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Bond logró fijarse lo suficiente en la matrícula del automóvil para poder memorizarla, y aun cuando en el curso de los años había adquirido una práctica casi legendaria en retener números en la memoria, tuvo que repetirlo mentalmente una y otra vez mientras alargaba la mano hacia el teléfono y empezaba a marcar un número.

14. Engaños y cartas marcadas

M llegó después de oscurecer. Bond ni siquiera miró el reloj porque el tiempo había perdido todo significado para él luego de los horrores que casi constantemente aparecían en la televisión. Tuvo que repetirse que todo aquello era real y no una serie de escenas imaginadas por algún guionista loco.

M parecía viejo y cansado. Bond no podía recordar ningún instante en que su antiguo jefe actuara y hablara de un modo semejante, como un hombre desprovisto repentinamente de vigor, como si le dolieran todos los huesos y tuviera dificultad en emitir las palabras.

M manifestó no haber venido solo.

– He pensado que era mejor poner vigilancia. Hay un equipo en High Street y otro en Earls Court Road, pero ninguno de ellos sabe exactamente dónde me encuentro. Bailey está apostado en la esquina de la plaza. Me pareció una buena precaución dejarle venir.

– ¿Acaso alguien está seguro por completo? -preguntó Bond al tiempo que tomaba el abrigo de M y le servía un whisky que aquél se bebió de un trago alargando enseguida el vaso para que se lo volviera a llenar. Esta vez Bond le vertió una cantidad menor.

Cuando se hubieron acomodado, Bond empezó a hablar exponiendo la teoría que se había formado tras el extraño interrogatorio del hombre que se hacia llamar Ahmed el Kadar, pero cuyo nombre de muerte era Joseph.

M le escuchó en silencio, y cuando la explicación hubo acabado levantó la mirada hacia Bond con una expresión tan fría como las inmensidades árticas, los mares nórdicos y todos los bloques de hielo del mundo.

– ¿Usted lo cree? – preguntó.

– Parece ser la única explicación.

– ¿Es posible que un hombre pueda contar con gente dispuesta a morir por orden suya y actuar como bombas humanas?

– Pues eso me parece que es lo sucedido en Chichester y lo que ciertamente ocurrió también en Glastonbury. Todos los hemos visto.

M hizo una señal de asentimiento.

– Sí, en Chichester ha ocurrido lo mismo. Una mujer joven. Los ataques siempre se llevan a cabo en terrenos abiertos de modo que no es posible examinar con atención a los reunidos. Bailey ha estado con el jefe del departamento y con el comisionado metropolitano. Todos se muestran de acuerdo en proceder a alguna forma de control de la gente durante esos actos electorales, pero ningún procedimiento puede considerarse totalmente seguro. James, ¡en nombre del cielo!, ¿cómo vamos a terminar con esto?

– No tengo idea, señor. Scorpius o Valentine, o como quiera que le llamemos, parece haber puesto en movimiento una máquina de asesinar completa y eficaz. Leyendo entre líneas, el interrogatorio de el Kadar se ve que los Humildes viven en la pureza para la satisfacción personal de Scorpius. La base de su moral pura y sin mácula consiste en evitar la transmisión de cualquier enfermedad venérea y en formar uniones muy estrictas de un hombre y una mujer. Se ve que ése es otro de los dogmas de los Humildes: nada de divorcio. Lo cual parece tener mucho sentido. Una vez la pareja ha producido un niño, uno de los padres al menos, se pueden ofrecer para integrarse en ese ambiente revolucionario y dejarse matar por la causa, sabiendo que tras ellos dejan a otro ser humano que a su debido tiempo obrará de igual modo.

– La muerte sin fin. Amen.

– Exacto, señor. Creen morir por una causa grande y sublime. Alcanzarán el paraíso y, andando el tiempo, el mundo se convertirá también en un paraíso. Si Scorpius está dotado de ese poder de atracción, de ese carisma, de ese fervor y habilidad para conseguir que la gente lo crea, no me extraña que todo le salga bien. Porque existe una multitud de aspirantes en el mundo del terrorismo capaz de reunir fondos y de pagar cantidades enormes por un acto de terror o por una campaña entera.

– A menos de que se lo impidamos sin tardanza y de modo radical, sólo Dios sabe lo que puede ocurrir. -M tenía el aspecto de quien debe soportar un fardo demasiado pesado para él. Suspiró antes de continuar. Su expresión de cansancio era la de un hombre al cabo de sus fuerzas-. Desde luego nos veremos obligados a adoptar medidas restrictivas desagradables con el fin de limitar las campañas. Nada de reuniones públicas sin efectuar antes una inspección a fondo de cada uno de los asistentes. Hay que vigilar también los teatros, los restaurantes y los campos de fútbol. Todo un modo de vida y de libertad toca a su fin.

– ¿Opina usted, pues, que se trata de una campaña?

– ¡Oh, sí! Es una campaña sin ningún género de dudas. Están utilizando el terror y otras cosas que aún no sabemos. O los Humildes han montado su propia campaña para dar al traste con las elecciones, o su jefe está siendo pagado generosamente por hacerlo por encargo de otros.

– Nadie me ha informado todavía respecto a «Terremoto».

– ¿Terremoto? -preguntó M como si no lo entendiera.

– Fue la señal que recibí en mi camino hacia la clínica de Surrey, señor. Recuerde que puso a un grupo en Manderson Hall, Pangbourne, para que colaborara con lo que se suponía que yo estaba haciendo.

– ¡Ah, sí! Se trata de algo que usted no sabe todavía. Hemos atrapado a seis miembros de los Humildes a los que se mantiene en custodia bajo la acusación de usar drogas. Eso nos da la oportunidad de interrogarlos.

– ¿Miembros de los Humildes acusados de drogadictos?

M hizo unos breves signos afirmativos.

– Puse a un equipo de vigilancia y a un par de agentes de Bill Tanner para que vigilaran el lugar desde las cuatro de la mañana. Bailey me prestó además a una pareja de sus policías de paisano. Ellos fueron los que vieron al grupito aproximándose a Ja claridad del amanecer. Cuatro hombres y dos mujeres. Armados y dispuestos a morir. Dispararon un par de tiros cuando el grupo entró sobre las nueve. Parecían buscar a alguien, aunque luego lo negaron afirmando que habían vuelto para recoger unas cosas.

– Pero, según parece, Pearlman había realizado ya un examen minucioso del lugar.

– Pues eso no lo vio. En la parte superior de la casa hay una docena de alojamientos: antiguas viviendas de criados convertidas en dormitorios. Bajo una de las camas se encontró una trampilla que llevaba a lo que para la Sección Antidroga ha sido una verdadera cueva del tesoro: heroína, coca; en fin, de todo.

– Parte del dogma de los Humildes consiste en prescindir del alcohol y de las drogas.

– La impresión que tenemos es que aquello no iba destinado al consumo personal. Una de las chicas admite haber transportado allí cargamentos enteros. Al parecer trataban de usarlo más tarde como incentivo a distribuir gratis entre miembros de los servicios armados. Como hicieron los del Vietcong con el personal estadounidense en Vietnam.

– ¿De qué otras cosas no estoy enterado?

M permaneció silencioso unos segundos y luego, mirando su reloj de pulsera, repuso:

– Todo a su tiempo, James. Nos van a traer a alguien más. Tenemos una segunda o quizá una tercera pista.

– ¿Nada del Audi en que vi a ese hombre? ¿A Scorpius y a la chica de la Oficina de Impuestos?

– Hemos alertado a la policía. Usted tomó bien el número, y hemos estado examinando las cintas magnetofónicas. Me figuro que todos los agentes del país están pendientes de ese coche. Pero, James -M adoptó un aire más familiar al llamar a Bond por su nombre de pila, cosa que sólo solía hacer cuando iba a transmitirle alguna instrucción a la que el otro pudiera negarse. En la presente ocasión, su voz estaba desprovista de la habitual brusquedad en tales casos-, James -repitió-, aun cuando logremos atrapar a ese Scorpius, ¿cómo vamos a destruir el nido de víboras que ha creado?