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Se incorporó con ímpetu.

«¡Dios mío, Mildred! -pensó-. Perdóname. Por favor, perdóname. Intento… intento hacer lo correcto, pero tengo miedo.»

Necesitaba un poco de aire. De repente había sentido un mareo y salió corriendo a la escalinata a vomitar un poco.

Los perros acudieron al instante. Si ella no lo quería, ya se ocuparían ellos, pero los aparta con el pie.

Esa puta policía. Se le había metido directamente en la cabeza y había empezado a abrirla como un álbum de fotografías en el que Mildred aparecía en todas las páginas. Ya no tenía fuerzas para seguir viendo aquellas imágenes. Como la primera vez, hacía seis años. Recuerda que estaba de pie junto a las jaulas de los conejos. Era la hora de comer. Conejos blancos, grises, negros, con manchas… se apoyaban en las patas traseras y apretaban los hocicos contra la red metálica. Les repartía pienso y trozos arrugados de zanahoria y otras raíces comestibles en platitos de terracota. Sentía cierta lástima al pensar que pronto aquellos conejos estarían cocinándose en una cazuela, abajo en el bar.

De repente la tiene detrás, la pastora que acaba de mudarse a la vicaría. Es la primera vez que se ven y Lisa no la ha oído llegar. Mildred Nilsson es una mujer pequeña de su misma edad, rondando los cincuenta. Tiene la cara pequeña y pálida, y el pelo largo castaño oscuro. Lisa escuchará muchas veces a la gente llamarla insignificante, decir que «no es bonita pero…», y no lo entenderá nunca.

Algo pasa en su interior cuando estrecha aquella delgada mano que se le acerca. Tiene que ordenarle a su propia mano que la suelte. La pastora habla. Incluso la boca es pequeña, los labios finos como un arándano rojo, y mientras aquella pequeña boca sigue modulando palabras, los ojos le cantan una hermosa canción sobre otra cosa, algo que no tiene nada que ver.

Por primera vez en… -bueno, no recuerda desde cuándo- Lisa teme que la verdad le brote hacia el exterior haciéndose visible. Siente que le iría bien un espejo para controlarlo; ella, que lleva guardando secretos toda la vida y que conoce la verdad sobre ser la chica más guapa del pueblo. Se ha hartado de explicar lo que suponía oír constantemente «mira qué delantera» y cómo se iba inclinando hasta crear una mala postura para la espalda. Pero hay otras cosas, mil secretos ocultos.

Bengt, el primo de su padre, cuando ella tenía trece años. La agarra del pelo y se lo enrolla en la mano. Siente como si le fuera a arrancar toda la cabellera. «Cierra la boca», le dice al oído. La obliga a entrar en el baño. Le aplasta la frente contra los azulejos para que entienda que la cosa va en serio. Con la otra mano le desabrocha los tejanos mientras la familia sigue sentada en el salón.

No abrió la boca. Nunca le dijo nada a nadie. Se cortó el pelo.

O la última vez que probó el alcohol, el solsticio de verano de 1965. Apenas se mantenía consciente y ellos eran tres chicos que venían de la ciudad. Dos siguen viviendo en Kiruna, hace poco que se topó con uno de ellos en el hipermercado ICA Kupolen, pero se ha desprendido del recuerdo de aquella noche como quien tira una piedra a un pozo. Es como si lo hubiera soñado hace mucho tiempo.

Y aquí están los años con Tommy. Aquella vez que había estado empinando el codo con sus primos de Lannavaara a finales de septiembre. Mimmi no debía de tener más de tres o cuatro años. Aún no se había empezado a formar hielo. Le regalaron una fisga vieja, uno de esos arpones que se usan para pescar peces grandes, inservible, pero él no entendía que le estaban tomando el pelo todo el rato. De madrugada la había llamado para pedirle que lo fuera a buscar y ella fue a recogerlo con el coche. Trató de convencerle de que dejara la fisga, pero él se empeñó en meterla en el asiento de atrás. Fueron con la ventanilla bajada y la fisga asomando por un extremo mientras él reía y pegaba gritos a la oscuridad.

Cuando llegaron, apenas dos horas antes de amanecer, él decidió que iban a ir a pescar con la fisga. «Tienes que venir -le dijo-. Para remar y sujetar la linterna.» «La niña está durmiendo» -le dijo ella. «Exacto» -fue la respuesta. Dormiría por lo menos un par de horas más. Lisa intentó que se pusiera el salvavidas, sobre todo teniendo en cuenta que el agua estaba helada, pero no hubo manera.

– Joder, menudo ejemplar te has vuelto -dijo-. Por lo visto me he casado con Annika la perfecta, como el personaje de Elsa Beskow.

Aquello de Annika la perfecta a él le pareció gracioso y una vez en el agua lo fue repitiendo de vez en cuando a media voz para sí mismo: «Annika la perfecta», «Rema un poco hacia el saliente, Annika».

Y entonces se cayó al agua. Se oyó un plop y unos segundos más tarde estaba arañando la borda de la barca en busca de algo a lo que agarrarse. El agua helada y la noche oscura como el carbón. No gritaba ni nada por el estilo. Sólo respiraba resoplando por el esfuerzo.

Oh, aquel segundo, aquel instante en que pensó tan seriamente qué hacer. Bastaba un golpe de remo para alejarse un poco, para dejar que la barca se deslizara justo fuera de su alcance. Con todo aquel alcohol en la sangre, ¿cuánto tardaría? Quizá cinco minutos.

Después lo sacó del agua. No le fue fácil y por poco se cae ella también. Perdieron la fisga, probablemente se hundiera, o quizá se fue flotando en la oscuridad. Fuera como fuese, él estaba mosqueado por ello. Y con ella, cabreado, aunque le debiera la vida. Lisa pudo notarle las ganas que tenía de darle una bofetada.

Nunca le contó a nadie aquel frío deseo de verle morir, de verle ahogarse como un gatito en una bolsa de plástico.

Y ahora está aquí con la nueva pastora. Se siente de lo más extraña por dentro. Los ojos de la mujer se le han metido en el cuerpo.

Otro secreto para soltar en el pozo. Cae hasta el fondo y se queda allí titilante como una joya entre un montón de basura y desperdicios.

Pronto se cumplirían tres meses desde que su esposa fue hallada muerta. Erik Nilsson bajó de su Skoda delante de la vicaría. Aún hacía calor, a pesar de estar ya a principios de septiembre. El cielo se abría azul y libre de nubes, y la luz cortaba el aire como cuchillos recién afilados.

Volvía de hacer una visita al trabajo y se alegraba de haber pasado un rato con sus compañeros, que eran casi como una segunda familia. Pronto estaría oficialmente de vuelta y tendría otras cosas en las que pensar.

Echó un vistazo a las macetas que estaban alineadas en los escalones que subían al porche. La imagen de las flores secas y colgando por el borde le hizo pensar en que debería meterlas dentro de casa. En menos de lo que canta un gallo el césped del jardín estaría crujiendo por la escarcha y los tiestos se partirían por el frío.

De camino a casa había pasado por la tienda. Abrió con la llave, recogió las bolsas de la compra y empujó la manilla hacia abajo con el codo.

– ¡Mildred! -gritó en cuanto cruzó el umbral.

Y se quedó allí de pie. Silencio absoluto. El piso era doscientos ochenta metros cuadrados de puro silencio. Todo el planeta contenía el aliento. La casa estaba flotando como una nave vacía por un universo iluminado. Lo único que se oía era el chirrido de la Tierra rotando lentamente sobre su propio eje. ¿Por qué caprichos de la razón la estaba llamando?

Cuando vivía, él siempre sabía si ella estaba en casa o no. En cuanto ponía un pie al otro lado de la puerta. «Eso no tenía nada de extraño -solía decir-. Los bebés pueden percibir el olor de su madre aunque esté en otra habitación. De adulto no se pierde la capacidad. Simplemente, no queda englobado en nuestra consciencia, por eso se habla de intuición y del sexto sentido.»

A veces cuando llegaba a casa seguía teniendo aquella sensación de que Mildred se encontraba allí. Siempre en la habitación de al lado.

Dejó las bolsas en el suelo y se adentró en el silencio.

«Mildred», gritó en su cabeza.

En ese mismo instante llamaron al timbre de la puerta.

Era una mujer. Llevaba un abrigo largo que se estrechaba un poco en la cintura y botas altas con tacón. No era de por allí, aquél no era su ambiente, y no habría llamado mucho más la atención si se hubiera presentado en ropa interior. Se quitó el guante de la mano derecha y se la alargó para saludar mientras se presentaba como Rebecka Martinsson.

– Pasa -respondió él, mesándose inconscientemente la barba y el pelo.

– Gracias, pero no hace falta, sólo quería…

– Pasa -dijo otra vez mientras se volvía y entraba primero.

Le dijo que no se quitara los zapatos y la invitó a sentarse en la cocina. Estaba limpia y ordenada. Cuando Mildred estaba con vida, él siempre cocinaba y recogía, así que ¿por qué iba a dejar de hacerlo ahora? ¿Porque ella estaba muerta? De lo único que se abstenía era de tocar sus cosas. La chaquetilla roja todavía estaba hecha una bola encima del sofá de la cocina. Sus papeles y cartas seguían sobre la encimera.

– Bueno, pues… -dijo amablemente.

Sabía ser amable con las mujeres. Con el paso de los años, muchas se habían sentado a esa mesa. Algunas con un niño en el regazo y otro de pie al lado agarrado con fuerza al jersey de la madre. Había otras que no escapaban de ningún hombre sino de ellas mismas. No soportaban la soledad de un piso en Lombolo. Eran esa clase de mujeres que pasaban el tiempo en el porche fumando un cigarrillo tras otro pelándose de frío.

– El superior de tu mujer me ha pedido que venga a hablar contigo -dijo Rebecka Martinsson.

Erik Nilsson estaba a punto de sentarse, o quizá de ofrecerle café, pero tras el comentario se quedó de pie. Al ver que no decía nada, Rebecka continuó:

– Son dos cosas: por una parte, quiero las llaves del trabajo de Mildred, y por otra es sobre tu mudanza.

Erik miró por la ventana mientras ella seguía hablando. Ahora la que tenía un tono amable y sosegado era Rebecka. Le explicó que la vicaría era una vivienda para empleados y que la parroquia podría ayudarle a encontrar piso y buscar una empresa de mudanzas.

La respiración de Erik se hizo más pesada. Mantenía los labios apretados y cada vez que tomaba aire resoplaba con la nariz.

La miró con desprecio. Ella dejó caer la mirada sobre la mesa.

– Tiene cojones -dijo-. Tiene cojones la cosa. Es como para ponerse enfermo. ¿Es la esposa de Stefan Wikström, que ya no lo puede aguantar? Nunca soportó que Mildred tuviera la casa más grande.

– Mira, eso no lo sé. Yo…

Erik dio un golpe en la mesa con la palma de la mano.

– ¡Lo he perdido todo!

Hizo un gesto con el puño en el aire que daba a entender que se estaba intentando calmar para no perder el control de sí mismo.

– Espera -dijo.

Salió de la cocina y Rebecka oyó sus pasos al subir por la escalera y caminar por el piso superior. Al cabo de un rato volvió y soltó un manojo de llaves sobre la mesa como si fuera una bolsa con excremento de perro.

– ¿Algo más?

– La mudanza -respondió Rebecka con cierta inseguridad.

Ahora lo miró a los ojos.

– ¿Qué se siente? -preguntó Erik-. ¿Qué se siente debajo de esa ropa tan bonita con el trabajo que tienes?

Rebecka se levantó. Algo cambió en la expresión de su cara, algo fugaz, pero él ya lo había visto muchas otras veces allí en la vicaría: el tormento silencioso. Pudo leer la respuesta en sus ojos. La oyó igual de clara que si la hubiera pronunciado con palabras, como una zorra.

Rebecka recogió sus guantes de la mesa con movimientos rígidos, despacio, como si tuviera que contarlos para podérselos llevar. Uno, dos. Luego agarró el gran manojo de llaves.

Erik Nilsson suspiró profundamente y se pasó la mano por la cara.

– Perdóname -dijo-. Mildred me habría dado una patada en el culo. ¿Qué día es hoy?

Al ver que ella no decía nada continuó:

– Una semana; dentro de una semana me habré ido.

Ella asintió con la cabeza y Erik la acompañó hasta la puerta. Intentó pensar en algo que decir porque ya no le parecía oportuno ofrecerle café.

– Una semana -le dijo él a su espalda mientras salía.

Como si aquello la fuera a animar.