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Pasaron cuarenta minutos. Tommy Rantakyrö se rascaba la cabeza. Tintín se había tumbado. La barca iba de un lado a otro sobre el lago. Trabajaba en dirección sur y los otros compañeros iban siguiéndole por la orilla.

– Joder, lo que tardan -se quejó Tommy Rantakyrö.

– Esos hombres con sus perros. En realidad esto debería ser cosa tuya -le dijo Sven-Erik a Anna-Maria.

– Vale ya -respondió Anna-Maria con un gruñido de aviso-. Además, el perro no era suyo.

– ¿De qué habláis? -se interesó Fred Olsson.

– De nada -contestó Anna-Maria.

– Ni hablar. Lo que se empieza, se acaba -exigió Tommy Rantakyrö.

– Ha empezado Sven-Erik -aclaró Anna-Maria-. Así que explícaselo tú. Arrástrame bien por el lodo.

– Bueno, pero pasó cuando tú vivías en Estocolmo -inició la historia Sven-Erik.

– Cuando iba a la escuela de policías.

– Pues nada, que Anna-Maria se fue a vivir con un tío tras una relación bastante corta.

– Habíamos vivido juntos dos meses y, en realidad, no llevábamos saliendo mucho más.

– Ahora corrígeme si me equivoco. Un día cuando ella llegó a casa vio en el suelo del dormitorio unos calzoncillos negros tipo tanga de piel.

– Y llevaban cierre porno -aclaró Anna-Maria-. Además tenían un agujero en la parte de delante. No hace falta pensar mucho rato en lo que tenía que salir por aquel agujero.

Hizo una pausa y observó a Fred Olsson y a Tommy Rantakyrö. No los había visto nunca tan divertidos y tan expectantes.

– Además, en el suelo había también una compresa.

– ¡Venga ya! -exclamó Tommy Rantakyrö.

– Yo estaba impactada -continuó Anna-Maria-. Quiero decir que, en realidad, ¿qué es lo que se sabe de una persona? Así que cuando Max volvió a casa y saludó desde el recibidor yo seguí sentada en el dormitorio. Dijo: «¿Qué pasa?» Señalé los gayumbos de piel y respondí: «Tenemos que hablar. De eso.» Y él apenas reaccionó. «Vale», me dijo, así con total indiferencia. «Se deben de haber caído del armario.» Y puso los gayumbos y la compresa encima del armario. Estaba impasible.

Anna-Maria se echó a reír.

– Eran unas bragas para perra. Su madre tenía un bóxer hembra que él solía cuidar y cuando estaba en celo le ponían aquellas pequeñas bragas con el agujero para el rabo y la compresa. Así de sencillo.

Las carcajadas de los tres hombres se fueron rodando por el lago y continuaron riéndose bastante rato después.

– Vaya historia -dijo apenas sin voz Tommy Rantakyrö mientras se secaba las lágrimas.

En ese momento Tintín se sentó en la barca.

– Mirad -les ordenó Sven-Erik Stålnacke.

– Como si alguno de nosotros tuviera ganas de dejar de mirar ahora -respondió Tommy Rantakyrö alargando el cuello.

Tintín se había levantado. Tenía el cuerpo tenso. El hocico señalaba hacia el interior del lago como si fuera una brújula. Krister Eriksson aminoró la marcha a la velocidad mínima que el timón exigía para dirigir la barca y la llevó hacia el lugar que señalaba el hocico de Tintín. La perra empezó a gemir y a ladrar, pisando la plataforma y rascando con las patas. El ladrido era cada vez más intenso y al final se asomó hacia el agua con la parte delantera del cuerpo. Cuando Krister Eriksson sacó la boya con el ancla de plomo para señalar el lugar, Tintín no pudo aguantarse y se lanzó al agua nadando alrededor de la boya, a la vez que ladraba y estornudaba agua.

Krister Eriksson la llamó y la cogió por el chaleco salvavidas. Por un momento pareció que él mismo iba a caerse al agua. En la barca, Tintín continuó gimiendo y aullando de alegría. Los policías oyeron la voz de Krister Eriksson a través del ruido del motor y los ladridos del perro.

– Muy bien, bonita. Bieeen.

Tintín saltó a tierra chorreando y se sacudió todo lo que pudo, con lo que los policías acabaron bien duchados.

Krister Eriksson le dijo unas palabras de elogio a la vez que le acariciaba la cabeza. Sólo se quedó quieta un segundo, después salió corriendo a dar una vuelta en el bosque y ladró para resaltar lo buena que era en su trabajo. Sus ladridos se oyeron desde distintos lugares.

– ¿Tenías intención de que saltara al agua? -preguntó Tommy Rantakyrö.

Krister Eriksson negó con la cabeza.

– Es que estaba con muchas ganas y lo ha conseguido. Ha encontrado lo que quería y eso tiene que ser una sensación muy positiva para ella, así que no se la puede regañar por haberse tirado al agua, pero…

Miró en la dirección de donde venían los ladridos de la perra con una mezcla de enorme orgullo y reflexión.

– Es muy buena -exclamó Tommy impresionado.

Los demás asintieron. La última vez que habían visto a Tintín había localizado en el bosque a una mujer demente senil de setenta y seis años, en las afueras de Kaalasjärvi. Era una zona muy grande para la búsqueda y Krister Eriksson iba en un cuatro por cuatro a poca velocidad por viejos caminos de tierra. Sobre el capó, había sujetado una alfombra de baño para que Tintín no se resbalara. La perra había ido sentada como una esfinge sobre el capó con el hocico al viento. Un espectáculo impresionante.

Pocas veces se tenía una conversación tan larga como aquella con Krister Eriksson. Tintín volvió de su vuelta de alardeo y hasta ella se sintió a gusto con aquel compañerismo que había surgido en el grupo. Incluso se dio una vuelta entre los policías y hasta le olió los pantalones a Sven-Erik.

Aquel momento pasó.

– Bueno, pues ya estamos listos -dijo Krister casi huraño. Luego llamó a la perra y le quitó el chaleco.

Está oscureciendo.

– Vamos a llamar a los de la Científica y a los buzos -informó Sven-Erik-. Que vengan en cuanto amanezca mañana.

Se sentía a la vez contento y triste. Lo peor había ocurrido. Un pastor de la parroquia había sido asesinado, se podía dar por hecho. Pero, de otra parte, allí abajo había un cuerpo. Había huellas en la barca y seguro que también en el camino. Sabía que habí,a sido un coche de gasoil y ahora tenían algo con lo que trabajar de nuevo.

Miró a sus compañeros y notó que aquella electricidad estaba en todos ellos.

– Que vengan esta noche -ordenó Anna-Maria-. Por lo menos que lo intenten en la oscuridad. Quiero sacarlo ya.

Måns Wenngren estaba en el club Grodan mirando el móvil. Se había estado diciendo todo el día que no llamaría a Rebecka Martinsson, pero ya no recordaba por qué no debía hacerlo.

La llamaría y le preguntaría, sin darle importancia, cómo le iba con el trabajo negro.

Tenía los mismos pensamientos que cuando era un quinceañero. Qué aspecto tendría su cara en el momento en que la penetrara.

«¡Joder, tío!», se dijo a sí mismo mientras marcaba el número.

Contestó a la tercera señal. Parecía cansada. Le preguntó como sin darle importancia por el nuevo trabajo, según lo que había pensado hacer.

– No muy bien -respondió ella.

Y le contó toda la historia sobre cómo había sido acusada de fisgonear por el padre de Nalle.

– Ha sido bastante agradable no tener que ser «la mujer que mató a tres hombres» -dijo-. No lo mantuve en secreto pero tampoco había motivo para explicarlo. Lo peor es que me fui sin pagar la cuenta.

– Seguro que se puede hacer un giro o algo así-dijo Måns.

Rebecka se echó a reír.

– No lo creo.

– ¿Quieres que me encargue yo?

– No.

«No, claro. Yo sé hacerlo sola», pensó él.