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Todos tenían información de primera clase que darle, pero el más dispuesto a hablar fue el coronel Parra, nombre de guerra con el que en los grupos clandestinos se designaba a un estudiante que había asombrado a sus torturadores por el procedimiento de evitarles el trabajo. Así cuando los policías iban a aplicarle cigarrillos encendidos en el tórax, el coronel les quitaba los cigarrillos, aspiraba una bocanada de humo y a continuación se quemaba a sí mismo. Cuando le obligaban a ponerse en cuclillas una hora, el coronel Parra permanecía dos y a veces tenían que devolverle a la verticalidad a patadas, porque el coronel ofendía el sentido de la iniciativa torturadora de los sicarios del franquismo. Pues bien, ahora Parra, después de haber servido eficazmente al equipo olímpico informatizando todos los servicios culturales en sus relaciones con las televisiones extranjeras, le demostró su desencanto a la orilla del teléfono.

– Estoy desesperado, Carvalho. El movimiento olímpico persiguió objetivos eminentemente culturales, pero sobre ellos pesa la maldición de la lucha por el control del mundo. ¿Sabías que Júpiter y Saturno lucharon en Olimpia por la hegemonía universal? ¿Sabías que el primer olimpiónico, es decir, el nombre correcto del vencedor de los juegos, pudo serlo Apolo que le ganó una carrera a Mercurio? Falsamente premonitorio. Hipocresía referencial, desdicha suma. Apolo, dios de la Belleza, tan bello que equivalía al sol, vence a Mercurio, dios del Comercio. Pero a la larga ¿de quién ha sido la victoria? ¡Del mercachifle olimpiónico! Esta gente no cree en la cultura.

¿A qué gente se refería?

– Se ha llegado a tiempo de inaugurar todo lo que hace posible unos Juegos Olímpicos deportivamente hablando, pero ni una, ni una sola de las instalaciones culturales previstas: ni el auditorio, ni el Museo de Arte Moderno, ni el Calcetín Gigante de Tápies… nada. Aparte de los fastos inaugurales y epilogales, la única manifestación cultural es que los cantantes españoles interpretan a Verdi y Donizetti en italiano. Pero no me atrevo a hablar por teléfono. ¿Cenamos en Casa Leopoldo?

Casa Leopoldo era el restaurante mítico del Barrio Chino al que Carvalho acudía en momentos de nostalgia del país de su infancia, cuando era un miserable pequeño príncipe del País de Posguerra. Allí se producían encuentros con Parra. El barrio había sido pasteurizado. La piqueta había empezado a derribar manzanas enteras y las putas perdidas sin collar se habían quedado sin fachadas en las que apoyar el culo en las largas esperas de clientes disminuidos económicos y psicológicos. Las putas más viejas fueron incitadas a reconvertirse por el procedimiento de matricularse en la Universidad Pompeu Fabra o irse de vacaciones, y los bares más cutres, una de dos, o clausurados o reconvertidos en boutiques de filosofía de la cadena II pensiero devole (El pensamiento débil), dado que buena parte de las instalaciones de la nueva Universidad se ubicarían en lo que habían sido ingles de la ciudad. Convenía que el mirón olímpico no se llevara de Barcelona la imagen del sexo con varices y desodorantes insuficientes. Era como recorrer un barrio condenado a la piqueta y al no ser, y desde esta melancolía no le costó demasiado a Carvalho penetrar en la zozobra cuando descubrió que Parra no le esperaba en Casa Leopoldo. Si alguien recela de hablar contigo por teléfono y luego no acude a la cita, no hay duda y, sobre todo desde que existen el cine y la literatura de misterio, lo más probable es que ese alguien haya sido asesinado. Así era. A Parra lo encontró Carvalho en el callejón que unía la calle del Hospital con la de San Rafael, dentro de un container. La muerte le había borrado las facciones olímpicas y volvía a ser aquel muchacho dispuesto a perder la vida para ganar la historia.

Aunque sus ojos permanecían secos, unas cuantas lágrimas cayeron en el territorio secreto de la memoria de Carvalho. Parra estaba allí, como un muñeco descoyuntado, asomado dificultosamente entre los más variados objetos retenidos por el container. Pero cuando Carvalho iba a entristecerse de veras, a recordar, a mejorar los rasgos del presunto cadáver, Parra abrió uno de sus ojos muertos y lo guiñó. Sus labios se movieron para musitar:

– No te des por enterado de que estoy vivo. Me he hecho el muerto para impedir que me mataran. Te espero en el Rompeolas a las siete de la tarde.

– ¿Qué puedo hacer por ti, ahora?

– Entristecerte, mirar a derecha e izquierda como si buscaras ayuda y luego correr hacia la primera cabina telefónica, como si estuvieras llamando a la policía.

Así lo hizo, porque la voz de Parra volvía a ser la de los viejos tiempos, pero no podía quedar mano sobre mano durante un día entero a la espera del encuentro con el antiguo guerrillero imaginario y de todos los caminos que le devolvían al núcleo del enigma, la culturista serbia le parecía el más adecuado. ¿Dónde encontrarla? Recorrió varios establecimientos especializados en ventas de alimentos para culturistas y finalmente dio con ella cuando estaba engullendo el quinto pote de proteínas puras reactivadas, enriquecidas, subrayadas, reiteradas y biodegradables. Precipitaba el contenido del tarro abierto hacia los abismos de su cuerpo, sin duda dotado de tanta musculatura exterior como interior, y Carvalho se la imaginó de pronto como un cuerpo reversible. Cuando ella advirtió la presencia de Carvalho gruñó e instintivamente protegió con sus brazos los tarros que aún no había consumido.

– ¿Por qué me buscas? Eres como una mariposa de luz que no sabe graduar la distancia con el calor de las bombillas. Que no sabe mantener la distancia con la muerte.

– Como ejemplo me parece manido y como metáfora un tópico devaluado. ¿Dónde están los desaparecidos olímpicos? ¿Qué o quién los retiene?

– Cosas peores van a ocurrir. Estos Juegos Olímpicos son una trampa. Aléjate de ellos antes de que puedan destruirte.

De pronto se produjo una extraña descomposición nuclear del aire y las campanas de las iglesias de la ciudad sonaron, mientras el cielo adoptaba, a pesar de su nocturnidad, luminosidades de arco iris.

– ¿Qué ha pasado?

El dueño de la tienda de productos dietéticos teologales estaba pendiente de la pantalla de un pequeño televisor situado junto a la caja registradora y contempló a Carvalho como a un intruso en su éxtasis, porque era éxtasis, es decir, una síntesis de diferentes éxtasis lo que emanaba de su rostro cuando respondió:

– ¡España ha conseguido la primera medalla de oro!

En el televisor un ciclista en estado diríase que de precolapso salía de un traje-funda que se le ceñía al cuerpo como una segunda piel malvada y se dejaba abrazar, zarandear, aunque sus ojos seguían alelados, como si aún estuvieran buscando algo tan intangible como batir el récord del kilómetro. Poco a poco volvió de su túnel mental de colapso y récord y sonrió como lo que era: un muchacho andaluz. Cuando Carvalho examinó el rostro de la serbia para percibir sus emociones, vio sólo desprecio y un orgullo mortificado.