De nuevo fue Musgrave el que contestó:
– Sí, claro, habló con nosotros. En realidad, aplazó escribir su dimisión al canciller, hasta haber hablado con nosotros. Yo estaba de vacaciones -mis breves vacaciones usuales de cada otoño- y tuvo la delicadeza de esperar hasta que regresé. Vino aquí el viernes pasado, a media tarde. Era viernes y trece, lo que no deja de ser apropiado. Dijo que no sería correcto por su parte continuar como nuestro diputado. Había llegado el momento de que su vida iniciara un nuevo camino. Naturalmente, le pregunté qué quería decir con eso de un nuevo camino. «Eres un diputado del Parlamento -le dije-. No estás conduciendo precisamente un autobús.» Él me contestó que todavía no lo sabía. No se lo habían indicado. «¿Quién ha de indicarlo?», pregunté. Me contestó: «Dios». Bien, poca cosa puede uno decir ante esto. No hay nada como una respuesta así para poner fin a una conversación racional.
– ¿Qué aspecto tenía?
– Perfectamente tranquilo, totalmente normal. Demasiado tranquilo. Eso es lo que más me chocó. En realidad, un tanto misterioso, ¿no le parece, general?
El general contestó con gran calma:
– A mí me pareció un hombre libre del dolor, del dolor físico. Pálido y fatigado, pero muy pacífico. Es un aspecto inconfundible.
– Desde luego, se mostró muy pacífico. Y también obstinado. No se podía discutir con él. Sin embargo, su decisión nada tenía que ver con la política. Finalmente, conseguimos establecer este punto. Yo le pregunté con toda franqueza: «¿Te ha desilusionado la política, el partido, el primer ministro; te hemos desilusionado nosotros?». Dijo que no había nada de eso. Contestó: «No tiene nada que ver con el partido. Soy yo el que tiene que cambiar». Pareció sorprenderle la pregunta, casi como si le divirtiera, como si la juzgara irrelevante. Pues bien, para mí no era irrelevante. El general y yo hemos puesto toda nuestra vida al servicio del partido. El partido es importante para nosotros. No es como un juego, una búsqueda trivial que uno pueda tomar y dejar cuando se aburra. Merecíamos una explicación mejor y, desde luego, mucha más consideración de la que obtuvimos. Casi parecía molestarle el hecho de tener que hablar de ello. Parecía como si estuviéramos discutiendo los planes para la fiesta del verano.
Empezó a pasear a través de la estrecha habitación, con su indignación como una fuerza palpable. El general dijo suavemente:
– Mucho me temo que no le servimos de ayuda. De ninguna ayuda.
– Es que él no pedía ayuda, vamos a ver. Ni tampoco consejo. Para eso había recurrido a una instancia superior. Es una lástima que pusiera los pies en aquella iglesia. ¿Y por qué lo hizo? ¿Lo sabe usted?
Lanzó esta pregunta a Dalgliesh como si fuera una acusación. Dalgliesh respondió amablemente:
– Al parecer, interesado por la arquitectura eclesial victoriana.
– Pues fue una lástima que no le diera por pescar o por coleccionar sellos. En fin, ahora ya está muerto. De nada sirve indignarse ahora.
Dalgliesh inquirió:
– ¿Supongo que habrán visto ustedes ese artículo de la Paternoster Review?
Musgrave había logrado dominarse y contestó:
– Yo no leo ese tipo de revistas. Si me interesan reseñas de libros, las leo en los periódicos dominicales. -Su tono sugería que de vez en cuando se permitía tan extrañas indulgencias-. Sin embargo, alguien lo leyó y lo recortó, y al poco tiempo recorrió todo el electorado. En opinión del general, ese artículo podía ser objeto de querella.
El general Nollinge dijo:
– Pensé que podría serlo y le aconsejé que consultara a su abogado. Él contestó que lo pensaría.
– Hizo algo más -dijo Dalgliesh-. Me lo enseñó a mí.
– Le pidió que investigara, ¿verdad? -el tono de Musgrave era cortante.
– En realidad, no. No especificó nada.
– Exactamente. En las últimas semanas no especificó absolutamente nada -afirmó Musgrave, y añadió-: Desde luego, cuando nos dijo que había escrito al primer ministro y que solicitaba que se le admitiera su dimisión, recordamos ese artículo de la Review y ya nos preparamos para el escándalo. Nos equivocamos, desde luego. No ocurrió nada tan humano y comprensible. No obstante, hay una cosa extraña que creo debemos mencionar. Ahora, con él ya muerto, no puede causar ningún daño. Ocurrió aquella noche en que se ahogó aquella chica, Diana…
– Diana Travers -apuntó Dalgliesh.
– Eso es. Apareció aquí aquella noche… bien, digamos que era ya de madrugada. No llegó hasta bien pasada la medianoche, pero yo todavía estaba aquí, trabajando con unos cuantos papeles. Alguien o algo le había arañado la cara. Eran arañazos superficiales, pero lo bastante profundos para haber sangrado. Hacía poco que se le había formado la costra. Pudo haber sido un gato, creo yo, o tal vez se cayó entre unos rosales. Igualmente, las uñas pudieron haber sido de una mujer.
– ¿Le dio él alguna explicación?
– No. No lo mencionó y yo tampoco, ni entonces ni más tarde. Berowne tenía su habilidad para imposibilitar a cualquiera el formular preguntas no deseadas. No pudo haber tenido nada que ver con aquella chica, desde luego. Al parecer, él no cenó en el Black Swan aquella noche. Pero después, cuando leímos aquel artículo, me pareció que era una curiosa coincidencia.
«Y, desde luego, lo fue», pensó Dalgliesh. Preguntó -porque la pregunta era necesaria, no porque esperase ninguna información útil- si en el electorado alguien pudo haber sabido que Berowne se encontraría en la iglesia de Saint Matthew la noche de su muerte. Al observar la mirada aguda y suspicaz que le dirigió Musgrave y la mueca dolorosa del general, añadió:
– Debemos considerar la posibilidad de que se tratara de un asesinato planeado, de que el asesino supiera que él estaría allí. En el caso de que sir Paul lo dijera a alguien del distrito, tal vez por teléfono, puede darse la casualidad de que la conversación fuera escuchada o comentada inconscientemente.
Musgrave replicó:
– ¿No sugerirá usted que lo mató un elector agraviado? Desde luego, la cosa sería un tanto exagerada.
– Pero no imposible.
– Los electores agraviados escriben a la prensa local, dejan de pagar las cuotas y amenazan con votar a los socialdemócratas la próxima vez. En ningún sentido, puedo ver que en esto haya entrado la política. ¡Maldita sea, al fin y al cabo había dimitido y abandonado su escaño! Había abandonado el ruedo, estaba acabado, quemado, no podía representar un peligro para nadie. Después de esa insensatez en la iglesia, nadie más podía tomarlo ya en serio.
Intervino entonces la voz suave del generaclass="underline"
– Ni siquiera la familia sabía dónde se encontraba él aquella noche. Resultaría extraño que lo dijera a alguien de aquí, cuando no lo había dicho a los suyos.
– ¿Cómo lo sabe, general?
– La señora Hurrell llamó a Campden Hill Square poco después de las ocho y media, y habló con el ama de llaves, la señorita Matlock. Al menos, tengo entendido que fue un joven el que contestó al teléfono, pero que pasó la llamada a la señorita Matlock. Wilfred Hurrell era el agente aquí. Murió a las tres de la mañana siguiente, en el Saint Mary's Hospital, de Paddington; un cáncer, pobre hombre. Era un admirador de Berowne y la señora Hurrell llamó a Campden Hill Square, porque su marido preguntaba por él. Berowne le había dicho que llamase a cualquier hora. Él procuraría que siempre pudieran pasarle el aviso. Y eso es lo que a mí me parece tan extraño. Sabía que a Wilfred no le quedaba mucho de vida, y sin embargo no dejó ni un número de teléfono ni una dirección. Eso no era propio de él.
Musgrave dijo:
– Betty Hurrell me telefoneó después para saber si yo me encontraba en el distrito. No estaba en mi casa. Todavía no había regresado de Londres, pero ella habló con mi mujer, la cual no pudo hacer nada por ella, desde luego. Un mal asunto.