Una y otra vez.
En ese momento, mientras abarcaba las piernas con los brazos y las apretaba con fuerza a la espera de que se le secaran las ropas, estaba recordando la noche en que permanecía sentada frente a un fuego diferente a ése, con Moira, en la fría habitación de su pensión londinense, hablando del anuncio de la superintendente Nightingale de viajar al frente de batalla de Crimea junto a un grupo de enfermeras voluntarias.
Sinclair se llevó la mano a la boca cuando empezó a toser. Eleanor le acarició la frente con sus dedos todavía rígidos. Fue el hábito, su segunda naturaleza, lo que le llevó a hacerlo, pues había repetido ese gesto muchas veces con los soldados agonizantes que yacían tendidos en los hospitales de campaña instalados en Scutari y Balaclava. Copley alzó los salvajes ojos bordeados de rojo.
– Esto… ¿Tú estás…? ¿Estás bien? -Eligió la palabra ‹bien› a falta de otro término mejor.
– Lo estoy -contestó la interpelada, sin saber muy bien qué otra cosa podía decir. Daba la impresión de estar viva a pesar de su desorientación y de seguir helada hasta el tuétano por muy pegada que permaneciera al calefactor. Y débil, también estaba débil, tenía el apetito normal y percibía también el otro, el innombrable.
Le cruzó por la mente la posibilidad de morir otra vez, y pronto además, y se preguntó si esta vez lo sentiría de un modo diferente.
No podía ser peor.
Sinclair recorrió la habitación con la mirada, y ella le imitó. Una criatura semejante a una araña de gran tamaño intentaba escapar trepando por el cristal de una jarra llena de agua e iluminada por un brillo púrpura. Había tableros grandes como los de una mesa de caballetes encima de los cuales descansaban unas vasijas con forma de escudillas, y delante de un taburete vieron un aparato de metal negro junto a una gran caja blanca, y delante de estos dos objetos vieron una botella de vino. Él se levantó de un brinco.
Tomó la botella, frotó la etiqueta con la manga de su camisa blanca y la examinó con atención.
– ¿Es una de…? -preguntó ella.
– No estoy seguro -contestó Sinclair mientras retorció el tapón para descorcharla. La olisqueó y retrocedió.
Y ella intuyó que era una de sus botellas.
Sinclair iba descalzo, por lo cual volvió junto a Eleanor sin hacer ruido y puso la botella entre ellos dos con un ademán similar al de papá pájaro cuando acude al nidal con comida para los polluelos. Esperó a que ella tomara la botella, pero la muchacha no fue capaz. Resultaba demasiado horrible haber despertado del sueño después de tanto tiempo, no, sueño no, de la pesadilla, sólo para verse inmersa en el mismo barrizal donde se había quedado. La botella estaba ante ella como un recuerdo ominoso, un memento mori. Representaba la muerte y al mismo tiempo, siempre que ella estuviera lo bastante desesperada para aceptar, también significaba la vida. ¿Era la misma que él le llevaba a los labios a bordo del Coventry? De ser así, ¿cómo había llegado a parar a ese lugar tan extraño? ¿No les habían encadenado a ellos dos para luego arrojarlos al enfurecido océano? Y después…
Frenó en seco el hilo de sus cavilaciones, lo hizo de forma radical, como unos caballos sofrenados por un brusco tirón de riendas. No podía pensar en ello, no podía permitírselo. Había controlado férreamente su mente durante mucho tiempo y podía seguir haciéndolo. Debía guiar sus pensamientos, controlarlos, reprenderlos incluso en el caso de que llegaran a desmandarse, como si fueran niños desobedientes. Obrar de cualquier otro modo sería abrirle la puerta a la locura.
Y eso si no se había vuelto loca ya.
– Debes hacerlo -le urgió Sinclair mientras le tendía la botella.
– ¿Y qué pasa si después de todo este tiempo…? -preguntó Eleanor, insegura.
– ¿Qué? ¿Qué ocurre si todo ha cambiado después de todo este tiempo?
– Tal vez sea posible que…
– ¿Qué qué? ¿Qué Dios vuelva a estar en los cielos, nos encontramos a salvo en nuestras casas e Inglaterra gobierne los mares?
El fuego de siempre volvía a arder de nuevo en los ojos de Sinclair. Todo el tiempo pasado en el océano, en el hielo, no había mitigado en nada su ardor ni su ira. ‹No pienses en eso ni le permitas entrar›, caviló ella al ver que no se había apagado esa llama malévola prendida en Crimea. Enfrente no estaba el teniente Copley, ése que se había hecho a la mar con su regimiento de lanceros en busca de gloria, sino el que habían hallado entre los muertos cubierto de sangre y barro, agonizante en un campo de batalla a la luz de la luna llena.
– ¿Prefieres que la pruebe yo primero? -inquirió.
La luz anaranjada del calefactor le iluminaba el semblante. Sinclair reaccionó ante su silencio: alzó la botella, echó hacia atrás la cabeza y le dio un sorbo. La nuez de Adán subió y bajó varias veces mientras él tragaba; luego volvió a echarse hacia atrás. Farfulló y respiró de forma entrecortada antes de llevarse la botella a los labios, y cuando la retiró, el bigotillo castaño había adquirido el color de una magulladura.
– Toma -dijo él con una sonrisa que mostró los dientes, también manchados-, está perfecta.
– Lo que necesitamos es comida y agua -repuso ella, pero aun así, los ojos se le fueron a la botella-, comida caliente y agua fresca.
– Hablas como si fueras la Nightingale -se mofó Sinclair-. Tendremos que procurarnos esas cosas, pero sabes tan bien como yo que necesitamos más que eso.
La joven sabía en el fondo de su corazón que él se hallaba en lo cierto, o al menos antes había sido así, pero ¿no podía ser posible que se les hubiera levantado la maldición? ¿No era posible que, además de ese extraño milagro que los había liberado de su encadenamiento, se hubiera obrado otro prodigio más? ¿Seguía siendo necesaria esa horrenda sustancia que tenía ante ella?
– No sabemos dónde estamos ni qué nos aguarda ahí fuera -continuó Sinclair en voz baja. Ahora se dirigía a ella con una voz más razonable, pero Eleanor se había acostumbrado a esos bruscos cambios de humor de su compañero. Los había detectado incluso en las cartas que le había escrito-. Me parece que debemos aprovechar nuestras ventajas cuando y como se nos presenten -insistió al tiempo que señalaba a la botella con la mirada.
Eleanor cambió de postura en el suelo a fin de que se le secara otra parte del vestido. Le preocupaba cuánto tiempo iba a pasar antes de ser descubiertos.
– ¿No podemos llevárnosla con nosotros, vayamos donde vayamos, y ya está?
– Sí, pero ya nos la quitaron una vez, ¿a que sí? -replicó él. La joven advirtió que él volvía a montar en cólera-. Podrían arrebatárnosla de nuevo.
Él tenía razón, por supuesto, y ella estaba a punto de ceder, pero aun así, su espíritu se resistía a admitirlo.
Sinclair aferró la botella y dio otro trago, ya fuera para reforzar su argumento o porque realmente lo necesitaba. Ella tenía la garganta reseca como una lija y notó cómo se le tensaban los músculos del cuello y se le humedecían las palmas de las manos, que acababan de secarse junto al radiador. Entonces comenzaron a latirle las sienes, como un lejano redoble de tambores.
– Lo menos que puedes hacer después de todo este tiempo es besarme -sugirió él.
El pelo rubio despeinado y greñudo refulgía al intenso resplandor de ese extraño calefactor. Tenía abierto el cuello de la camisa blanca, dejando entrever la garganta, donde había caído una gota roja de la botella. ‹Que el Señor me ayude, me muero de ganas de lamer esa sangre›, pensó mientras sin querer presionaba la parte posterior de los dientes con la lengua.
– Como diría tu amiga Moira -insistió-, ¿no vas a besarme por los viejos tiempos?
– No voy a hacerlo por eso -repuso ella-, pero lo haré… por amor.
La botella quedó entre ellos cuando se inclinaron hacia delante y sus bocas se encontraron; al principio el beso fue un roce casto, pero entonces ella saboreó la sangre pegada a los labios de Sinclair.