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– Pues ve allí a pagar y ya está -le dijo.

– Sí.

– No has hecho nada malo. No tienes por qué arrodillarte.

– No.

– Aunque se haya hecho algo mal no hay por qué arrodillarse -continuó Måns.

Se quedó callada un momento.

– Es difícil hablar contigo, Martinsson -le dijo Måns.

«Modérate -se dijo Rebecka a sí misma-. Deja de comportarte como una psicótica.»

– Perdona.

– Deja todo eso de lado de momento -dijo Måns-. Mañana por la mañana te llamo y te animo. Ir a pagar una cuenta a un chiringuito no te va a ser difícil. ¿Te acuerdas de aquella vez que tú sola te tuviste que hacer cargo de Axling Import?

– Hmmm.

– Te llamo mañana.

«Seguro que no llama. ¿Por qué iba a hacerlo?», pensó al colgar.

Los buzos de los servicios de rescate encontraron el cuerpo de Stefan Wikström en el lago a las diez y cinco de la noche. Lo sacaron del agua con una camilla hecha de red, pero era pesado. Una cadena de hierro le envolvía el cuerpo. Tenía la piel completamente blanca y porosa, como puesto a remojo y lavado varias veces. Tenía un par de agujeros de un centímetro cada uno en la frente y en el pecho.

PATAS DORADAS

Principios de mayo. Las hojas que han estado debajo de la nieve han sido prensadas hasta convertirse en una corteza marrón sobre el suelo. Aquí y allá asoma tímidamente algo verde. El aire cálido viene del sur y se ven bandadas de pájaros constantemente.

La loba aún está en movimiento. A veces se ve dominada por una gran soledad. Entonces, levanta el cuello hacia el cielo y deja que salga todo.

A cincuenta kilómetros de Sodankylä hay un pueblo con el contenedor de basura destapado. Se pasea por allí un rato, encuentra algunos restos y desentierra alguna que otra rata gorda aterrada. Se llena el estómago hasta arriba.

En las afueras del pueblo hay un perro de Karelia, un macho para la caza del oso, atado a una cadena. Cuando la loba sale del linde del bosque y se le acerca, no se pone a ladrar como un poseso ni tampoco le entra miedo ni intenta esconderse. Se queda callado esperándola.

Es cierto que el olor de la gente la asusta, pero hace tiempo que está sola y aquel perro sin miedo le sirve. Vuelve a verlo tres días seguidos al anochecer. Se atreve hasta llegar a rozarlo. Huele y se deja oler. Se cortejan uno al otro y luego vuelve a la linde del bosque. Se queda quieta y mira al macho. Espera a que él la siga.

Y el perro tira de la cadena. Durante el día ha dejado de comer.

Cuando la loba vuelve por cuarta noche consecutiva ya no está. Ella se queda quieta en la linde un rato. Después se mete trotando en el bosque y continúa su camino.

La nieve ha desaparecido por completo. Sale vapor de la tierra y tiembla de deseos de vida. Todo resucita, chirría, chasquea y suena por doquier. Las hojas estallan en los doloridos árboles. El verano llega de fuera como una invencible ola verde.

Continúa veinte kilómetros hacia el norte por la orilla del río Torneälven y pasa por el puente para personas que hay en Muonio.

Poco después, otra persona se arrodilla ante su vista por segunda vez en la vida. Ella está en el bosque de abedules con la lengua colgando. No se siente las patas. Los árboles que tiene por encima forman una borrosa niebla.

La persona arrodillada es una investigadora de lobos de la Dirección Nacional de Protección de la Naturaleza.

– Eres tan bonita -le dice la investigadora y le acaricia el cuerpo, sus largas patas doradas.

– Sí que es bonita -conviene el veterinario.

Le da una inyección de vitaminas, le controla los dientes y le dobla con cuidado las articulaciones.

– Tres años, quizá cuatro -adivina-. Alta jerarquía, nada de roña, nada.

– Una auténtica princesa -dice la investigadora y le pone en el cuello un emisor de radio, una extraña joya para una realeza.

El helicóptero sigue en marcha. El suelo tiene tanta agua que el piloto no se ha atrevido a apagar el motor por si se hunde y no puede levantar el vuelo.

El veterinario le da a la loba otra inyección antes de dejarla marchar.

Los científicos se levantan sintiéndola aún entre sus manos. La piel gruesa y sana. La lana pegada al cuerpo y después el grueso y largo pelo en la parte exterior. Las pesadas patas.

Cuando han emprendido el vuelo ven cómo se pone en pie un poco tambaleante.

La investigadora envía un pensamiento al poder, una oración para que la protejan.

MARTES

12 de Septiembre

Sale todo en la prensa matutina y también hablan de ello en la radio. El pastor desaparecido ha sido encontrado en un lago con cadenas rodeándole el cuerpo. Tiene dos disparos: uno en el pecho y otro en la frente. Una ejecución en toda regla, según fuentes de la policía, que opina que ha sido más suerte que pericia haber encontrado el cuerpo.

Lisa está sentada a la mesa de la cocina. Ha cerrado el periódico, ha apagado la radio e intenta estarse quieta en la silla. En cuanto se mueve, algo como una ola se pone en marcha en su interior, una ola que pasa a través del cuerpo, que la pone en pie, que la hace ir de un lado a otro en su casa vacía, entrar en la sala de estar con sus librerías como si tuvieran la boca abierta y los alféizares vacíos de las ventanas. La hace volver a la cocina. No hay nada que fregar y los armarios están limpios, los cajones vacíos y no hay ningún papel, ni facturas por pagar. La hace entrar en el dormitorio. Esta noche ha dormido sin sábanas, simplemente se cubrió con un edredón y se quedó dormida, para su sorpresa. El edredón todavía está doblado a los pies de la cama con las almohadas encima. Su ropa no está.

Si se queda completamente quieta sentada, logra dominar su añoranza. Añoranza de llorar y de gritar. O de dolor. Añoranza de poner la mano sobre la plancha de la cocina cuando está al rojo vivo. Pronto será hora de irse. Se ha duchado y se ha puesto ropa limpia. El sujetador le roza por la falta de costumbre debajo de las axilas.

A los perros no se les engaña fácilmente. Van hacia ella moviendo la cola y se oye el ruido de sus uñas sobre el suelo, clicketi-clicketi-click. No se preocupan del rechazo de su tenso cuerpo. Aprietan el hocico contra su vientre. Lo presionan entre sus piernas, meten la cabeza debajo de sus manos exigiéndole que los acaricie. Y lo hace. Es un esfuerzo monstruoso desconectar lo máximo posible para acariciarlos, sentir el pelo suave y, debajo, el calor de la circulación de su sangre.

– A dormir -les ordena con voz extraña.

Y se tumban en su sitio. Enseguida vuelven y hacen ruido con las uñas.

A las siete y media se levanta. Enjuaga la taza de café y la pone en el escurridor de platos. Tiene un aspecto raro, como abandonada.

En la explanada los perros se obcecan con algo. Normalmente, saltan directamente al coche porque saben que significa un largo día en el bosque, pero ahora arman jaleo allí mismo. Karelin se va y mea sobre los arbustos de grosellas. El Alemán se sienta y la mira fijamente mientras ella les señala con la mano extendida la puerta del portaequipajes. Majken es la primera que se rinde. Va corriendo agazapada a través de la explanada con el rabo metido entre las patas. Karelin y el Alemán saltan después de ella.

A Spy-Morris nunca le apetece ir en coche y hoy menos que nunca. Lisa tiene que perseguirlo, maldice y da voces hasta que se para. Tiene que llevarlo al coche a rastras.

– Salta de una vez, joder -le chilla y le da una azotaina en el lomo.

Entonces salta dentro. Lo ha entendido. Todos lo entienden y la miran a través de la ventanilla. Ella se sienta en el parachoques completamente extenuada. Lo último que quiere hacer es pelearse con ellos, eso no lo tenía previsto.

Va al cementerio. Mientras, los perros se quedan dentro del coche. Baja hasta la tumba de Mildred que, como es habitual, está llena de flores, tarjetas, hasta fotografías que se han arrugado y cada vez son más gruesas por la humedad.