Al oscurecer, como Kizu no sabía la hora en que volvería Ikúo, empezó a preparar un estofado. Siguiendo la costumbre americana, había comprado a la vez varias porciones de carne de vacuno de diversas partes, y lo que no cocinaba de inmediato lo congelaba. Para aprovechar los restos de otros días y aderezarlos, cortó apios, zanahorias, cebollas, y demás verduras que se habían ido acumulando en la parte baja del frigorífico. Y se dedicó a cocinar y darle el punto al estofado. Una vez listos los preparativos, probó el caldo, que había empezado a hervir: sabía casi a su gusto, a falta de un pellizco de sal que no estaría de más echarle. Aun en ese trance, le quedaba flotando interiormente un regusto de su conversación con aquella chica. Kizu agarró el salero de plástico para ir a golpearlo contra la tabla de cortar, y así liberar la sal que había quedado apelmazada en un rincón del bote. Pero como en realidad no era de plástico, sino de cristal, se le rompió de tan mala manera que uno de sus trozos le hizo un profundo corte en la muñeca de la mano derecha.
No se acordaba en ese momento de ningún médico, excepto el oncólo-go que aquella gran personalidad de un famoso Instituto de Investigación le había recomendado. Así que, en medio de su presente confusión, dio un telefonazo al administrador de su bloque. Y por ahí fue recomendado a un centro médico del barrio de Roppongi, que mantenía un concierto de asistencia con la universidad de Kizu. De modo que tomó un taxi, urgiéndole al conductor para que se apresurase. Después de su operación de cáncer de colon, era la primera vez que volverían a coserle la piel. El médico de guardia le salió con un comentario un poco burdo, tratando de hacerse el gracioso: -De haber sido en su muñeca izquierda, difícilmente se habría librado de contestar a alguna pregunta enojosa.
Kizu volvió a su apartamento, adonde aún no había regresado Ikúo, y ante el incipiente dolor de su muñeca se sintió un poco desconcertado -pues también presentía un dolor grande y muy profundo, que le había de venir de lo más íntimo de sus entrañas- y se aplicó a poner orden en la cocina, que había abandonado en plena faena. Sobre la chapa del fregadero aún quedaban gruesos goterones de sangre oscurecida mezclados con agua.
Kizu no lograba apartar de su mente la conciencia de su cáncer, que allí se había asentado; lo cual le llevó a pensar en lo frágil que era su cuerpo, aun estando vivo. Si bien, al considerar la perennidad del alma, capaz de enlazar a través de su existencia el pasado de la humanidad con el presente, y de ahí con el futuro, la fragilidad del cuerpo no representaba mayor obstáculo. Eso más bien era una señal que apuntaba a la capacidad de la existencia humana para trascender su condición individual. Era la perennidad del alma, que puede conectarnos con un pasado aún anterior al Neolítico, y con esa futura Edad de la Electrónica, que tal vez sea un purgatorio, hacia donde la humanidad se encamina y crece. ¿No habría ahora mismo en el interior de Kizu una fe en esa alma humana? Lo que podía encontrarse en él como más próximo a la fe era la idea que arraigaba en esas mismas sensaciones suyas; así tenía que reconocerlo en su corazón desamparado, incapaz de reaccionar con energía.
A fin de cuentas, acabó por desistir del estofado, y se contentó con una sopa de tomate Campbell enlatada, que puso a calentar; y cogiendo unas grandes galletas saladas que guardaba en una bolsa de papel, se lo llevó todo a la sala de estar. Allí, sobre la estrecha mesa estaba el libro ilustrado de poemas de Thomas que le había enseñado a Bailarina, y también libros de investigación, tal como los había dejado. Kizu se decidió a tomar en sus manos el libro que comparaba a Thomas con Kierkegaard, y que también le había mostrado a Bailarina; de él eligió el artículo en que cierta investigadora comentaba la antología ilustrada con láminas en color, y lo fue leyendo un poco al azar.
La autora, en un tono académico, insistía mucho en que la palabra "ingrowing" era un término clave para Thomas. Significa un "crecimiento hacia dentro", como cuando una uña crece hacia la carne y se incrusta en ella. Thomas es bien consciente de que si se piensa por mucho tiempo sobre algo, hay peligro de caer en un modo de pensar encerrado en sí mismo. Como dice el poeta Yeats:
"Las ideas pensadas por mucho tiempo dejan de ser ideas. Como a la belleza sucede la muerte de la belleza; y al valor de algo sobreviene la muerte de ese valor".
Y, desde luego, puede ocurrir así.
De ese modo, Thomas, al ponerse a escribir poemas adecuados a aquellas pinturas, trata de renovarse vitalmente para no caer en ese encerramiento sin salida de uno mismo como poeta. Tras decir esto, la autora entraba en su tema predilecto, a saber: un análisis de cierto poema de Thomas en que éste escribe sobre el cuadro de Rene Magritte que representa una bota cuya puntera se torna en un pie humano.
A partir de ahí, Kizu volvía a su modo de pensamiento encerrado en sí mismo, a sus ideas alimentadas con esa tendencia -propia a veces de las uñas- de crecer hacia dentro. Y aunque se encontraba en la cocina, seguía dándoles vueltas a esos pensamientos: sobre Tokio se había desencadenado una gran catástrofe, dejando por todos lados cadáveres de los que era imposible ocuparse, y que quedaban sólo para rendir un favor a los cuervos -ya que por esa zona no hay perros salvajes-…; y los restos de dichos cadáveres se pudrían, o tal vez se resecaban. Uno de esos muertos era él mismo. En medio de estos pensamientos, ¿cómo podría creer en la perennidad del alma?
– Por el contrario, ¿no es eso más bien un signo? -llegó Kizu a pensar en voz alta, como para asegurarse de que tales ideas iban "ingrowing" -creciendo hacia dentro-, en su persona.
Ese día había comenzado con la visita de Bailarina y, en general para Kizu, había sido una jornada muy pródiga en acontecimientos. Por otro lado, para el nuevo movimiento de Patrón también había sido un día importante. Cuando Bailarina se pasó por el apartamento de Kizu, ya venía de vuelta del hospital. Y luego, antes de llegar ella a la oficina, ya allí recibían la noticia de que Guiador había recobrado el conocimiento. Ante todo, Ogi llevó a Patrón en coche al hospital, y siguiéndole el rumbo iba Ikúo al volante del microbús, con Bailarina a bordo. Así, esta vez les fue posible ver a Guiador. Cuando se hizo de noche, Patrón manifestó deseos de hablar con Kizu, por lo que Ikúo lo llamó por teléfono unas cuantas veces, pero sin conseguir respuesta. Y era que Kizu había salido para que le curaran la herida de su muñeca. Cuando a medianoche Ikúo regresó al apartamento, Kizu estaba todavía levantado; de modo que los dos se pusieron en camino de nuevo hacia la oficina.
Tanto Kizu como Ikúo carecían de un conocimiento directo sobre todo lo relativo a Guiador, y por eso hablaron poco durante el trayecto. Cuando llegaron a Seijoo, se enteraron de que Ogi se había quedado para toda la noche, como quien monta guardia, en la sala de espera de la planta del hospital donde se encontraba Guiador, por si hubiera algún cambio en la condición de éste. Kizu fue conducido por Bailarina al estudio-dormito-rio de Patrón. Este último estaba sentado en la butaca baja, al lado de su cama, un tanto encogido allí, y con la cabeza caída sobre el pecho. Pero así que se sentó Kizu frente a él, Patrón alzó súbitamente la cabeza y empezó a verter un enérgico chorro de palabras.
– Guiador se ha recuperado, profesor. Aún no se sabe qué programa de rehabilitación le espera, pero yo ya estoy convencido de que se encuentra fuera de peligro. Cuando entré en la habitación, él estaba dormido, pero pronto abrió los ojos y me miró. No dijo nada, pero eso es natural, dado que había recuperado la conciencia un par de horas antes. Y aun así, yo vi en sus ojos justamente lo que te había oído explicar de "Quietly emerge" -viene quedamente a presentarse-.