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"Mi hermano se pasa el día echado sobre el suelo de madera de nuestro apartamento -que pertenece a una institución pública-, y escribe su música en papel pautado con el pentagrama. Cuando se equivoca escribiendo, borra con una goma y escribe de nuevo la nota correcta en el sitio exacto. Es como si él tuviera la música asentada en su mente desde el principio, y la fuera transcribiendo al pentagrama.

"Él es incapaz de explicar con palabras qué tipo de música se propone componer, y en realidad no parece que en el proceso de composición esté pensando con palabras. Aquello que decía el compositor en el libro, de "realizar una verificación en términos de lenguaje", le resulta imposible.

"Yo no puedo dejar de pensar en el mundo limitado de la música de mi hermano, y como lo considero un callejón sin salida, me siento descorazonada y lo veo todo negro. Encontrándome así, con la moral por los suelos, aquella señora amiga del Instituto de Sanidad, madre de un discapacitado, tuvo la amabilidad de invitarme y acompañarme a una reunión donde aquel señor iba a predicar.

"Aunque todo eso ocurrió hace bastante tiempo, no se me borra de la memoria. La predicación de ese señor parecía reconocerme personalmente en medio de mi sufrimiento, y en tal circunstancia me tendía una mano amiga.

"Aquel sermón tomaba como base un texto de un filósofo del siglo XVII, y yo tomé nota de él en esta libreta. Comprende dos párrafos independientes:

"Dios se ha revelado a sí mismo directamente en Cristo, o bien en el espíritu de Cristo, pero sin adecuarse a las imágenes y palabras que de Él habían presentado los profetas.

"Las cosas sólo se pueden entender correctamente cuando se capta su espíritu mismo con pureza, lejos de las palabras e imágenes que las representan. Así es como Cristo entendió la revelación, en toda su verdad e integridad" "A medida que él iba leyendo estos textos, y explicándolos uno por uno después de leerlos, yo iba escuchando sus palabras; hasta que finalmente no me pude quedar callada, y le hice una pregunta. La reunión se estaba celebrando en un pequeño local privado, que a causa de la apremiante alza de precios del terreno se tenía que desocupar y transferir la semana siguiente mismo, según se decía. Desde la puerta y hacia la penumbra del interior se habían colocado quince o dieciséis personas, y nosotras nos sentamos detrás de ellas. Yo alcé la mano, irguiéndome ligeramente y, levantando la voz como si fuera un gemido, le dirigí mi pregunta:

"-Aunque usted nos ha hablado de Cristo, yo no conozco nada de esa persona tan especial. ¿Sería abusivo aplicar lo que nos ha dicho de él a alguna otra persona que sea desgraciada? Pienso en alguien que ni siquiera sea consciente de su desgracia, pero que tenga un corazón puro. ¿Estaría fuera de lugar pensar que Dios pueda revelarse, no mediante palabras, sino mediante la música, directamente?

"Acto seguido aquel señor se abrió paso caminando vacilantemente y con cierto peligro por entre las personas sentadas delante de nosotras, y sujetándome una mano me susurró:

"-Así es, desde luego.

"Yo era aún una jovencita, pero dentro de mi corazón convertí mi sentimiento en palabras. Mi cuerpo y mi mente empezaban a inundarse de luz…

Como queriendo dar tregua a esta oleada de emociones, la señorita Tachibana guardó silencio por un rato mientras contemplaba los negros troncos de los cerezos, alineados ante su vista. Ogi a su vez se quedó mirando a las ramas de muérdago, de un rojo más denso aún que el espeso follaje otoñal de los cerezos. Ante la oscuridad del crepúsculo, aquel rojo se iba tornando en negro. "Por lo visto, también a una persona como esta honrada mujer, tan trabajadora y sencilla, que serenamente vive para su trabajo y organiza en libertad su vida…, también a ella Patrón le ha transmitido ánimos -pensó Ogi-. Y todo eso pervive hoy, a los diez años del Salto Mortal…"

– Yo, por mi parte -continuó ella-, si ese señor nos visita en el Comité Mossbruger, haré algo que vengo pensando desde hace tiempo: echándole valor al asunto, voy a llevar a mi hermano para probar y ver qué ocurre. Pues creo que ese señor puede quizás traer la revelación de Dios sobre mi hermano directamente, sin apoyarse en palabras ni imágenes. Anteriormente, cuando mi hermano oía música, podía verse en él una luz que inundaba su cuerpo y su espíritu. Era un tiempo en que aún vivían nuestros padres. Últimamente, sin embargo, parece mismamente un viejo, siempre con la cabeza gacha, el pobrecito. Me gustaría que tuviera un encuentro con aquel señor para poder ver otra vez en él esa brillante luz. De ser así, ¿no equivaldría eso a una revelación de Dios? Mi idea es un poco extravagante, pero creo que no puedo callármela ante usted, que tanto interés se está tomando por nosotros. Lo he retenido mucho tiempo con mi conversación, discúlpeme. De todos modos, le agradezco mucho que me haya escuchado.

– Soy yo quien le estoy agradecido. Qué estupendo, si Patrón mantiene ese poder aun después del Salto Mortal. Sea como sea, una vez que los planes de él se concreten, le llegarán unas letras de saludo.

La señorita Tachibana asintió y se levantó. A continuación saludó una vez más como despedida a Ogi, y se echó a andar sola por el camino, que se había convertido en una escalera de piedra, hacia la estación de Yotsuya. Para la señorita Tachibana, que trabajaba por allí, en la biblioteca universitaria, este paseo sería el que ella frecuentaba en su descanso de mediodía; sin duda recorrería este lugar con sus expresión seria y tristona. Lo que ahora atraía más la atención hacia ella, no era tanto su aspecto externo ni sus modales, sino más bien la firmeza de su modo de andar. Ella se alejaba caminando, provocando un estrépito de pisadas sobre las piedras.

Para evitar dar la errónea impresión de que la iba siguiendo, Ogi se encaminó en dirección contraria, con lo que le resultó inevitable echar a andar por entre la oscura arboleda de cerezos. Pero a medida que avanzaba marchando por allí, las tinieblas se iban espesando entre los árboles; y para alcanzar la calzada iluminada por las farolas no le quedaba otra alternativa que apartarse del paseo de la arboleda y enfilar hacia la vertiente del talud, poblada de hierba: un camino nada fácil, seguramente. No bien dejaba el sendero de los árboles para dar un paso hacia abajo, acusó un golpe lateral en los ojos y en la nariz, propinado por una gruesa rama.

Se llevó las manos a la cara, mientras caía de nalgas sobre hierba reseca. Murmurando, dejó escapar una queja, no precisamente dirigida a aquel elemento que le había hecho daño, sino a algo que hubiera aún más allá:

– ¿Por qué será que en este mundo hay tantos desgraciados? Estando como estamos, por más que venga un tío como Patrón en socorro de la humanidad, la cosa no tiene arreglo. ¿En qué diablos se ha convertido la vida humana sobre este planeta?

Cuando Bailarina pidió a Ogi que le diera cuenta del progreso realizado en contactar con las personas que integraban la lista, él le presentó todos los datos en una relación ordenada; pero el tema de la señorita Tachibana lo dejó aparte, para tratarlo directamente con Patrón:

– Es algo que al parecer tuvo lugar hace más de diez años. En una pequeña reunión, le hizo una pregunta una joven que tenía un hermano menor mentalmente discapacitado, y éste componía música… ¿Recuerda usted lo que le respondió? Ella no era miembro de su iglesia, por lo que me ha dicho. Cuando le escuchó su sermón, ella tendría unos veinte años, y cuenta que en esa circunstancia su cuerpo y su mente se llenaron de luz.

Oyendo esto Patrón, su cara -que parecía velada por una sutil membrana oleosa de tristeza- se mostró conmovida en su expresión, pues incluso acusó el enrojecimiento propio de la sangre.