Hace un último intento y da un paso interrogante, pero esta vez la hembra alfa la ahuyenta hasta el linde del bosque, bajo los matojos desnudos y grises de los viejos abetos. Se queda allí debajo observando la manada y a la hembra alfa, que regresa tranquilamente junto a los demás.
Dormirá sola. Hasta hoy descansaba entre los sonidos de la manada, los ladridos y las cacerías en sus sueños, los rugidos, los suspiros, los pedos. En cambio ahora, sus oídos tendrán que seguir alerta mientras ella cae en un intranquilo sueño.
A partir de ahora nuevos olores le llenarán el hocico apartando los de los demás, los de sus hermanas y hermanos, parientes y familiares, cachorros y viejos.
Se pone en marcha en un lento trote. Los pasos van en una dirección, la añoranza hacia otra. Aquí ha vivido. Allí sobrevivirá.
DOMINGO
Es domingo por la tarde. Rebecka Martinsson está sentada en el suelo de la habitación en la casa de su abuela de Kurravaara, delante de la estufa de leña con una manta en los hombros y abrazándose las rodillas. De vez en cuando se estira para coger un trozo de leña de la caja de madera de la Empresa Azucarera Sueca. Tiene la mirada fija en el fuego y siente el cansancio en los músculos de su cuerpo. Durante el día de hoy ha sacado alfombras, mantas, edredones, colchones y almohadas para sacudirles el polvo y luego los ha dejado tendidos al aire libre. Ha fregado el suelo con lejía y ha limpiado las ventanas, ha lavado toda la loza y ha hecho un repaso a los armarios de la cocina. La planta de abajo la limpiará en otro momento pero ha dejado todas las ventanas abiertas de par en par para airear la casa entera. Ahora tiene encendido tanto el fuego de la cocina como la estufa de la habitación para eliminar los últimos resquicios de humedad. Con esto ha consagrado de sobra el día del Señor y ha podido descansar la cabeza. Ahora la mente reposa ante el fuego de un modo ancestral.
El inspector de policía Sven-Erik Stålnacke está sentado en la sala de estar con la tele encendida pero sin sonido, por si de pronto aparece un gato maullando fuera. No le importa, esta película ya la ha visto. Sale Tom Hanks, que se enamora de una sirena.
Desde que el gato se fue, la casa está vacía. Sven-Erik ha recorrido todas las cunetas posibles llamándolo suavemente por su nombre y está muy cansado. No por las caminatas, sino por haber agudizado tanto el oído y por insistir tanto, aun a sabiendas de que no valía la pena.
Y el pastor desaparecido sigue sin dar señales de vida. El sábado ya se había filtrado la noticia a los dos periódicos de la tarde y ambos dedicaban las páginas centrales a la desaparición. Había algún comentario del equipo de la Criminal de la Policía Nacional, pero ni una palabra de la psiquiatra que les había ayudado a elaborar un posible perfil. Uno de los periódicos había dado con un antiguo caso de los setenta en el que un loco de Florida asesinó a dos predicadores. A su vez, el homicida acabó asesinado por otro preso mientras limpiaba los lavabos, pero durante su estancia en la cárcel había presumido de haber cometido más crímenes por los que no había sido condenado. Gran imagen de Stefan Wikström con las palabras «pastor», «padre de cuatro hijos» y «esposa desesperada» a pie de foto. Por fortuna no decían nada de una posible malversación de fondos. Sven-Erik también observó que en ningún momento se mencionaba que Stefan Wikström estuviera en contra de las mujeres pastoras.
Evidentemente, no había recursos para vigilar a curas y pastores en general pero el ánimo de los compañeros decayó cuando leyeron en uno de los periódicos: «La policía: ¡No podemos protegerlos!» El diario sensacionalista Expressen daba consejos para quien se sintiera amenazado: «Busca compañía, rompe con tus hábitos, vuelve a casa por otro camino, cierra la puerta con llave, no aparques al lado de una furgoneta.»
Se trataba de un loco, por supuesto. Uno de esos que continuaría hasta que tuviese mala suerte.
Sven-Erik pensó en Manne. En cierto modo, las desapariciones eran peor que la muerte porque no se podía guardar luto por ellas, tenías que limitarte a sufrir la in-certidumbre. La cabeza se convertía en un pozo de escombros lleno de suposiciones atroces sobre lo que podía haber ocurrido.
Por Dios, Manne no dejaba de ser un gato. ¿Y si se hubiera tratado de su hija? Esa idea era demasiado grave como para sentirla de verdad.
El párroco Bertil Stensson está sentado en el sofá del salón con una copa de coñac en el alféizar que hay detrás de su cabeza. El brazo derecho descansa sobre el respaldo por detrás de la nuca de su mujer y con la mano izquierda le acaricia el pecho. Ella no aparta los ojos de la tele, donde están dando una vieja película de Tom Hanks, pero las comisuras de la boca se elevan en señal de aprobación. Bertil acaricia un pecho y, una cicatriz. Recuerda el nerviosismo de su esposa cuatro años antes cuando se lo extirparon. «Me gustaría ser atractiva a pesar de haber cumplido los sesenta», decía. Pero Bertil ha llegado a amar esa cicatriz más que al pecho que la precedía, como un recuerdo de que la vida es corta. Uno no se da cuenta de que el tiempo pasa tan deprisa y aquella cicatriz le otorga a las cosas sus proporciones pertinentes, le ayuda a mantener el equilibrio entre el trabajo y el tiempo libre, entre el deber y el amor. A veces ha pensado que le gustaría hacer sermones sobre la cicatriz pero, obviamente, no puede ser. Además tendría una inexplicable sensación de pasarse de la raya. Si gastaba aire y palabras en ella, perdería la fuerza que tenía en su vida. Es la cicatriz la que le hace el sermón a Bertil. Él no tiene ningún derecho a ser dueño de ese sermón y compartirlo con otros.
Era Mildred con quien hablaba cuatro años atrás, no con Stefan. Tampoco con el obispo, aunque fueran amigos desde hacía mucho tiempo. Quiere recordar que estaba llorando, que Mildred sabía escuchar, que sentía que podía confiar en ella.
Mildred lo volvió loco, pero ahora, sentado con la cicatriz de su esposa bajo el dedo índice, no es capaz de decir qué era lo que tanto lo provocaba. Qué más daba que fuera una rojilla y que no estuviera demasiado de acuerdo con algunas actividades que realizaba la parroquia.
Lo descalificaba como jefe y eso le molestaba. Nunca pedía permiso, nunca pedía consejo. Tenía serias dificultades para seguir el rebaño.
Casi da un respingo por la elección de sus propias palabras, «seguir el rebaño». Él no es esa clase de jefe, más bien se jacta de darles libertad y responsabilidad a sus empleados. Pero aun así, es el jefe.
A veces tuvo que hacérselo ver a Mildred, como en aquel funeral. Había un hombre que había dejado la iglesia, pero iba a las misas de Mildred los años previos a la enfermedad. Al final murió habiendo comunicado que quería que Mildred oficiara los funerales y ella hizo una ceremonia civil. Sin duda, Bertil podría haber pasado por alto aquella pequeña infracción, pero la denunció al sínodo diocesano y Mildred tuvo que ir a hablar con el obispo. En aquel momento a Bertil le había parecido lo más correcto. ¿Para qué tener normas si no se cumplían?
Cuando Mildred regresó al trabajo actuó con total normalidad y sin hacer referencia alguna a la conversación con el obispo, lo cual infundía a Bertil una tímida sensación de que quizá el obispo se había puesto de parte de la pastora, que le había terminado diciendo algo como que se había sentido obligado a hablar con ella y hacerle una observación porque Bertil le había insistido. Que en silencio hubieran considerado de acuerdo mutuo que Bertil se ofendía a las primeras de cambio, que temía por su liderazgo e incluso que quizá tenía un poco de envidia porque no le habían pedido a él que oficiara aquella misa.