Los coches se habían detenido finalmente junto al cruce del mercado, estando toda la zona acordonada por la policía, y la muchedumbre formó un circulo alrededor de los vehículos. Un agente ayudó al anciano político a salir del Rover y después de haberse cerrado la portezuela tras de él y se erguía para asumir su esbelta actitud familiar, con una mano en el bastón, la otra levantada en ademán de saludo y el rostro distendido en una sonrisa, parte de la muchedumbre saltó por los aires casi arrollando al coche, mientras una bola de fuego surgía en el centro de la explosión, desplazándose primero hacia adelante y luego hinchándose hacia fuera. Todo había sido captado por las cámaras, con lo que el público no se perdió ni un detalle.
– ¡Dios mío! -exclamó M por lo bajo-. Ha sido obra de verdaderos diablos. A veces pienso que esa gente hace estas cosas sólo por ganas de causar estragos.
Aunque con el paso de los años tanto Bond como Tanner habían visto carnicerías y destrozos de todo género, ambos se sentían trastornados.
Cuando todo hubo pasado, los tres hombres sufrían una visible alteración. M se sobresaltó al sonar el timbre del intercomunicador; pronunció unas palabras, escuchó y volvió a hablar.
– Mándele entrar enseguida -ordenó por el micrófono y, luego de haberlo colgado, miró a Tanner y a Bond-. Bailey, de la Sección Especial, está aquí. Dice que tiene información urgente para nosotros.
El superintendente jefe mostraba el mismo aire afligido que parecía afectarlos a todos. M le indicó un asiento.
– Nadie se ha responsabilizado del hecho -declaró Bailey con aire fatigado-. Todavía no sabemos cómo ha sucedido. Ninguno de los grupos terroristas ha dicho una palabra por teléfono y ni siquiera se han recibido las consabidas llamadas falsas. Por regla genera alguien comunica con nosotros en el plazo de una hora. Es preocupante. Si quieren que les diga la verdad, no creo que se trate de un acto aislado.
– Yo puedo decirles quién lo hizo -anunció Bond voz tranquila-. Lo que quisiera saber es cómo lo llevaron a cabo. Esa bomba ¿fue arrojada, disparada o colocada de antemano?
– ¿Quién lo hizo? -preguntaron a un tiempo M, Tanner y Bailey.
– Estaba a punto de pasar un par de cintas para M, cuando dieron la noticia por televisión.
M tenía un aire irritado.
– ¿Por qué no lo dijo antes, Bond? Su información es esencial para iniciar las investigaciones.
– Lo han hecho los de la Sociedad de los Humildes -declaró Bond escuetamente.
Todos escucharon mientras en el magnetófono iba sonando la infernal voz de Trilby Shrivenham al proferir su extraña y maléfica profecía. A ello siguió la conversación de tono más concreto con el herido en el asalto a la casa de Kilburn.
– Este sabia, o mejor dicho, sabe, muchos más detalles y se le debe hacer cantar -opinó luego de haber pasado las dos grabaciones-. Lo de Trilby es diferente. Porque en ella habla sólo su subconsciente.
Continuó explicándoles lo que Molony le había manifestado sobre la posibilidad de que Trilby no estuviera en condiciones de recordar nada, una vez le eliminara la sobredosis de drogas aún presente en su organismo.
– Si han sido los Humildes debemos iniciar nuestras operaciones enseguida -declaró M sin traza alguna ya de mal humor-. Lo mejor será actuar de manera combinada: la Sección Especial, la policía, nosotros y los Cinco.
– Y los norteamericanos, señor -añadió Tanner-. Porque ese Valentine está siendo buscado por nuestros queridos primos. Es, pues, razonable que también participen. Al menos así lo creo.
– Supongo que no queda más remedio. Sí. Aunque ya saben ustedes mi opinión sobre…
Todos estaban seguros de lo que iba a decir, pero el teléfono lo interrumpió. Tomó el instrumento, escuchó las palabras de Moneypenny y exclamó:
– ¡Ah, sí! Comprendo. Póngame con él, por favor.
Su tono era ahora distinto. Bond y Tanner cambiaron una mirada, y Bailey levantó las cejas. La conversación continuó durante seis o siete minutos. Nadie abrigaba duda alguna respecto a la identidad del comunicante.
– Sí, señor primer ministro, sí. Creo que sabemos algo. Pero se trata de un asunto muy complicado… Desde luego…, sí, por supuesto… La acción se iniciará en seguida e informaré a medianoche. Muy bien. Ahí estaré, señor primer ministro. -Colgó el auricular, miró a su alrededor airadamente, casi con una churchilliana expresión de beligerancia y anunció-: Era el primer ministro. – Tanner disimuló un resoplido de burla ante aquella declaración de lo que era evidente. Pero M estaba hablando otra vez sin permitir que nadie metiera baza en el tema-. Vamos a organizar una operación conjunta. Aun cuando nos encontremos en plenas elecciones generales, el primer ministro va a reunir al COBRA. Estaré allí a medianoche.
El COBRA es un comité especial que toma su nombre del Cabinet Office Briefing Room, o Departamento de Información del Consejo de Ministros y que consta normalmente del ministro del Interior como presidente, el secretario del Cabinet Office y varios miembros más, en su mayoría representando a los ministerios del Interior y de Asuntos Exteriores, al M15, al Servicio de Inteligencia, a la Policía Metropolitana y al Ministerio de Defensa. Posee atribuciones para asimilar a miembros de otros departamentos o servicios, en especial cuando el comité se reúne para tratar de alguna amenaza terrorista.
– Como aquí intervienen también intereses norteamericanos -continuó M-, propongo operar en combinación con nuestro primo Wolkovsky. Así no nos causará problemas. Y como al parecer tenemos ya todas las pistas voy a pedirle, Bond, que siga la de ese peligroso y malvado Valentine o Scorpius y descubra su nido de serpientes asesinas: los miembros de la Sociedad de los Humildes. Puede pedir cuanta ayuda desee. No insistiré lo suficiente en que se trata de una designación a la desesperada.
– ¿Por dónde empiezo, señor? Ni siquiera sabemos cómo llevaron a cabo el hecho.
Miró a Bailey, quien se limitó a encogerse de hombros y a explicar que el forense y sus ayudantes estaban allí junto con el C13; o sea, el escuadrón antiterrorista. En cuanto hubiera más noticias las comunicarían.
– Ya han visto las grabaciones de la tele -añadió-. Cuentan todo lo que ya sabemos. En estos momentos están siendo sometidas a análisis.
– Mire hasta debajo de las piedras -insistió M, hablando con Bond un poco impetuosamente-. Llévese a quien quiera. Pero por el honor del servicio y también del país acabe con ellos ¿me ha entendido?
Bond se dijo que también por los millones más que representaría en el voto secreto. Pero luego se sintió avergonzado por semejante idea. Porque M era un funcionario eficiente, capaz de dejarse hacer pedazos por su país. Aquella acción terrible de matar a un anciano político, querido y respetado por todos y a un grupo de inocentes espectadores, estaba siendo interpretado como posible inicio de una serie de atrocidades aun mayores o quizá de una campaña en toda regla encaminada a perturbar las elecciones generales. Cualesquiera que fuesen los otros motivos que impulsaran a M, no cabía duda de que su preocupación principal consistía en arrancar de raíz y destruir aquella fuente de maldad que se había instalado en el país bajo el disfraz de una organización moral, religiosa y amante de la paz.
– ¿No ha vuelto todavía Pearlman, señor? -preguntó Bond.
M hizo una señal de asentimiento.
– Sí, pero aún no he escuchado su informe.