Bond no dijo que él también necesitaría dormir un poco aunque empezó a poner manos a la obra en cuanto Wolkovsky estuvo de regreso con la noticia de que todo había sido aceptado por Washington.
– Ya están enviando un télex en clave confirmando su aprobación para que la joven Horner trabaje con ustedes -anunció Wolkovsky. Y volviéndose hacia Bond añadió-: Tiene suerte: esa chica es un bombón.
– Cuando dije que usted ya sabía lo que pasaba tuve razón -manifestó M con una cara que hacia evocar la inmensidad de Siberia o, mejor aún, el campamento número diecinueve de Lesnoy en el llamado Dubrovlag.
– ¡Okey! -exclamó Wolkovsky hundiéndose en un sillón y estirando sus largas piernas. Bond se dijo que aquel hombre debía resultar muy atractivo para las mujeres, con su alta estatura, sus modales engañosamente tranquilos, su rostro bronceado, su pelo decolorado por el sol, sus asombrosos ojos azules muy parecidos a los de Bond y sus labios casi siempre entreabiertos en una permanente sonrisa. Nada parecía afectar a David Wolkovsky.
– Usted gana -reconoció levantando ambas manos-. Pero yo no tomé parte en el asunto, si bien toda esta condenada cuestión pasó por mi despacho. Si quiere que le diga la verdad, advertí a la Oficina de Impuestos que se procurase el permiso de ustedes. Pero es evidente que no lo hicieron. Vi el expediente de la Horner cuando 11egó al país. ¿Quiere que hable con el embajador?
– Dejémoslo por el momento. -M dirigió a Bond la más autoritaria de sus miradas-. Lo que importa no es que Wolkovsky esté presente, sino que el santo y seña para su operación es «Harvester», y que espero que la «cosecha» sea buena. Y ahora llévese abajo al señor Wolkovsky para que vea a la señorita Horner. -Su mirada relampagueó al fijarla en David-. En cuanto a usted, más vale que vuelva enseguida. Iremos al COBRA y esperemos que acepten sin más problemas su asimilación a nuestras tareas.
Se levantaron y Wolkovsky hizo una breve y burlona reverencia. Conforme se marchaban, M llamó de nuevo a Bond.
– No se olvide James de que tendrá todo cuanto necesite. Estoy haciendo circular la clave «Harvester» a todas las secciones. Sabrán que usted es quien manda. ¡Por el amor de Dios, póngalos en movimiento si es posible antes de que ocurra algo más!
La entrevista entre Harriett Horner y Wolkovsky fue breve. Bond se excusó a los cinco minutos diciendo que «tenía que ir a ver a alguien sobre asuntos de seguridad». Luego de haber dicho todo cuanto consideraban necesario, Harriett podía marcharse, así es que a su regreso junto a ellos Bond sugirió que Wolkovsky volviera arriba.
– La veré en su casa, Harriett -dijo a ésta-. Y ahora quiero que descanse todo lo posible. Ya he preparado una buena vigilancia para su piso. Nadie se va a acercar por allí durante la noche. Se lo aseguro.
– ¡0h! -exclamó ella haciendo un leve mohín de fingido disgusto-. Esperaba que al menos usted lo intentara, James.
Él sonrió a la vez que ponía una mano sobre su hombro izquierdo.
– Gracias por su confianza, Harriett, pero necesito descansar.
La llevó otra vez en el coche al atractivo bloque residencial cercano a Abingdon Road en Kensington y subió con ella, deseoso de asegurarse de que no había nadie rondando por el edificio o por el piso.
Todo estaba tranquilo; nadie a la vista. El piso era pequeño y agradable. Aunque lo tenía en alquiler, Harriett había logrado conferirle el sello de su propio buen gusto y personalidad. Había muchas cosas graciosas, como un juego de jarritos con el escudo de la KGB y un cartel que proclamaba: «Sea precavido. No hable con nadie de cuestiones navales, militares o aéreas.» Junto a aquellas divertidas menudencias, la mayor parte de las cuales se encontraban en la zona de la cocina, vio también dos hermosos grabados que debían de pertenecer a la joven porque ningún arrendador hubiera dejado en un piso de alquiler El sombrero de paja de Hockney o El hombre giróvago VII, de Frink.
Fue pasando de una habitación a otra -el piso tenía cuatro- con el pretexto de comprobar si había alguna señal sospechosa, pero en realidad pensando que se puede averiguar mucho acerca del carácter de una mujer por el modo en que vive. Al parecer, Harriett Horner era limpia, original, de buen gusto y, casi seguro, muy eficiente en su trabajo como agente encubierto de la Oficina de Impuestos. En el dormitorio todo expresaba femineidad, desde las sábanas bien alisadas y las almohadas rosa, al camisón de dormir de broderie anglaise, puesto a los pies de la cama, el montoncito de ropas interiores Reger recién lavadas y plegadas sobre una silla, dispuestas para ser guardadas, los productos de cosmética Clinique y varios perfumes sobre el tocador. Una de las puertas del armario estaba abierta y Bond, apartando las ropas hacia un 1ado, se aseguró de que no hubiera nadie escondido allí dentro. Se dijo que el salario de la joven, o mejor dicho, los gastos que ocasionaba su misión, debían de ser excepcionales a juzgar por la calidad y los nombres de las firmas de donde procedían aquellas ropas. Anteriormente aquel mismo día no había podido menos de admirar el severo y atractivo vestido negro que la joven llevaba, así como el reloj Kutchinsky en su muñeca izquierda.
Al salir del dormitorio percibió un ejemplar de Doctor Frigo, de Eric Ambler, puesto encima del triste y poco atractivo Spycatcher, y se dijo que Harriett los había colocado en el orden debido. Miró también el teléfono y pudo ver que su número estaba cubierto cuidadosamente con un trocito de papel engomado.
– Me parece que todo está en orden -declaró finalmente.
– ¿Le apetece una copa? ¿Un café? -preguntó ella en un tono indicador de que pensaba ponerse ropas más cómodas mientras Bond preparaba las bebidas.
Pero él movió la cabeza negativamente.
– Nos espera un día muy duro, Harriett. Y quiero que los dos estemos frescos y dispuestos para la acción.
– ¿A dónde vamos a ir, James? -Se acercó tanto a Bond que éste pudo percibir otra vez el olor de su pelo. Pero ahora toda traza de cordita había desaparecido, quedando reemplazada por algo mucho más fragante. Se preguntó en silencio de dónde habría sacado aquel perfume.
– En primer lugar, lo mejor será que el hombre que va a trabajar con nosotros nos lleve a efectuar un recorrido turístico por el último lugar que los Humildes utilizaron como domicilio. Está en Berkshire, cerca de Pangbourne.
– De acuerdo.
Su voz sonaba entrecortada y de repente la al parecer imperturbable señorita Horner apretó la cara contra el hombro de él y empezó a llorar, estrechándolo con fuerza.
Casi sin darse cuenta, Bond la atrajo hacia él y enseguida notó cómo su cuerpo reaccionaba ante la presión de aquellos senos y de aquellos muslos. Le dio unos golpecitos cariñosos en la espalda al tiempo que murmuraba en su oído:
– ¡Vamos, vamos, Harriett! ¿Qué le pasa? ¡Harriett!, ¿a qué viene todo esto?
Sin dejar de sollozar, ella lo arrastró hacia el sofá de color granate. Seguía pegada a Bond mientras él se sentía como un imbécil emitiendo susurros distantes.
Finalmente, a los diez o quince minutos, Harriett pareció recobrar la calma y, apartándose de Bond, tragó saliva varias veces al tiempo que se secaba los ojos con el dorso de la mano.
– Lo siento, James -lamentó con un hilo de voz.
Bond se dijo que aquella joven estaba profundamente trastornada o era una buena actriz. Tenía la cara enrojecida y el maquillaje de los ojos le corría por las mejillas en negros y sinuosos manchurrones. Su nariz estaba también húmeda y encarnada. Se levantó y entró en el dormitorio para volver de allí provista de una caja de pañuelos de papel con los que empezó a limpiarse la cara.