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»Pero me olvidé de la funda de cuero. Estaba en el cajón de mi alcoba. ¿Es posible que la policía se preocupe de ella ahora?

—Quizá —dijo Enriqueta—. Más vale que me la des y yo me la llevaré.

Una vez dejes de tenerla en tu poder, estarás completamente segura. No correrás ya ningún peligro.

Se sentó. Se sentía de pronto, inexplicablemente, cansada.

Dijo Gerda:

—No pareces encontrarte muy bien. Estaba haciendo té en el momento en que llegaste.

Salió del cuarto. Regresó a los pocos momentos con una bandeja. En ella había una tetera, una jícara con leche y dos tazas. La jícara se había vertido algo porque estaba demasiado llena. Gerda soltó la bandeja, sirvió una taza de té y se la dio a Enriqueta.

—¡Oh! —exclamó consternada—. ¡No creo que estuviera hirviendo el agua!

—No te preocupes —dijo Enriqueta—. Ve a buscar la funda, Gerda.

Gerda vaciló y fuego salió del cuarto. Enriqueta se inclinó hacia delante, colocó los brazos sobre la mesa y descansó en ellos la cabeza. Estaba tan cansada... tan terriblemente cansada... Pero ya estaba hecho todo casi. Gerda no corría peligro. Estaría segura, como Juan había querido que estuviese.

Se irguió, se apartó el cabello de la frente, y atrajo la taza hacia sí. Luego, al oír un ruido junto a la puerta, alzó la cabeza. Gerda había sido rápida por una vez, quizá la primera vez de su vida.

Pero no era ella, sino Hércules Poirot quien se hallaba en el umbral.

—La puerta de la calle estaba abierta —observó, avanzando hacia la mesa—; conque me tomé la libertad de entrar.

Enriqueta exhaló un suspiro.

—Comprendo —dijo—, era de esperar que hiciera usted una cosa así.

—No debiera usted beber ese té —dijo Poirot, quitándole la taza y volviendo a ponerla en la bandeja—. Un té que no se ha hecho con agua hirviendo no está en condiciones de que se beba.

—¿Importa, en realidad, una pequeñez como ésa del agua hirviendo?

Poirot dijo con dulzura:

—Todo importa.

Se oyó un ruido detrás de él. y Gerda entró en el cuarto.

Tenía una bolsa de labor en la mano. Su mirada pasó del rostro de Poirot al de Enriqueta.

—Me temo, Gerda, que debo ser una mujer sospechosa. Monsieur Poirot parece haberme estado siguiendo. Cree que maté yo a Juan..., pero no puede demostrarlo.

Habló despacio y deliberadamente. Mientras Gerda no se delatara a sí misma...

Gerda dijo vagamente:

—¡Cuánto lo siento! ¿Quiere usted tomar una taza de té, monsieur Poirot?

—No, gracias, madame.

Gerda se sentó junto a la bandeja. Empezó a hablar en el mismo tono de excusa de siempre.

—¡Cuánto siento que esté todo el mundo fuera! Mi hermana y los niños se han ido de merienda. Yo no me sentía muy bien; conque me dejaron atrás.

—Lo siento, madame.

Gerda alzó una de las tazas de té y bebió.

—Es todo tan molesto.. Me preocupa tanto todo... Y es que Juan arreglaba todo siempre. Y ahora Juan ha muerto...

Se apagó su voz. Mas volvió a repetir:

—Juan ha muerto.

Su mirada, lastimera, aturdida, pasó de uno a otro.

—No sé qué hacer sin Juan. Juan me cuidaba. Juan se encargaba de todo. Ahora que él no está, todo se ha ido con él. Y los niños... me hacen preguntas, y yo no puedo contestarles bien. No sé qué decirle a Terry. No nace más que preguntar: «¿Por qué mataron a papá?» Algún día, claro está, descubrirá por qué. Terry tiene siempre que saber. Lo que me intriga es que siempre pregunta por qué y no quién.

Gerda se retrepó en su asiento. Tenía los labios muy azules.

—Dijo con cierta rigidez:

—Me siento... no muy bien. Si Juan... Juan...

Poirot corrió a ella y la acomodó, de lado, en la silla. La cabeza de Gerda cayó hacia delante, Poirot se inclinó y le alzó un párpado. Luego se irguió.

—Una muerte fácil, y relativamente sin dolor.

Enriqueta le miró boquiabierta.

—¿El corazón? No —le dio un vuelco el corazón—. Algo que había en el té. Algo que metió ella misma. ¿Escogió esa solución?

Poirot sacudió la cabeza negativamente.

—¡Oh, no!; la escogió para usted. Era la taza de usted.

—¿Para mí? —exclamó Enriqueta con incredulidad—. ¡Si yo estaba intentando ayudarla!

—Eso no importa. ¿No ha visto usted lo que hace el perro que se ve cogido en una trampa? Le mete el diente a cualquiera que le toque. Ella sólo vio que conocía usted su secreto y que, por consiguiente, usted debía morir también.

Enriqueta dijo muy despacio:

—Y usted me obligó a poner la taza otra vez en la bandeja.. Tenía usted la intención... la intención de que ella...

Poirot la interrumpió serenamente:

—No, no, mademoiselle. Yo no sabía que hubiese nada en su taza. Sólo sabía que pudiera haber algo. Y, una vez colocada la taza en la bandeja, igual probabilidad había de que bebiera de una taza como de la otra. Era cuestión de suerte... si es que a eso se le puede llamar suerte. Yo personalmente digo que un fin como éste es misericordioso. Para ella... y para dos niños inocentes.

Le dijo con dulzura a Enriqueta:

—Está usted muy cansada, ¿verdad?

Ella movió afirmativamente la cabeza. Le preguntó sorprendida:

—¿Cuándo adivinó la verdad?

—No lo sé con exactitud. La escena estaba preparada: esa impresión la tuve desde el primer momento. Pero tardé en darme cuenta de que quien la había preparado era Gerda Christow... que su actitud olía a comedia porque, en realidad, estaba desempeñando un papel. Me intrigó la sencillez y, al propio tiempo, la complejidad. Comprendí bastante pronto que contra lo que estaba yo luchando era contra el ingenio de usted... y que sus parientes habían empezado a ayudarla no bien comprendieron lo que usted deseaba que se hiciese.

Hizo una pausa y preguntó:

—¿Por qué quería usted que se hiciera?

—¡Porque Juan me lo pidió! Eso es lo que quiso decir al pronunciar mi nombre en la agonía. Todo estaba allí, en esa palabra. Me estaba pidiendo que protegiese a Gerda. Porque ¿sabe?, Juan amaba a Gerda. Yo creo que amaba a Gerda mucho más de lo que él mismo llegó a darse cuenta jamás. Más que a Verónica Cray. Más que a mí. Gerda le pertenecía. Y a Juan le gustaban las cosas que le pertenecían. Sabía que si alguien era capaz de salvar a Gerda de las consecuencias de lo que había hecho ese alguien era yo. Y sabía que yo haría cualquier cosa que me pidiese, porque yo le amaba.

—Y empezó usted inmediatamente —dijo Poirot con hosquedad.

—Sí; lo primero que se me ocurrió fue quitarle aquel revólver y dejarlo caer en la piscina. Eso estropearía la identificación por medio de huellas dactilares. Cuando descubrí más tarde que le habían matado con un arma distinta, salí a buscarla, y, como es natural, la encontré inmediatamente porque sabía la clase de sitio que escogería Gerda para esconderla. Sólo me anticipé un minuto o dos a los agentes del inspector Grange.