Luego vio los otros horrores: las dos enfermeras, una de espaldas y la otra con las piernas y los brazos extendidos como si hubiera sido arrojada contra la pared y luego echada al suelo sin contemplaciones ni consideración alguna, porque la falda se había arremangado dejándola casi desnuda.
Las dos muchachas habían sido abatidas a tiros, lo que resultaba sorprendente porque no hubo ruido de disparos. Las balas habían seccionado varias arterias, y cuando esto ocurre, la sangre puede proyectarse hasta distancias considerables.
Lo que obsesionaba a Bond era enterarse de si Pearly y Harriett habían contribuido a todo aquello. Quienes simularon ser el hermano y los tíos de Trilby eran seguramente los asesinos. Pero ¿habría ayudado también al crimen el hombre del SAS o la muchacha norteamericana de la Oficina de Impuestos?
Luego vio el otro cadáver boca abajo en la escalera de la clínica y los rojos riachuelos de sangre que se formaban sobre la piedra de los peldaños. Se trataba de un hombre corpulento, de pelo oscuro y bien vestido con un traje convencional negro rayado. ¿Sería uno de los «tíos»? ¿O quizá el «hermano» de Trilby? Pero desde luego no era Pearly.
Desde allí podía ver la caseta de vigilancia y el puesto de comprobación, con la barrera pintada a franjas. Estaba levantada y los cristales de la caseta hechos añicos.
Con la automática aún en la diestra, Bond bajó a toda prisa los escalones que todavía quedaban y, cruzando el patio, se dirigió hacia la garita. Nada podía hacer ya por sus ocupantes. Los dos estaban muertos, uno de ellos todavía sentado detrás de los cristales de la ventanilla, con la delantera del uniforme llena de manchas oscuras. En su cara se pintaba una expresión de terrible sorpresa.
Volviéndose, Bond empezó a retroceder hacia la clínica. Eran varias las cosas que tenía que hacer sin pérdida de tiempo. Conforme caminaba, pudo ver casi sin creerlo el coche de carreras verde Mulsanne Turbo en el mismo lugar en el que lo había estacionado. Sólo la ambulancia se había ido.
Una vez dentro del edificio, limpió un poco la sangre de uno de los teléfonos de la recepción y marcó el número de emergencias. En todas las secciones del servicio había un sistema para casos de apuro, igual que el 999 que sirve para las ambulancias, la policía o los bomberos. El timbre sonaría en la oficina más próxima relacionada con el Servicio de Inteligencia Secreto. Quizá una subestación de la Sección Especial o del Servicio de Inteligencia Militar en alguna base del ejército, la marina o las fuerzas aéreas. En el caso presente fue en una de estas últimas: en las oficinas de la Inteligencia de las Fuerzas Aéreas en Farnborough, escenario de las exhibiciones con aparatos procedentes de todo el mundo y donde tenían lugar también otras actividades como la investigación de accidentes o la prueba de nuevos prototipos. La Royal Air Force está siempre presente en Farnborough y naturalmente hay allí una oficina del Servicio Secreto.
Bond se identificó dando su nombre cifrado; es decir, Predator. Y añadió la clave para la clínica, que era Hospice, y la señal «Flash Red» indicando que se trataba de una emergencia de alto nivel. De este modo se aseguraba de que al poco rato aparecerían en la clínica una unidad de ayuda y fuertes elementos de seguridad.
Aquello, libraba a Bond de toda responsabilidad. No tenía por qué permanecer más tiempo allí. En el breve espacio que tardó en ir desde el teléfono hasta la puerta principal, Londres quedaba informado. Al salir de la cabina telefónica miró los cuerpos tendidos sobre los escalones. A pocos pasos de distancia había una pistola y pudo ver sin necesidad de recogerla que se trataba de una Walther P4; o sea, una Walther Pl normal a la que se había añadido un largo silenciador, consistente en un grueso cilindro que se proyectaba desde el cañón haciendo que la pistola tuviera una longitud tres veces mayor que la normal.
Era una arma eficaz, y aquello explicaba el silencio con el que se había llevado a cabo el ataque. Pensando que lo mejor sería hablar con sir James antes de marcharse, Bond volvió a entrar rápidamente en el edificio. Como el coche seguía allí, podía irse cuando quisiera porque un juego de llaves siempre quedaba en el vehículo dentro de una caja maquética pegada a la trasera bajo el chasis. Aparte de eso, siempre podría recurrir al control remoto.
Junto a Molony y a la enfermera había ahora un enfermero, y todos atendían a Trilby. Sir James, en mangas de camisa, levantó la mirada cuando Bond apareció en el umbral de la puerta.
– Se curará -anunció en el momento de clavar la aguja en el brazo de la joven para ponerle una nueva inyección-. Me temo que nuestro Servicio de Seguridad no comprobó a fondo la identidad de los visitantes.
– Pues lo han pagado bien caro -comentó Bond mirando hacia la enfermera, cuyo marido había sido una de las víctimas. La mujer tenía el rostro nublado por el dolor, pero continuaba cumpliendo con su deber-. Yo sugeriría -añadió Bond- que se convocara a todo el personal para un interrogatorio.
– Ya se ha convocado -contestó la enfermera.
Molony añadió que dos de sus cirujanos estaban en camino hacia allá.
– Me temo que esto no va a servir de gran cosa -observó Bond dando un paso adelante-. Dentro de unos minutos llegará más gente del Servicio de Seguridad. Supongo que ninguno de ustedes habrá tomado el número de la ambulancia que estaba ahí fuera.
El enfermero lo tenía anotado y se lo leyó. Bond le dio las gracias.
– No sé por dónde se habrán ido, pero haremos circular ese número. Creo que usaron el vehículo como medio para escapar rápidamente. Ahora me voy, sir James. Le aconsejaría que vigilara a ese individuo lo más cerca posible, Todo esto puede haber sido una tentativa para liberarlo y llevarse a Trilby al mismo tiempo.
Molony hizo una señal de asentimiento.
– Al parecer los colegas de usted los sorprendieron.
«Podría ser -pensó Bond-. Pero puede ser también que hayan ayudado a esos supuestos parientes y posibles miembros de la Sociedad de los Humildes.»
Dos camiones, tres automóviles y una ambulancia penetraban en el patio conforme Bond salía del edificio. Un oficial de la RAF con el rostro encendido y una pistola en la mano le obligó a pararse y sólo le dejó partir tras haber inspeccionado su documentación y realizado una llamada al teléfono del cuartel general en Regent's Park.
La labor de limpieza había empezado cuando Bond avanzaba hacia su Bentley. Ya había dado el número de la ambulancia al policía de paisano que llegó dándose importancia, mientras el jefe del escuadrón de la RAF interrogaba a 007.
Pensando en la ambulancia, se detuvo un momento para inspeccionar el lugar ahora marcado de blanco donde estuvo estacionada. Al acercarse allí, su pie tropezó con algo… Eran las llaves del Bentley. Habían colgado algo en el llavero que las sostenía: un alfiler de corbata con un pequeño círculo negro en su parte superior. En el círculo estaban grabadas las letras IRS, anagrama de la Oficina de Impuestos, pero tan pequeñas que casi no podían verse a simple vista.
Se dijo que Harriett pudo haber intentado quizá dejar algún mensaje. No queriendo correr riesgos, abrió las puertas y puso en marcha el Bentley usando el control remoto que siempre llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Luego comprobó que no hubiera ningún objeto extraño debajo del vehículo.
Bond sólo se sentó en el asiento del conductor una vez estuvo totalmente seguro de que todo estaba en orden. Tampoco puso en marcha la radio hasta haber recorrido tres millas largas. Sólo entonces llamó al control del cuartel general de Regent's Park.
Primero pasó la información más importante dando detalles sobre la ambulancia, que estaba seguro había sido utilizada por los bandidos para escapar. Luego mencionó rápidamente el número de bajas y dio su opinión sobre las medidas a adoptar en la clínica por el Servicio Oficial de Seguridad. Pidió que le facilitaran cualquier información que pudiera llegarles respecto a la ambulancia y luego hizo una petición final.