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"Yo, a pesar de todo, para volver al lado "de acá" tengo que despegarme de allí, pasando por mucho dolor. Aunque si me mantuviera en silencio después de volver, tal vez no habría lugar a distorsión alguna. Sin embargo, si me estoy así callado, eso equivaldría a no tener la experiencia que he tenido. Guiador es quien me ha hecho ver que no puedo hacer eso, al tiempo que me ha aconsejado poner lo experimentado en palabras, y me ha ayudado a ello.

"Cuando oigo a Guiador contándome mis palabras, ya mejoradas por él, noto con frecuencia que él ha captado una profundidad en ellas de la que yo no era consciente. No puede caber duda de que él es un verdadero guiador, en el sentido de que me aclara ese mundo misterioso. Con todo, yo a veces no me siento cómodo ante eso. Cuando dije que me quedaba "atónito", me refería a esto mismo.

Más exacto que decir que hasta ahí llegó la conversación, sería decir que se produjo un compás de espera. Por la ventanilla del microbús, Ogi percibió un movimiento allá fuera. Descubrió que era Bailarina que salía al porche, y mediante un salto y una pirueta, comunicaba la señal de que la calefacción de la casa funcionaba aceptablemente.

Aparte de que también había allí una chimenea de leña, el calentador de propano de la sala de estar llevaba incorporado un sistema nuevo, con termostato y control de escape de gases. Los tres jóvenes desayunaron allí a base de huevos con beicon, jamón y una ensalada. Bailarina no se quedaba atrás de los otros dos, dando cuenta de una porción muy bien servida. Patrón, como persona mayor en período de convalecencia, tomaba cierto alimento líquido que Bailarina le había traído de Tokio en un termo. Liberados como allí estaban de la rutina diaria de la oficina, Ogi comprobaba sorprendido qué simple cosa era colmar los deseos temporales de Patrón. Lo mismo, sin duda, podría decirse de Guiador.

Terminado el desayuno, salieron todos a dar un paseo. Antes de salir de la casa, Bailarina preparó a Patrón para un frío invernal, haciéndole llevar un abrigo sobre el jersey y una ancha bufanda que le llegaba a las rodillas. En contraste con lo esperable del altiplano, el cielo se veía muy bajo, cargado de nubes grises como presagio de la primera nevada. Ogi tomó del brazo a Patrón para servirle de apoyo en su marcha, pero éste rehusó, di-ciéndole que quería meditar él solo un rato. Y con un gesto de despego les tomó la delantera a buen ritmo.

Los tres jóvenes entonces caminaron a continuación de Patrón, respetando cierta distancia. Ogi marchaba por delante de Ikúo y Bailarina, que iban juntos. Del microbús habían descargado una silla de ruedas plegable, e Ikúo la llevaba aún plegada, empujándol^. Bailarina, que le había ayudado a bajarla, ahora avanzaba a su lado hombro con hombro para hacerle también más fácil la marcha. La silla de ruedas se había comprado con ocasión de que Guiador cayera fulminado al suelo; pues Bailarina entonces, previendo que su recuperación no iba a ser rápida, aconsejó que tramitaran la compra. No obstante, Guiador, al ser dado de alta, no la había necesitado, por lo que la tenían guardada en el anexo, y ese día la habían cargado en el microbús. Ahora bien, en el caso de Patrón, aunque éste bajara la suave ladera con sobrada vitalidad, en el camino de vuelta le esperaba la misma pendiente de subida. Y, tratándose de la salud de Patrón, todas las atenciones del mundo le parecían pocas a Bailarina.

– Al principio yo sentía a Guiador como más cercano que a Patrón; con todo y con eso, él es alguien que de un modo o de otro esconde rincones extraños de su personalidad -decía Bailarina a Ikúo, con la voz lo suficientemente alta para que la oyera Ogi, que caminaba unos pasos delante de ellos-. Yo no sé lo que pasó hace más de diez años. Desde que vivo en compañía de ellos, vengo observándolos de cerca, tanto a Patrón como a Guiador. Este último siempre anda detrás de aquél para estimularlo a la acción; pero en cuanto parece que sus palabras o su actitud empiezan a influir en el juicio, la conducta y demás de Patrón, Guiador enseguida se intimida. Esas dudas de Guiador las veo muy extrañas.

"Con esto, yo estoy suponiendo algo, aunque creo que sin fundamento. Yo no llegaré a decir que Guiador indujera a Patrón a dar el Salto Mortal, pero sí creo que influyó en su facultad de decisión, y de ahí vino lo que vino. A propósito de la próxima conversación que vas tú a tener, Ikúo, con Patrón, ¿no es cierto que te gustaría hablarle por ti mismo, y que preferirías que ni el profesor Kizu ni Guiador se metan por medio? En el caso del profesor, y debido a su estado de salud, este viaje en microbús le resultaría excesivo. Pero en el caso de Guiador, dado que Patrón y tú ibais a mantener una importante charla, ¿no pensaría él acaso que mejor sería dejaros el campo libre? Ésta habrá sido la razón de que -aun siendo él quien hizo aquella larga llamada de teléfono, y quien te aconsejara hablar con Patrón- en último término no haya venido.

– Verdaderamente es Guiador quien me ha animado a que le exponga a Patrón los principales temas que me preocupan -dijo Ikúo, que hasta el momento se había mantenido en silencio, escuchando.

Ogi se volvió al advertir algo tras de sí, para ver cómo Bailarina se orientaba hacia Ikúo torciendo un poco el cuerpo, ya que éste le sacaba una cabeza. Con voz aguda, ella le dijo:

– Los temas que te preocupan son por supuesto cosa tuya, Ikúo; pero cualquier palabra que le escuches a Patrón como respuesta a tus preguntas, es también para todos. Pues no es que Patrón te vaya a hacer sugerencias individuales, sino más bien observaciones encaminadas a mostrarnos la manera de avanzar de aquí en adelante. No te olvides de eso, ¿eh?

Dicho esto, Bailarina dio a entender con su ademán que no había nada más que decir, y acto seguido aceleró el paso, acortando así la distancia que la separaba de Patrón. Acuciados por tal gesto, Ogi e Ikúo apresuraron su marcha. Para ellos dos, así como para Bailarina, con su continuado entrenamiento en danza moderna, era asunto fácil dar alcance a Patrón. Éste se había detenido en un tramo del camino donde un montón de tierra apilada desde su margen marcaba el límite de la genuina zona residencial antigua; a partir de ahí, pasando un ancho camino pavimentado, se daba con una pendiente en descenso, y sobre un terreno aún más bajo se veía la nueva zona residencial, que Patrón ahora estaba contemplando.

Al frente se divisaba el vasto y hondo panorama de montañas con sus nevadas cimas sucediéndose; del lado de acá se alzaba aquel bosque de variados árboles que por la mañana temprano había ofrecido una vista desolada, pero que a esa luz tenue del sol presentaba una sosegada y pálida tonalidad entre amarilla y rojiza. Daba incluso la impresión de que tanto las personas como los árboles hubieran culminado su fase preparatoria ante la llegada de las inminentes nevadas, cuando la nieve al acumularse unificaría aquel frente lejano de montañas para convertirlo en una franja continuada de blancura.

En éstas, los tres jóvenes dieron alcance a Patrón. Bailarina le dirigió una voz que lo hizo volverse con amabilidad hacia ella, alterando así las huellas que sobre la tierra habían hecho sus magníficas botas de cuero. Bailarina, toda solícita, lo ayudó a sentarse en la silla de ruedas. A su espalda tenían el viejo camino en bajada, encontrándose ya ellos al cabo del mismo. Vertiente arriba subía el viento soplando, trayéndoles un frío que hacía presagiar la masa de aire gélido a punto de llegarles desde las nevadas montañas. Ese lugar que pisaban parecía ser el adecuado, dada la estación, para poner fin al paseo; de modo que entendieron que les había llegado el momento de regresar, empujando la silla de ruedas, con Patrón sentado, pendiente arriba. Bailarina, siempre tan solícita que no escatimaba esfuerzos por atender a Patrón, era la mejor compañía que éste podía desear.

A las seis ya había oscurecido del todo. Aunque Patrón había dormido durante horas del día y había cenado en la cama, Bailarina lo instó a que siguiera acostado por el momento. La charla que mantendrían todos quedaba, pues, para después de las siete. Los jóvenes encendieron la chimenea y dispusieron ante ella una butaca para Patrón, en tanto que, para sentarse ellos a escucharle, extendieron sobre el suelo una estera con una manta eléctrica debajo. Les pareció más oportuno no situarse ellos frente a Patrón, sino que éste pudiera ver el fuego mientras hablaba, y que ellos igualmente pudieran mirar la leña ardiendo en tanto prestaban atención a sus palabras. Había madera procedente de los pinos, abedules y cerezos silvestres que el tifón había derribado; algunos de esos troncos habían sido cortados como grandes leños de hasta dos metros de largo, y luego apilados. Ikúo fue cortándolos con una sierra para que pudieran caber los trozos en la chimenea; pero al no encontrar un hacha, la leña conservaba la anchura y redondez de los troncos.