Sven-Erik asintió con un gesto y apagó el magnetófono. Kristin Wikström, la trabajadora social y Sven-Erik salieron fuera.
– ¿Por qué no quieres hablar con nosotros? -preguntó Anna-Maria.
– Porque no entendéis nada -respondió Benjamin Wikström-. No entendéis nada de nada.
– Eso es lo que me dice constantemente mi hijo. Tiene tu misma edad. ¿Conocías a Mildred?
– No es la del dibujo. ¿Es que no lo entendéis? Es un autorretrato.
Anna-Maria miró el dibujo. Ella partía de la base de que era Mildred, aunque él también tenía el pelo oscuro y largo.
– ¡Eras amigo suyo! -exclamó Anna-Maria-. Por eso tenías los recortes.
– Ella sí que entendía las cosas. Ella sí.
Tras el velo de cabellos, cayeron unas lágrimas sobre la mesa.
Mildred y Benjamin están en el despacho de la casa de la congregación. Ella ha preparado té de Reina de los Prados con miel. Se lo ha regalado una de las mujeres del grupo Magdalena después de recogerlo y secarlo ella misma. Se ríen porque sabe a mierda.
Mildred le dio la confirmación a uno de los amigos de Benjamin y a través de ese amigo se conocieron.
The Gate está sobre la mesa de Mildred. Lo ha acabado de leer.
– ¿Qué te ha parecido?
El libro es gordo, mucho texto en inglés y también muchas imágenes en color.
Es sobre The Gate on the unbuilt house, to the world you create. La puerta de la casa sin construir, al mundo que tú creas. Te anima a que con ritos mentales crees el mundo en el que quieras vivir toda la eternidad. Es sobre el camino hacia allí. El suicidio. Colectivo o particular. La editorial inglesa ha sido denunciada por un grupo de padres de cuatro jóvenes que se quitaron la vida juntos la primavera de 1998.
– Me gusta la idea de crear tu propio cielo -dice ella.
Después Mildred le escucha. Le alcanza pañuelos cuando él llora y él llora cuando habla con Mildred. Es ese sentimiento de que ella se preocupaba lo que le provoca el llanto.
Habla de su padre. Seguro que en ello también hay un poco de revancha. Hablar con Mildred de él cuando sabe que él la aborrece.
– Me odia -exclama-. Y me es igual. Si me cortara el pelo y fuera por ahí con camisa y pantalones sin rotos, me portara bien en la escuela y fuera delegado de clase, seguro que tampoco estaría satisfecho. Lo sé.
Llaman a la puerta. Mildred frunce el cejo irritada. Cuando la lámpara roja está encendida…
Se abre la puerta y entra Stefan Wikström. Cierto, es su día libre.
– Así que estás aquí -le dice a Benjamin-. Coge tu chaqueta y vete inmediatamente al coche.
A Mildred le dice:
– Y tú, deja de meterte en los asuntos de mi familia. Se porta mal en la escuela. Se viste que a uno le entran ganas de vomitar. Avergüenza a la familia todo lo que puede, naturalmente respaldado por ti, que lo invitas a tomar el té cuando debería estar en la escuela. ¿Has oído lo que te he dicho? La chaqueta y al coche.
Le da unos golpecitos a su reloj de muñeca.
– En estos momentos tienes clase de sueco, te voy a llevar.
Benjamin sigue sentado donde está.
– Tu madre está en casa llorando. La tutora de tu clase nos llamó para saber dónde estabas. Estás acabando con la salud de tu madre. ¿Es eso lo que quieres?
– Benjamin quiere hablar -intercede Mildred-. A veces…
– ¡Se habla con la familia! -grita Stefan.
– ¡Vaya! -exclama Benjamin-. Pero si eres tú el que no contesta. Como ayer, cuando pregunté si podía ir con la familia de Kevin hasta la frontera y dijiste: «Cuando te cortes el pelo y te vistas como una persona normal, entonces te hablaré como a una persona normal.»
Benjamin se levanta y coge su chaqueta.
– Me voy a la escuela en bici. No hace falta que me lleves -añade dirigiéndose violentamente hacia la puerta.
– Esto es culpa tuya -dice Stefan señalando con el dedo a Mildred, que sigue con la taza de té en la mano.
– Das pena, Stefan -le responde ella-. Debes de sentirte muy solo.
– Lo vamos a soltar -le dice Anna-Maria al fiscal y a sus compañeros. Fue hasta la sala del café y le pidió a la trabajadora social que acompañara al chico y a su madre a casa.
Después se metió en su despacho.
Se sentía cansada y desanimada.
Sven-Erik pasó por allí y le preguntó si quería salir a comer con él.
– Pero si son las tres -respondió ella.
– ¿Es que ya has comido?
– No.
– Coge la chaqueta. Yo conduzco.
Ella sonrió.
– ¿Por qué vas a conducir tú?
Tommy Rantakyrö apareció por detrás de Sven-Erik.
– Tenéis que venir -les dijo.
Sven-Erik lo miró ceñudo.
– Contigo no hablo -respondió.
– ¿Por lo del gato? Estaba haciendo broma pero tenéis que venir a escuchar una cosa.
Siguieron a Tommy Rantakyrö a la sala de interrogatorios número dos. Allí estaban sentados una mujer y un hombre. Los dos con ropa de trabajo de monte. El hombre era bastante grande y apretaba en un puño una gorra verde de los almacenes de restos del ejército. La mujer era extremadamente delgada. Tenía profundos surcos sobre el labio y en la cara, como consecuencia de haber fumado durante muchos años. En la cabeza llevaba un pañuelo atado y en los tejanos se veían manchas de bayas. Los dos olían a humo y a repelente de mosquitos.
– ¿Podrían darme un vaso de agua? -pidió el hombre cuando entraron los tres policías.
– ¡Vale ya! -exclamó la mujer en un tono que indicaba que nada de lo que dijera o hiciera el hombre estaría bien.
– ¿Podéis repetir otra vez lo que me habéis dicho antes? -les pidió Tommy Rantakyrö.
– ¡Anda, explícaselo tú! -le dijo irritada la mujer a su marido mientras miraba estresada y esquiva a los policías, uno tras otro.
– Pues, estábamos al norte de Nedre Vuolusjärvi cogiendo bayas -explicó el hombre-. Mi cuñado tiene una cabaña allí arriba. Son unas tierras increíbles cuando es el tiempo de los camemoros, pero ahora había arándano rojo…
Miró hacia Tommy Rantakyrö, que estaba girando la mano para que el hombre fuera al grano.
– Bueno, por la noche oímos un ruido -dijo el hombre.
– Fue un grito -determinó la esposa.
– Sí, sí. A lo que iba. Y luego oímos un tiro.
– Y después otro tiro, -añadió la mujer.
– ¡Pues explícalo tú! -gritó el hombre irritado.
– Ni hablar. Ya te lo he dicho antes. Habla tú con la policía.
La mujer cerró la boca.
– Pues no es nada más que eso -resumió el hombre.
Sven-Erik parecía impresionado.
– ¿Cuándo ocurrió? -preguntó.
– La noche del viernes -respondió el hombre.
– Y hoy es lunes -recapituló Sven-Erik despacio-. ¿Por qué no habéis venido antes?
– Ya te dije que… -insistió la mujer.
– Sí, sí, pero cierra el pico -la interrumpió el marido.
– Le dije que teníamos que venir enseguida -le dijo la mujer a Sven-Erik-. Oh, Dios, cuando vi a aquel pastor en los periódicos. ¿Creéis que puede ser él?
– ¿Visteis algo? -continuó Sven-Erik.
– No. Ya nos habíamos acostado -respondió el hombre-. Oímos exactamente lo que os he explicado. Bueno, también oímos un coche, pero fue mucho más tarde. Hay una carretera que lleva a Laxforsen.
– ¿No pensasteis que podía ser algo serio? -preguntó Sven-Erik suavemente.
– Yo qué sé -dijo el hombre malhumorado-. Es época de caza de alces, así que no es nada raro que la gente dispare en el bosque.
La voz de Sven-Erik era paciente en exceso.
– Era en plena noche. En época de caza no se puede disparar a partir de una hora antes de que se ponga el sol. ¿Y quién fue quien gritó? ¿Era un alce?
– Ya dije que… -intentó explicar la mujer.
– Oye tú, los ruidos suenan jodidamente raros en el bosque -respondió el hombre, que parecía confuso-. Podría haber sido un zorro. O el ladrido de un corzo macho en celo. ¿No lo has oído nunca? Bueno, ya os lo hemos explicado. Así que igual nos podemos ir a casa.