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– Con todos los respetos pido permiso para utilizar inmediatamente el Scatter.

Se produjo un largo silencio al otro extremo de la línea, y comprendió que el controlador de servicio estaba pasando un dedo por la larga línea de claves especiales. Sabía que debajo el epígrafe «Scatter» aquel hombre encontraría una frase compuesta de trece palabras: «El permiso para usar el Scatter sólo puede ser concedido por el CSS.» Lo que significaba que nadie en el recinto del radio control sabría lo que era el Scatter tanto si M daba como ni permiso en cuestión.

Sólo M, su superior en el departamento y media docena de funcionarios con facultades para ello podrían identificar al Scatter porque se trataba del lugar de refugio más secreto que el servicio tenía en Londres. Era tan recóndito que sólo se usaba para reuniones de alto nivel entre M y funcionarios que trabajaban en alguna misión reservada. Si Bond requería su uso era porque sabía que allí iba a estar a salvo de los Humildes, quienes con toda seguridad irían ahora tras él durante cierto tiempo. Sabia también que a la caída de la noche, M iría a visitarle y había mil cosas que deseaba discutir con él.

Bond siguió su ruta hasta alcanzar la autopista M4, que le daría un fácil acceso al Scatter. En algún lugar situado al este de la salida del aeropuerto de Heathrow la radio empezó a cobrar vida de nuevo.

– Oddball a Predator. Contésteme, Predator.

Bond practicó su rutina normal en las comunicaciones por radio y pronto recibió la información que esperaba.

– Predator, la ambulancia sobre la que dio detalles anteriormente ha sido encontrada abandonada cerca de Byfleet, en un remoto tramo de carretera. Las señales indican que los ocupantes del coche estaban esperando un relevo. También se observan señales de lucha. Corto.

Bond dio la señal de «Recibido». Quizá había sido demasiado duro con Harriett y Pearly… o al menos con uno de ellos. El acaloramiento que sentía al pensar en ello no le dejaba duda alguna sobre su deseo de que lo hecho por Harriett fuese justificado. Pero luego una idea escalofriante le anonadó… ¿Estaría todavía viva? Porque, según sus usos y costumbres, los Humildes no solían dejar a nadie a salvo una vez haberse declarado enemigo suyo.

Pasó ante Olympia en su ruta hacia Scatter.

En el extremo de la High Street de Kensington, que da a la Earls Court Road, existe un pequeño callejón sin salida que concluye en una pequeña y bonita plaza. En su centro se yergue un árbol y tres partes de la plaza están ocupados por hileras de estrechas casitas georgianas de tres pisos con terraza. El refugio secreto conocido como Scatter se encuentra en la última de la esquina sureste. Está pintada en color crema y tiene una puerta gris y ventanas del mismo color. Las tribunas acristaladas de las dos ventanas del segundo y del último piso se convierten en un estallido de color a mediados de verano. Sólo al acercarse se pueden observar las rejas de metal que protegen las ventanas, sin desentonar mucho de las mismas. La plaza está habitada por gente de buena posición y en todas las casas existen complicados sistemas de seguridad como grandes timbres de alarma de color rojo, visibles en la mayoría de ellas, y aparatos para detectar intentos de robo colocados en los marcos de las ventanas del piso bajo.

Bond aparcó su coche en el espacio disponible según las ordenanzas de los barrios de Kensington y Chelsea, apagó la radio, activó la alarma del coche y se apeó del mismo.

La encargada de Scatter es una tal señora Madeleine Findlay, hija de un viejo colega de M y una de las pocas mujeres atractivas que no reaccionaba ante los encantos de Bond, no obstante los repetidos intentos de éste por interesaría. Según palabras del propio M, era «más silenciosa que una tumba». Dudo que alguna vez alguien pueda grabar su nombre en una lápida.

La señora Findlay abrió y le invitó a entrar.

– Tenemos problemas -empezo.

– ¿Los ignoro yo? -preguntó Bond sentándose en un sillón y colocándose de modo a poder observar todo el perímetro de la plaza a través de las cortinas de gruesa malla.

– Dudo que lo sepa, señor -repuso ella. Llevaba puesto un ligero impermeable y se disponía a salir. Porque la señora Findlay siempre se marchaba de Scatter en cuanto alguien iba a utilizar la casa. Sólo M parecía estar enterado de a dónde iba y de cómo hacerla volver.

– ¿De veras?

– Ha dicho que le llame usted inmediatamente por teléfono. Las llaves están sobre la mesa. Las llaves han sido desconectadas, igual que los aparatos para son et lumière. -Se refería a la instalación para captar conversaciones y grabaciones de vídeo-. Ahora voy a salir. -Le dirigió un esbozo de sonrisa y se alejó, atravesando enseguida la plaza con pasos largos y elásticos: Una mujer con todas las de la ley.

Había dos teléfonos en el estante de una librería junto a la ventana. Parecían idénticos, pero las pocas personas con acceso al Scatter sabían que el de la derecha tenía línea directa hasta M. James Bond marcó un número.

El aparato situado al otro extremo sonó dos veces antes de que M contestara. Inmediatamente los dos se enzarzaron en el habitual intercambio de claves.

– Me alegro de que haya llamado – concedió M, tranquilo.

– La clínica parece un matadero.

– No ha sido el único lugar.

– ¿Ah, no?

– ¡Ah, si!

– ¿Dónde ha ocurrido?

– En Chichester. Cerca de la catedral. El candidato local del Partido Laborista recibía a un antiguo primer ministro de su mismo partido -M dio el nombre.

– ¿Muertos? -preguntó Bond notando una impresión aún mayor que la que durante las últimas horas le habías producido cuanto pudo ver y escuchar.

– Los dos y más de treinta personas entre la muchedumbre. Hay además cuarenta heridos.

– ¿El mismo procedimiento?

– Nos parece que sí. Bailey está aquí conmigo. Mire la televisión y descanse un poco. Yo voy en seguida.

La comunicación se cortó bruscamente. Bond se acercó al enorme televisor en color que estaba al otro extremo de la estancia. Los cuatro canales estaban transmitiendo en directo desde el lugar en el que se había producido el desastre. Pudo distinguir la catedral al fondo de una escena de total desolación muy similar a la producida en Glastonbury la tarde anterior. Los Humildes habían vuelto a las andadas. Si aquello continuaba, la gente acabaría por evitar las aglomeraciones. Las elecciones generales se convertirían en una farsa que era justamente lo que los Humildes estaban deseando…, o si no ellos, quienes les habían pagado para que realizaran aquella tarea demoledora.

Las cámaras se desplazaban en medio del desastre, revelando escenas demasiado frecuentes en aquellos días en que el terror acechaba de formas tan diversas. De pronto una de las cámaras enfocó a unos policías que ayudaban a despejar el tráfico en una zona atascada.

Un enorme Audi había quedado detenido mientras un camión pasaba por delante de él con los costados casi rozando los destrozos. La cámara mantuvo el enfoque durante unos minutos.

Al principio Bond no vio el coche, pero luego sus ojos captaron la cara del pasajero que iba en el asiento delantero. No había duda sobre de quién se trababa porque había estudiado algunas fotografías con sumo cuidado. Allí, sonriendo ante su propia obra, se encontraba nada menos que el propio padre Valentine, mientras que en el asiento trasero, embutida entre dos tipos enormes, pudo captar el destello de una mujer con el rostro blanco como la cera. Harriett Horner estaba prisionera dentro del coche de Scorpius.