Se lanzó al agua, desapareció bajo las olas todo el tiempo que le permitieron sus prodigiosas reservas pulmonares y reapareció cien metros más allá, braceando poderosamente en dirección a las luces que se concretaban en el periscopio de un evidente submarino.
– ¿De qué nacionalidad es ese submarino?
– De momento es uno de los cientos de submarinos errantes que se negaron al desguace de la perestroika.
– Es decir, el Nautilus mandado por el capitán Nemo.
Mas no tuvo tiempo Carvalho para la melancolía ni para la ironía. Sonó un silbato y la escollera se llenó con toda clase de policías, de los que Carvalho ya tenía censados y nuevos cuerpos y uniformes sin duda creados en las últimas horas para hacer frente a nuevas amenazas especializadas. Corcuera trataba de ir al mando de la operación, pero no era habilidad del ministro saltar de roca en roca y tenía que ser asistido en la operación por varios colaboradores especialmente entrenados para llevar al ministro en volandas en situación de aplicación directa de la ley Corcuera. Era un ministro en plena tormenta el que fue depositado junto a Carvalho y Vera.
– Por lo que veo le ha sido fácil encontrarla. ¿Quién es ese que va nadando hacia alta mar? ¡Le advierto, Carvalho, que si me oculta información seré implacable! De momento detengan a esta serbia, que serbia tenía que ser. He consultado mi edición del Larousse Illustré y buenos les pone a los serbios. Siempre han sido unos incordiantes tocacojones.
Pero Vera no le dio tiempo a que la insistencia de la orden fuera registrada por el cerebro excesivamente subdividido de los tres mil policías de toda clase de colores y tamaños que llevaban escollera. Dio un salto mortal con patada a la luna hacia atrás y se zambulló en las aguas. Un grito del ministro paralizó la tendencia al disparo exhibida por las miles de pistolas que brotaron en las manos de la policía como flores del mal.
– ¡No disparen, que podrían darle! A represivo no me gana ni Dios, pero no soy un fusilador. ¡Pésquenla con un helicóptero!
Corcuera estaba tan desmoralizado que necesitaba compañía. Aunque fuera la de Carvalho.
– A usted le gusta el chateo y a mí también, ¿por qué no podemos ser amigos?
Aspiró aire de mar anochecido y espiró amargura.
– Juan Antonio Samaranch, el presidente del COI, ha desaparecido.
– Que un ministro de la Gobernación se eche a llorar a la hora del crepúsculo, en presencia de toda clase de policías, con los vestuarios más diversos diseñados por Mariscal, Armani, Rabanne, Cardin, Adolfo Domínguez, Sara Ferguson y la señora Rippa de Meana, ¿no es una prueba de que España ha llegado a la modernidad?
Proclamaba arrobado el sociólogo pelota. El ministro lloraba con la cabeza apoyada en el hombro de Carvalho.
– Esto no se me hace a mí. ¡Secuestrarme al presidente del COI! Me lo hacen porque soy de origen humilde, porque he sido un electricista y no he estudiado en Oxford, ni en Deusto, ni me han aceptado en el Collegi d'Humanitats de Barcelona, ni soy normalien. Y luego dirán que la lucha de clases no existe. Hay que impedirla a toda costa y sobre todo desde mi cargo, pero existir, ¡vaya si existe…!
¿Qué estaba pasando en el contexto olímpico? ¿Se desmoronaba una alternativa de armonía idealista, hasta el punto de que los funcionarios bien pagados volvían a la guerrilla imaginaria y un ministro de la Gobernación creía en la existencia objetiva de la lucha de clases? Terminada la alianza entre los príncipes, los arquitectos, los traficantes y los sponsors, la fragilidad del espectáculo deportivo era excesiva. ¿Qué sentido tenía que aquellas niñas-ranas batieran récords de natación contra otras niñas-ranas? ¿Y las niñas gimnastas? Una racita feminoide cuyo único objetivo, hicieran el movimiento que hicieran, era caer con los pies juntos y sin perder el equilibrio. Y en cuanto a los deportes de equipo, el fútbol olímpico es subfútbol y el baloncesto lo sería de no haber concesiones hasta el extremo de aceptar a los malabaristas de la NBA, dirigidos por un follador afectado por el sida y más parecidos al Harlem Globbe-trotters que a un equipo de baloncesto humano. ¿Tenis olímpico? Aquellos cazadores de pelotas de oro, reconcentrados y reconsagrados como pistoleros y más trotamundos que los artistas de circo, ¿olímpicos? ¿Qué dignidad puede alcanzar un jugador como Agassi que vaya donde vaya reserva mesa en los restaurantes dedicados al pollo frito de Kentucky, porque no le cabe otro Chez Maxim's en la cabeza? El mal humor de Carvalho no sólo era fruto de la situación en general, sino, y muy especialmente, de tener que soportar el cabezón del ministro Corcuera sobre su hombro. Ya no lloraba, pero le estaba contando su vida.
– ¿Sabes a qué edad aprendí a hacer instalaciones eléctricas?
– Ni idea.
– No levantaba dos palmos del suelo.
Pero a juzgar por la estatura que marcaba con uno de sus brazos era evidente que mentía. No pudo continuar autocompadeciéndose porque por la escollera llegaba al trote el caballo preferido de la princesa Ana, con su amazona sobre los lomos. Melena rubia, de teñido algo recompuesto, al viento, la fusta en ristre, la princesa avanzaba seguida de sus caballeros guardaespaldas disfrazados según el supuesto vestuario de los componentes de la Mesa Redonda del rey Arturo. Desde el caballo, la princesa increpó a Corcuera.
– Ministro, ¿así cumples tus obligaciones?
– Majestad… Majestad…
Empezó a balbucir Corcuera hasta que de pronto recordó que el ministro era él, que aquella señora no era ni reina y que, además, Inglaterra, la pérfida Albión como la llamaban los franquistas, persistía en el empeño de no devolver Gibraltar a España. Así que, despegándose del humedecido hombro de Carvalho, Corcuera increpó a la princesa.
– ¿Pero quién te has creído tú que eres? ¡Estás rodeada de pendones por todas partes! Tu tía se da a la priba, tus cuñadas van como puta por rastrojo y tu hermano un día se va a revelar como el nuevo Jack el Destripador. Tu padre es un ecologista ful y plasta y tu madre una tacaña… A la princesa Ana de Kent le sientan fatal los sombreros y es más cursi que un guante… ¡Que yo me leo el Hola todas las semanas!
Agradó a la princesa aquella gallardía tan española, tan de torero despechado y trágico, y palmeando el trasero de su alazán, propuso a Corcuera.
– ¡Sube a la grupa de mi caballo alazán, moreno!
Carvalho cerró los ojos para recuperar el sentido de la realidad que quedaba más allá de sus ojos cerrados. ¿Cómo era posible todo lo que estaba viendo y oyendo? ¿A qué programa respondía? Y si no respondía a un programa, ¿a qué respondía? Cuando recuperó la mirada, era el ministro Corcuera quien llevaba las riendas del caballo, la princesa, sentada tras él, ceñía el cuerpo del ministro con sus brazos blancos algo aflautados y un caballero de la Mesa Redonda puso un sombrero cordobés sobre la cabeza del responsable de la Gobernación de España. Corcuera enarcó una ceja, dedicó a Carvalho una evidente mirada de superioridad y partió al trote seguido en primera instancia por los caballeros de la Mesa Redonda y a continuación por todo el muestrario de policías recodificados según la posmodernidad, coreantes de la canción que proclamaban a pulmón libre la princesa y el ministro:
Cogidos a contrapié, los cámaras de televisión trataban de ganar sus vehículos para seguir la comitiva mientras la sociedad civil que paseaba por el Rompeolas, con el excesivamente ambicioso proyecto de tomar el fresco, enterada de la desaparición de Samaranch, reclamaba su devolución con los ojos llorosos y el grito estridente.