesto en contacto con las autoridades locales y había logrado que se hiciera una visita semanal a su abuela para limpiarle el piso. De buena gana lo habría hecho ella misma, si su abuela hubiera tolerado semejante interferencia. Estaba dispuesta a asumir cualquier molestia, a gastar el dinero que fuese, con tal de evitar que su abuela viviera con ella en Charles Shannon House. Pero esto, bien lo sabía, era el objetivo que la anciana, aliada con su asistenta social, perseguía inexorablemente para lograr que ella lo aceptara. Y ella no podía hacerlo. No podía prescindir de su libertad, de las visitas de Allan, de la habitación extra donde pintaba, de su intimidad y paz al finalizar la jornada, en aras del impedimento de una anciana, del ruido incesante de la televisión, del desorden, del olor a vejez y a fracaso, el olor de los Ellison Fairweather Buildings, de la infancia, del pasado. Y ahora, más que nunca, eso era imposible. Ahora, con su primer caso en la nueva brigada, necesitaba ser libre.