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Continuaron en silencio, pasando por las afueras de Guildford y ascendiendo la larga carretera doble que llevaba a Hog's Back. A su izquierda, la catedral de Guildford destacaba contra el cielo. Un cuarto de hora después Bond tomó la curva de Hog's Back y minutos después sus documentos eran comprobados por los agentes de seguridad apostados a la puerta de la clínica. Como de costumbre, había dos hombres de servicio en la caseta mientras, según sabía muy bien Bond, otra pareja operaba la red de cámaras de circuito cerrado que asestaban sus miradas escudriñadoras por todo el ámbito de la clínica, tanto dentro como fuera.

Una ambulancia y tres o cuatro coches estaban aparcados junto a la reja, justo a la derecha del edificio principal de estructura baja y color blanco. Notó que el Lancia de sir James Molony se encontraba también allí, muy limpio y reluciente bajo el débil sol que luchaba con las nubes en un esfuerzo para crear un día de primavera aceptable.

El mostrador de recepción estaba atendido por un antiguo miembro del Comando 42 de los reales marinos; un hombre que, según sabía Bond, había sido dado de baja del servicio después de sufrir una herida en la guerra de las Malvinas. Sin haber recibido ninguna indicación, el ex marino levantó el auricular del teléfono interno y empezó a hablar con voz tranquila, comunicando que el grupo procedente de Londres acababa de hacer su entrada para ver a sir James Molony. Todos esperaron en silencio, sentados en la zona de la recepción. Bond se dio cuenta de que Harriett y Pearly parecían nerviosos, con lo que su primera intuición lo siguió atormentando tan dolorosamente como un dolor de muelas.

Pasaron diez minutos antes de que apareciera sir James, muy pulcro y sonriente como si se lavara las manos de todo aquel asunto. Por entonces Bond estaba ya extremadamente tenso y lo primero que se le ocurrió fue pensar en el significado que algunos psiquiatras dan a ciertos extraños movimientos de los dedos: síndrome de Poncio Pilato, señal de culpabilidad que atenaza el subconsciente.

Presentó a la pareja como «sus colegas», sin dar nombre alguno, y Molony estrechó la mano a los dos, llamando «querida» a Harriett y excusándose por haberles hecho esperar.

– Hemos estado con la joven Shrivenham -explicó, dirigiendo una amplia sonrisa a Bond.

– ¿Qué tal se encuentra?

– Mucho mejor de lo que esperábamos. Esta mañana estuvo despierta y perfectamente normal durante varias horas. Luego empeoró un poco y ahora se encuentra de nuevo sumida en el mundo de los sueños. Habrán de transcurrir algunos días, ¿comprenden? Afortunadamente su padre ha regresado a la ciudad. Pero hoy nos visitan dos tíos y su hermano.

Bond levantó rápidamente la mirada.

– No sabía que tuviera un hermano.

– ¡Oh, sí! Tiene un hermano y una hermana. Pero aquí, entre nosotros, ese joven no me gusta nada. Pregunta demasiado. El poseer ciertos conocimientos médicos es un peligro, James. Ese tipo ha estudiado medicina en Oxford, pero le expulsaron y lo dejó.

– Me gustaría cambiar unas palabras con él, cuando hayamos terminado -expresó Bond.

Además de su preocupación por Pearly y Harriett, cierta vaga pero molesta noción empezó a perturbar la mente de Bond, al pensar en el hijo de Shrivenham, es decir, el hermano de Trilby. ¿Quizá algo que había oído o leído acerca de él? Trató de apartar de sí aquella idea para poder concentrarse mejor en la vital operación que llevaban a cabo.

– ¿Y nuestro paciente? -preguntó a sir James Molony.

El especialista sonrió con aire conspiratorio, casi secreto.

– Dispuesto para recibirle. Me figuro que sus colegas tienen ya experiencia en estas cosas, ¿no es así?

– No estoy muy seguro -respondió Bond volviéndose hacia Pearly y Harriett, a quienes preguntó-: ¿Alguno de ustedes ha hecho algún curso sobre interrogatorios ayudándose con drogas?

– Sí -respondió Harriett.

– No -repuso Pearly.

– Bien -aprobó Molony, sonriéndoles. Y añadió dirigiéndose a Bond-: Esto es mucho más complicado que en los antiguos tiempos, cuando nos limitábamos a aplicar pentatol de sodio a los sospechosos. Ahora tenemos sistemas mejores. Hay hipnóticos que dejan despejada la mente y el subconsciente, y el cerebro lúcido. -Se volvió de nuevo hacia Bond -. Supongo que es usted quien 11evará a cabo la tarea, ¿verdad?

– Sí, siempre y cuando usted realice la suya como médico.

– Eso está hecho, muchacho. No hay problema. Se encuentra profundamente dormido. Sólo un rápido pinchazo con el «suero de la verdad», como se le llama en las novelas de espionaje, y quedará a su disposición. -Molony miró a Harriett y a Pearly alternativamente-. En realidad no es tal suero de la verdad. Pero se consiguen resultados muy buenos siempre y cuando se formulen las preguntas adecuadas. -Volvió sus pupilas hacia Bond-. Me figuro que tendrá usted preparadas sus preguntas.

– Así lo espero. ¿Alguien obtuvo de él algún detalle más a su llegada? Como, por ejemplo, su nombre y cosas por el estilo.

– Lo intentaron, pero es como si se hubiera vuelto ciego, sordo y mudo. M está de acuerdo en que éste es el único sistema. Me sentí muy contento cuando me dijo anoche que usted iba a venir.

Bond pensó que aquello lo estropeaba todo y no miró a Pearly ni a Harry, aunque la pareja no habría podido menos de escuchar el comentario. Fueran culpables o no, ahora sabían que les había mentido acerca del repentino cambio de planes. De ser culpables, se sentirían más alerta y de ser inocentes más enfadados. Se produjo una breve pausa y luego Molony indicó que bajaran con él.

Avanzaron a lo largo del pasillo, pasando por delante de la puerta metálica deslizante que daba acceso a la habitación donde se encontraban los miembros del equipo de vigilancia, quienes en aquel momento estarían operando sus cámaras y barriendo con sus objetivos los terrenos circundantes, el patio y las zonas interiores, así como los pasillos y las salidas de la clínica. Probablemente tenían ahora enfocadas sus pantallas en Molony y a sus tres visitantes, y, desde luego, debieron de haberlos seguido desde el Bentley, vigilado en la recepción, e incluso grabado todo cuanto dijeron hasta entonces.

Molony seguía hablando. Le habían impresionado las medidas de seguridad adoptadas al traer al terrorista de Kilburn desde la London Clinic. Describió la operación como «tan fácil como un trasplante de riñón». Sir James era famoso por su uso de términos médicos cuando hablaba con la gente y se decía que en cierta ocasión había escandalizado a los asistentes a una cena al comentar que el budín parecía una vesícula biliar.

Se habían quitado muchos vendajes de la cara del paciente, reemplazándolos por tiritas de esparadrapo. Las cortinas de la ventana estaban corridas y dos lámparas ajustables habían quedado colocadas de tal modo que su luz fuera a dar sobre la cabecera de la cama. Molony señaló una silla junto al paciente.

– Parece como si lo hubiera afeitado un barbero loco, ¿verdad? -preguntó sonriendo de nuevo, conforme Bond se sentaba en la silla.

– Me parece que sobramos aquí -comentó Harriett con un tono ligeramente amoscado, muy cerca de convertirse en colérico.

– Jefe, usted confía en nosotros, ¿verdad? -preguntó Pearlman.

– Desde luego -respondió Bond rápidamente-. Y no sobran aquí. Nada más lejos de la verdad. Harry, usted ha tratado ya a esa gente. En cuanto a Pearly ya se le tomó declaración. Si surge algo que consideren interesante, quiero que me lo digan. Pueden ayudar en nuestro interrogatorio. -Torció un poco el cuerpo para mirar a Harriett-. Fíjese en ese hombre. ¿Lo ha visto alguna vez con anterioridad?