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Ella asiente con la cabeza. Tiene que haberlo sido.

– El sábado pensé que quizá era verdad lo que Lars-Gunnar dijo. Que estabas aquí para fisgonear. Te pregunté si eras periodista y me dijiste que no. Entonces pensé que quizás no fueras periodista pero que trabajabas para algún periódico de todas maneras. Pero no es así, ¿verdad?

– No. Primero llegué aquí por casualidad porque Torsten Karlsson y yo queríamos comer en algún sitio.

– ¿El tío que iba contigo la primera vez?

– Sí. Y además no son cosas que suelo explicarle a la gente. Todo aquello…, lo que pasó entonces. Bueno, y me quedé para estar tranquila y porque no me atrevía del todo a ir hasta Kurravaara. Tengo la casa de mi abuela allí y… pero luego fui allí con Nalle de todas formas. Es mi héroe.

Lo último lo dice con una sonrisa.

– He vuelto para pagar la cabaña -explica luego y saca el dinero.

Micke lo coge y le devuelve el cambio.

– Te he descontado lo de tu sueldo. ¿Qué dice tu otro jefe de que trabajes en negro en el restaurante?

Rebecka se echa a reír.

– Ah, ahí me tienes pillada.

– Deberías despedirte de Nalle… Pasarás por delante de su casa cuando salgas de aquí. Si coges a la derecha hacia la capilla…

– Ya sé, pero es una idea bastante mala. Su padre…

– Lars-Gunnar está en la ciudad y Nalle está solo en casa.

«En la vida -piensa Rebecka-. Hasta ahí podríamos llegar.»

– Salúdalo de mi parte -responde.

En el coche llama a Måns.

– Ya está hecho -le informa.

– ¡Ésa es mi chica!

De inmediato añade:

– Está bien, Martinsson. Ahora voy a una reunión. Nos llamamos.

Rebecka se queda sentada con el móvil en la mano.

«Måns Wenngren -piensa-. Es como las montañas. Llueve y es horrible. El viento sopla fuerte. Estás cansada con los zapatos mojados y no sabes ubicarte del todo. El mapa no quiere coincidir con la realidad. Y de pronto se abren las nubes. La ropa se seca con el viento y te sientas en las montañas mirando hacia abajo a un valle cubierto de sol. Vale la pena.»

Intenta llamar a Maria Taube pero no le responde y le envía un mensaje: «Todo bien. Llama.»

Se va por la carretera y sintoniza una emisora de la radio donde dan noticias de famosos.

En la salida hacia la capilla se encuentra con Nalle. Una punzada de añoranza y culpa la atraviesa de arriba abajo. Levanta la mano como saludo. En el espejo retrovisor ve cómo él responde al saludo con energía y de golpe echa a correr detrás del coche. No va deprisa pero no se rinde. De pronto ella ve que se cae. Y parece peligroso. Se ha caído en la cuneta.

Rebecka para el coche junto al arcén. Mira por el retrovisor. No ve que se levante. Entonces le entran las prisas. Sale del coche y va hasta allí corriendo.

– Nalle -grita-. ¡Nalle!

¿Y si se ha roto la cabeza contra una piedra?

Desde la cuneta le sonríe. Como un escarabajo patas arriba.

– ¡Becka! -la llama cuando aparece por encima de él.

«Claro que tengo que despedirme -piensa-. ¿Qué clase de persona soy?»

Él se levanta y ella lo limpia.

– Adiós, Nalle -le dice luego-. Ha sido muy divertido…

– Conmigo -la interrumpe mientras le tira del brazo como un niño-. ¡Conmigo!

Se da la vuelta y se va andando pesadamente por la carretera. Va hacia su casa.

– No, quiero decir, yo… -intenta explicarse ella.

Pero Nalle continúa su camino. Sin darse la vuelta. Confía en que ella lo siga.

Rebecka mira el coche. Está bien apartado en el arcén. Los otros transeúntes lo pueden ver bien. Puede acompañarlo un trozo. Va detrás de él.

– Espérame -le grita.

Lisa para el coche delante del consultorio veterinario. Los perros saben perfectamente dónde están. No es un sitio que les agrade. Se levantan todos y miran a través de las ventanillas. Tienen la boca abierta y respiran jadeando, con la lengua muy afuera. A el Alemán le empieza a salir caspa, como siempre que está nervioso. Una capa blanca aparece a través de la piel y se posa sobre el pelo marrón como si fuera nieve. Todos tienen el rabo pegado al vientre.

Lisa entra pero deja los perros dentro del coche.

«¿No vamos contigo? -preguntan con la mirada-. ¿Así que nos libramos de las inyecciones, la auscultación, los olores que nos asustan y los humillantes embudos blancos de plástico alrededor de la cabeza?»

Anette, la veterinaria, la recibe. Arreglan lo del pago, Anette se encarga del tema. Están las dos solas, no hay nadie más, tampoco en la sala de espera. Lisa se emociona por la consideración.

Lo único que pregunta Anette es:

– ¿Te los llevarás contigo?

Lisa niega con la cabeza. Lo cierto es que aún no ha pensado en ello. Apenas la idea la ha podido llevar hasta allí. Y aquí está. Habrá restos. Se quita el pensamiento de la cabeza de lo indigno que es aquello. Les debe algo más que eso.

– ¿Cómo lo hacemos? -pregunta Lisa-. ¿Los voy metiendo de uno en uno?

Anette la mira.

– Será demasiado para ti, creo yo. Los metemos todos a la vez y primero les damos algo para calmarlos.

Lisa se tambalea.

– ¡Quietos! -les ordena cuando abre la puerta de atrás del coche.

Les pone la correa para evitar que alguno se vaya corriendo.

Entra en la consulta del veterinario con los perros alrededor de las piernas. Pasa por la sala de espera y luego por el rincón por delante de la oficina y el consultorio.

Anette abre la puerta del quirófano.

Oye el jadeo y el ruido de sus pezuñas que estresadas repiquetean y resbalan en el suelo. Se lían las correas de uno y otro. Lisa estira e intenta deshacer el lío a la vez que sigue andando hacia aquella sala. «Venga, adentro.»

Por fin han llegado a la horrible sala con su horrible suelo de plástico de color rojo y las paredes marrones jaspeadas. Lisa se da un golpe en el muslo con la mesa negra de operaciones. Todas las pezuñas que han dejado el suelo arañado hacen que la suciedad se introduzca en el linóleo de manera que ya no se puede dejar limpio. Se ha creado como un sendero de color granate desde la puerta y alrededor de la mesa. En uno de los armarios de la pared hay pegado un cartel horrible con una niña en un mar de flores sujetando a un tierno cachorro en los brazos. El reloj de pared tiene un texto que se sale de la esfera entre las diez y las dos: «Ha llegado el momento.»

La puerta se cierra detrás de Anette.

Lisa les quita las correas.

– Empezaremos con Bruno -dice Lisa-. Como es el más tozudo será el último en acostarse. Ya lo sabes.

Anette asiente con la cabeza. Mientras Lisa acaricia a Bruno sobre las orejas y el pecho, Anette le pone una inyección con calmante en el músculo de la pata derecha delantera.

– ¿Eres mi niño bonito? -pregunta Lisa.

El perro la mira. Directamente a los ojos aunque no es natural en los perros. Después aparta rápidamente la mirada. Bruno es un perro que mantiene las formas. Al jefe de la manada no se le mira directamente a los ojos.

– Éste es un señor paciente -comenta Anette y le da una palmada cuando ha acabado.

Al cabo de poco rato Lisa está sentada allí. En el suelo debajo de la ventana. El radiador le arde en la espalda. Spy-Morris, Bruno, Karelin y Majken están medio dormidos en el suelo a su alrededor. Tiene la cabeza de Majken sobre uno de los muslos, Spy-Morris sobre el otro. Anette empuja a Bruno y a Karelin para acercarlos a Lisa de manera que llegue a todos.

No hay palabras. Sólo un desagradable dolor en la garganta. Sus cuerpos calientes entre sus manos.

«Cómo me habéis podido querer», piensa.

Ella que es tan desesperadamente dura por dentro. Pero el amor de los perros es sencillo. Corren por el bosque, están contentos, se tumban junto a ella y se dan calor unos a otros. Se tiran pedos y están a gusto.