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– Restos peludos de manzana que hablan… -dijo.

– ¡Me dan miedo!

– … bailan colocados por los vapores de una piel de plátano fermentada. Tendremos que comprar unas jaulas de hámster para nuestros nuevos amigos.

Mejor aprovechar ahora…

– Si tú haces la cocina, yo empiezo arriba -propuso Anna-Maria.

Sería lo mejor. En la planta de arriba reinaba el caos. El suelo de su dormitorio estaba cubierto de ropa sucia, bolsas y maletas a medio deshacer de las últimas vacaciones que hicieron en coche. Los alféizares estaban llenos de insectos muertos y de pétalos de flores. El lavabo daba asco. Y las habitaciones de los críos…

Anna-Maria suspiró. Ordenar y limpiar no era el punto fuerte de Robert. Tardaría toda la vida en hacerlo. Mejor que se pusiera él a limpiar los fogones, poner el lavavajillas y aspirar la planta baja.

Todo aquello le causaba una profunda pena. Habían hablado mil veces de hacer la limpieza de la casa los jueves por la tarde en lugar del sábado. Así ya tendrían la casa limpia el viernes por la tarde de cara al fin de semana. El viernes podrían cenar algo rico y los días de descanso serían más largos. Así, podrían dedicar el sábado a algo más agradable y estarían todos juntos y serían tremendamente felices en una casa limpia.

Pero nunca lo hacían. El jueves estaban tan derrotados que eliminaban la limpieza de la lista. El viernes se hacían los ciegos ante todo el desorden, alquilaban una peli con la que Anna-Maria siempre terminaba durmiéndose y dedicaban el sábado a limpiar. Medio fin de semana al carajo. A veces no encontraban el momento hasta el domingo y entonces la limpieza solía empezar con uno de sus estallidos de rabia.

Por otro lado, todas aquellas cosas que no se acababan nunca, como los montones de ropa del lavadero… Era imposible, nunca daba abasto. O los repulsivos armarios; la última vez que metió la cabeza en el de Marcus para ayudarle a encontrar Dios sabe qué, levantó un montón de jerseys de lana y otros trapos y de pronto apareció un bicho alargado que se escabulló hacia las capas inferiores…

Prefería no pensar en ello. ¿Cuándo fue la última vez que apartó el lateral de la bañera? Los malditos cajones de la cocina llenos de trastos. ¿De dónde sacaban tiempo los demás? ¿Y las fuerzas?

Escuchó la melodía de su teléfono de trabajo en el recibidor. En la pantalla aparecía un número que no conocía y que empezaba por cero ocho, el prefijo de Estocolmo.

Era un hombre que se presentó como Christer Elsner, catedrático de historia de la religión. Se trataba del símbolo por el que le había preguntado la policía de Kiruna.

– ¿Sí? -dijo Anna-Maria.

– Lo siento, pero no he podido encontrar ese símbolo. Se parece al símbolo alquímico de experimento o prueba, pero es ese garfio que continúa hacia abajo atravesando el semicírculo lo que lo diferencia. A menudo el semicírculo representa lo imperfecto o a veces lo humano.

– Así que no existe -preguntó Anna-Maria decepcionada.

– Bueno, ahí ya pasamos a las cuestiones difíciles -dijo el catedrático-. ¿Qué existe? ¿Qué no existe? ¿Existe el Pato Donald?

– No -dijo Anna-Maria-. Sólo existe en la fantasía.

– ¿En tu cabeza?

– Sí. Y en la de otros, pero no en la realidad.

– Hmmm. Y ¿qué pasa con el amor?

Anna-Maria soltó una carcajada de sorpresa. Sentía como si algo agradable la empujara por dentro, animada por tener que pensar algo diferente por una vez.

– Eso ya es más complicado -dijo.

– No he conseguido encontrar el símbolo, pero, claro, estoy buscando en la Historia. Los símbolos aparecen en algún momento. Podría tratarse de uno nuevo. También hay muchos símbolos en ciertos géneros musicales, igual que algunas literaturas, como de fantasía y por el estilo.

– Y ¿quién sabe de eso?

– Los compositores de música. Respecto a los libros, hay una librería bien surtida de ciencia ficción y fantasía y esas cosas en Estocolmo. En la zona de Gamla Stan.

Terminaron la conversación, lo cual desanimó un tanto a Anna-Maria. Le habría gustado hablar un rato más pero, bien mirado, ¿qué le podría decir? Le habría gustado poderse convertir en su perro para que la sacara a pasear por el bosque y le hablara de sus últimas ideas y reflexiones. Muchos lo hacían con sus perros. Y Anna-Maria, convertida momentáneamente en perro, podría escucharlo todo sin sentirse presionada por tener que intervenir con respuestas inteligentes.

Volvió a la cocina. Robert no se había movido del sitio.

– Tengo que ir al trabajo -le dijo-. Vuelvo en una hora.

Por un instante pensó en si debía pedirle que empezara con la limpieza, pero al final se abstuvo. De todos modos él no lo haría; y si se lo pedía, cuando volviera a casa ella se enfadaría y se sentiría de lo más decepcionada al encontrárselo en la misma postura que cuando se había marchado.

Se despidió con un beso. Era mejor ser amigos.

Diez minutos más tarde Anna-Maria estaba en el trabajo. En su buzón había un fax del laboratorio en el que le comunicaban que habían encontrado un montón de huellas de Mildred Nilsson. Iban a continuar examinando el documento, lo cual les llevaría algunos días.

Llamó a información de números de teléfono y pidió el número de una tienda de ciencia ficción que había en algún sitio de Gamla Stan. El hombre que le atendía lo encontró de inmediato y le pasó la llamada.

Le contó a la mujer que contestó lo que estaba buscando y le hizo una descripción del símbolo.

– Sorry -dijo la dependienta-. Ahora mismo no me viene nada a la cabeza, pero si me mandas un dibujo por fax se lo preguntaré a alguno de mis clientes.

Anna-Maria le prometió que lo haría, le agradeció la ayuda y colgó.

En cuanto soltó el auricular, el teléfono empezó a sonar. Descolgó de nuevo.

Era Sven-Erik Stålnacke.

– Tienes que venir -le dijo-. Se trata del pastor Stefan Wikström.

– ¿Sí?

– Ha desaparecido.

Kristin Wikström lloraba sin parar en la cocina de la casa rectoral en Jukkasjärvi.

– ¡Toma! -le gritó a Sven-Erik Stålnacke-. Aquí tienes el pasaporte de Stefan. ¿Cómo podéis pedírmelo? Os estoy diciendo que no se ha ido. ¿Iba a dejar a su familia? Si es la persona más buena… Os digo que le ha pasado algo.

Tiró el pasaporte al suelo.

– Lo comprendo -dijo Sven-Erik-, pero aun así tenemos que seguir cierto orden. ¿Por qué no te sientas?

Era como si Kristin no oyera nada. Seguía yendo desesperada de un lado a otro de la cocina chocando contra los muebles y haciéndose daño. En el sofá había dos niños de cinco y diez años que construían algo con piezas de Lego sobre una base verde. No parecían demasiado preocupados por la alteración de su madre ni la presencia de Sven-Erik y Anna-Maria.

«Niños -pensó Anna-Maria-. Aguantan lo que sea.»

De repente tuvo la sensación de que sus problemas con Robert eran insignificantemente pequeños.

«¿Qué más da que yo limpie más que él?», pensó.

– ¿Qué voy a hacer? -gritó Kristin-. ¿Cómo voy a salir adelante?

– O sea que esta noche no ha dormido en casa -dijo Sven-Erik-. ¿Estás completamente segura?

– No ha usado la cama -gimoteó-. Siempre cambio las sábanas el viernes y su lado estaba intacto.

– A lo mejor llegó tarde y se quedó a dormir en el sofá -intentó Sven-Erik.

– ¡Estamos casados! ¿Por qué no iba a dormir conmigo?

Sven-Erik Stålnacke había bajado a la casa rectoral de Jukkasjärvi para preguntarle a Stefan Wisktröm acerca del viaje al extranjero que la familia Wikström se había costeado con dinero de la fundación y se había topado con los ojos abiertos de par en par de la esposa. «Estaba a punto de llamar a la policía», le había dicho.

Lo primero que hizo fue tomar prestada la llave de la iglesia y se fue corriendo hasta allí. Por fortuna no había ningún pastor colgando del coro y tal fue el alivio de Sven-Erik que casi tuvo que sentarse en uno de los bancos. Después, llamó a la jefatura para ordenar que otros agentes comprobaran las demás iglesias de la ciudad y luego llamó a Anna-Maria.