Había elegido ser oficial de la policía deliberadamente, sabiendo que este trabajo era el apropiado para ella. Pero nunca, desde el primer momento, se había hecho ilusiones al respecto. Era una tarea en que la gente, cuando necesitaba a la policía, exigía que ésta se personara en el acto, incuestionablemente, efectivamente, y cuando no la necesitaba, prefería olvidar que existía. Era un trabajo en el que a veces se exigía actuar con gente cuya compañía resultaba indeseable, y mostrar respeto a unos superiores que inspiraban muy poco respeto o ninguno, un trabajo en el que una podía encontrarse como aliada de hombres a los que se despreciaba y enfrentada a algunos hacia los que, más a menudo de lo que cabía suponer, con mayor frecuencia de lo que convendría, se sentía simpatía, incluso compasión. Ella conocía las cómodas ortodoxias según las cuales la ley y el orden eran la norma y el crimen era la aberración, y la vigilancia en una sociedad libre sólo podía realizarse con el consentimiento de los vigilados, incluso, presumiblemente, en aquellas zonas donde la policía siempre había sido considerada como enemigo y que ahora había sido elevada a convenientes estereotipos de opresión. Pero ella tenía su propio credo. Mantenía la cordura sabiendo que la hipocresía podía ser políticamente necesaria, pero que no por ello había que creer en ella. Mantenía la honradez, puesto que de lo contrario el oficio no tenía ningún sentido. Cumplía las órdenes para que los colegas del otro sexo la respetaran, incluso si resultaba excesivo esperar que simpatizaran con ella. Mantenía una vida privada limpia, sin embrollos. Había suficientes hombres en el mundo sin verse una atrapada por líos de sexo con los colegas. No caía en el fácil hábito de la obscenidad, puesto que ella ya había tenido suficientes conocimientos de ello en los Ellison Fairweather Buildings. Sabía hasta qué punto podía esperar razonablemente ascender y cómo se proponía llegar a tales niveles. No se creaba enemigos innecesarios, pues ya le resultaba bastante difícil a una mujer ascender sin que le pusieran la zancadilla por el camino. Al fin y al cabo, todo trabajo presentaba sus desventajas. Las enfermeras se acostumbraban al olor de los vendajes y de las sábanas, de los cuerpos sin lavar, a los dolores de otras personas y al olor de la muerte. Ella había decidido su opción y ahora, más que nunca, no se arrepentía de ello.
III
El hospital donde Miles Kynaston trabajaba como forense llevaba años necesitando una nueva sala de autopsias, pero las instalaciones para los pacientes vivos habían gozado de prioridad sobre las destinadas a los difuntos. Kynaston refunfuñaba al respecto, pero Dalgliesh sospechaba que en realidad no le importaba en demasía. Disponía del equipo que necesitaba y la sala de autopsias en la que trabajaba era un territorio familiar en el que él se encontraba tan cómodo como si se hubiera enfundado en un batín viejo. No deseaba en realidad verse trasladado a un lugar más amplio, más lejano y más impersonal, y sus quejas ocasionales no eran más que unos ruidos rituales destinados a recordar al comité médico la existencia de un Departamento de Patología Forense.
Sin embargo, era inevitable que cada vez se produjera un cierto apiñamiento. Dalgliesh y sus oficiales se encontraban allí principalmente por interés más que por necesidad, pero el sargento responsable de las pruebas, el oficial de huellas, los oficiales que habían explorado el escenario del crimen y recogido sus sobres, botellas y tubos, ocupaban un espacio necesario. La secretaria de Kynaston, una mujer obesa y de mediana edad, jovialmente eficiente como presidente del Instituto Femenino, vestida con su traje sastre de tela gruesa, estaba acurrucada en el rincón, con una gran bolsa a sus pies. Dalgliesh siempre esperaba que sacara de ella su labor de punto. A Kynaston siempre le había desagradado utilizar un magnetófono, y de vez en cuando se dirigía hacia ella y le dictaba sus hallazgos con unas frases telegráficas y pronunciadas en voz baja, pero que ella parecía entender. Kynaston siempre trabajaba con música, generalmente barroca y a menudo procedente de un cuarteto de cuerda: Mozart, Vivaldi, Haydn. Esa tarde, la grabación era una que Dalgliesh reconoció inmediatamente, puesto que también él tenía el disco: Neville Marriner dirigiendo el Concierto en sol para viola, de Telemann. Dalgliesh se preguntó si su tono enigmático y melancólico procuraba a Kynaston una catarsis necesaria, si era ésta su manera de intentar dramatizar las indignidades rutinarias de la muerte, o si, como los pintores de brocha gorda y otros operarios con empleos menos singulares, simplemente le agradaba oír música mientras trabajaba.
Dalgliesh observó, con una mezcla de interés y de irritación, que Massingham y Kate mantenían los ojos clavados en las manos de Kynaston, con una atención que sugería que les asustaba apartar la mirada por si, inadvertidamente, llegaban a encontrar sus ojos. Se preguntó cómo supondrían que veía aquel ritual de destripamiento teniendo algo que ver con Berowne. El despego, que había llegado a ser para él una segunda naturaleza, se veía ayudado por la práctica eficiencia con que los órganos eran extraídos, examinados, embotellados y etiquetados. Sentía exactamente lo mismo que cuando, siendo él un joven aspirante, había presenciado su primera autopsia: sorpresa ante los brillantes colores de las espirales y bolsas que colgaban de las manos enguantadas y ensangrentadas del forense, y una admiración casi infantil al pensar que una cavidad tan pequeña pudiera contener una colección tan grande y diversa de vísceras.
Después, mientras se lavaban meticulosamente las manos en el lavabo, Kynaston por necesidad y Dalgliesh por una pulcritud que le hubiera resultado difícil explicar, este último preguntó:
– ¿Qué puede decirse sobre la hora de la muerte?
– No hay motivo para alterar el cálculo que hice en el lugar de autos. Las siete, como lo más temprano. Digamos entre las siete y las nueve. Podré ser un poco más preciso cuando se haya analizado el contenido del estómago. No había señales de lucha. Y si Berowne fue atacado, no intentó protegerse. No hay cortes en la palma de la mano. Bien, usted mismo lo ha visto. La sangre de la palma de la mano derecha procedía de la navaja, y no de cortes producidos al intentar defenderse de ella.