Выбрать главу

– Me limitaré a señalar las cosas que esta tarjeta puede hacer. Aunque todavía no hemos averiguado si es que realmente lo hicieron, en primer lugar, su simple inserción en un cajero automático electrónico y la pulsación de una secuencia de números puede ponerla en contacto con las unidades centrales de las computadoras de los bancos ingleses más importantes. Piense en lo que eso significa. Equivale a contactar con los datos de todos esos bancos.

»Y a su vez significa también que se pueden desviar dichos datos y manipularlos como se quiera. El aspecto delictivo más evidente de ello es el de que, en teoría, si la tarjeta está correctamente programada por una computadora principal y si se conocen los números de las cuentas de alguna rica institución, es posible pasar electrónicamente, a través de un cajero automático, dinero de esa espléndida cuenta a la de uno mismo o a cualquier otra que se desee. La consecuencia está clara.

– Es decir, que se puede arruinar a cualquiera o convertirle a uno en millonario por un día.

– O al menos durante el tiempo suficiente como para hacerse con el dinero. -Pasó un dedo manicurado por la tarjeta-. Este es un producto electrónico planeado con muy mala idea, James. Su potencial delictivo y su inteligencia son enormes.

– ¿Para qué lo han utilizado hasta la fecha? -preguntó Bond. La bella Q dirigió a M una mirada como si le preguntara: «¿Lo puedo decir?» M hizo una señal de asentimiento.

– Lo más interesante es que la tarjeta de Trilby Shrivenham no ha sido utilizada jamás. Pero creemos que a ella sí la utilizaron… para obtener los números de las cuentas principales de su padre.

– ¿Han estado consiguiendo dinero perteneciente a lord Shrivenham?

– No ha sido así, James -intervino Bill Tanner hablando por vez primera-, sino todo lo contrario. Por una de esas raras coincidencias que pocas veces pasan en la ficción, pero con frecuencia sí en la vida real, el viejo Basil Shrivenham quiso verificar un depósito bancario que había permanecido inactivo durante un par de años, limitándose a acumular intereses. No es muy importante, pero tampoco despreciable. En realidad se trata de una cuenta reservada en su testamento para Trilby. Esta mañana pidió el saldo que debería haber sido de unas doscientas mil libras, y cuando comprobó la cifra rogó que practicaran una comprobación. Se repasó la cuenta y era correcta. Pero el saldo que debería haber sido de un par de cientos de los grandes tenía en su haber cerca de tres millones de libras esterlinas.

– Y todo se llevó a cabo durante la semana pasada por medios electrónicos -añadió M-. ¿Se da usted cuenta, Bond?

El aludido hizo una señal de asentimiento.

– Sí, me doy cuenta. Alguien, si así lo considera necesario, puede trasladar ese dinero a una cuenta más significativa que se convertirá en una especie de fondo a utilizar de modo fraudulento por el partido político de Shrivenham.

– En efecto, 007. Ha dado usted en el clavo. Y a su debido tiempo la prensa…, o al menos la prensa sensacionalista, recibirá copias auténticas de la cuenta bancaria, así como de varias transacciones efectuadas por medios electrónicos. Y el actual gobierno, empeñado en obtener otro mandato, se verá involucrado en una versión inglesa del Watergate.

– Pero con todo lo demás en su favor… -expresó Bond con cierta brusquedad. Pero al ver la mirada de M optó por cerrar la boca.

Estuvieron hablando durante cosa de una hora, tras lo cual M dijo que la entrevista podía darse por terminada. A la bella Q le vendaron otra vez los ojos y fue conducida hasta el automóvil por Bill Tanner, mientras M se quedaba un poco más en la casa.

– Es mejor que esta noche duerma aquí -le aconsejó-. Por lo menos estará seguro. -Bajó de nuevo la voz como si temiera que alguien pudiera oírle-. Mañana será otro día. He puesto a la mayor parte de nuestros servicios en Europa…, o al menos aquellos en los que puedo confiar plenamente, en situación de alerta de cara al amigo Scorpius. Espero tener más información hacia la tarde. Llámeme dos minutos después de cada hora después de mediodía. Para entonces creo que estaré en condiciones de informarle sobre Scorpius. -Dirigió a Bond una mirada de soslayo-. Pero desde luego, si obtiene alguna noticia interesante, no vacile en seguirle la pista y trate de ponerse en contacto con nosotros. Pero recuerde, James, que quiero que este asunto se resuelva no importa lo que cueste. Y eso corre de su cuenta. Téngalo presente. El imperio de la ley y el sistema de vida inglés dependen de nuestro éxito. Y lo mismo digo respecto a un gran número de vidas inocentes.

Cuando Bond se quedó solo dirigióse a la larga y estrecha cocina y se preparó una omelette aux fines herbes, que acompañó con una botella de Chablis, aunque no sin pensar, divertido que la buena señora Findlay probablemente adquiría el vino al por mayor en un supermercado. Se dijo que no había nada que objetar, aunque hubiera resultado preferible que alguien se lo advirtiera antes, porque el constante contacto con semejante clase de bebida podría dañar el paladar.

Finalmente comprobó todas las cerraduras y las alarmas, se dio una ducha y trepó a la enorme cama de matrimonio que era la pieza más importante del dormitorio principal. Aunque estaba cansado hasta no poder tenerse en pie, Bond permaneció tumbado de espaldas un buen rato, dando un repaso a los acontecimientos del día antes de sumirse en un profundo y tranquilo sueño.

No supo lo que le despertó, pero de pronto sus ojos se abrieron y como en sueños, introdujo la mano bajo la almohada en busca de la pistola que había guardado allí antes de meterse en la cama. Podía ver el resplandor rojizo del reloj despertador mostrando que la hora era las cinco y once de la madrugada.

De pronto se quedó petrificado. La pistola no estaba en su sitio, lo que significaba que, aun cuando pareciese imposible, alguien había entrado en la habitación.

Movió lentamente las piernas de modo a poder saltar como un resorte en cuanto sus ojos se hubieran acostumbrado a la oscuridad. Pero era demasiado tarde. Sin previo aviso, una mano de hierro le tapó la boca con los dedos separados para empujarle la cabeza al tiempo que un cuerpo humano se apretaba contra sus piernas, inmovilizándole por completo. Su atacante era de una fortaleza inaudita.

Notó una respiración cálida junto al oído y luego oyó cómo le murmuraban:

– Lo siento, jefe, pero es la única manera. Puedo ahorrarle un montón de disgustos.

No había necesidad de más explicaciones. La impresión de Bond no había fallado. Notaba el frío cañón de su propia pistola en la sien. Durante un segundo se dijo que Pearlman acabaría con él a los pocos minutos.

Pearly Pearlman alargó la mano y encendió la luz, aunque sin dejar de retener a Bond contra la cama.

– Buenos días, jefe -le saludó-. Vamos a hacer un pequeño viaje. Pero no necesitará acicalarse demasiado. Le voy a contar una historia que va a ser un bálsamo para su alma.

15. Joven e insensato

Vigilado por el ojo implacable de su automática ASP, Bond se vistió, muy disgustado por no poder darse una ducha ni afeitarse. Pearlman, que iba vestido como para una operación nocturna, es decir, con pantalón negro, jersey de cuello alto, capucha y zapatillas de entrenador, dijo que disponían de poco tiempo.

– Tengo que sacarle de aquí antes de que alguno de sus amiguetes haga acto de presencia. Es usted escurridizo como una anguila, señor Bond…, si es que me perdona la comparación, y no tengo la intención de darle facilidades. Sólo Dios sabe lo que pasaría si le dejara tomar una ducha. Conozco lo suficiente este lugar, pero quizá me olvide de algo. Podría verme metido en una trampa. Seguro que comprende mi deseo de no correr ningún riesgo. Esto es algo más que un sencillo trabajo, por decirlo así.

Conforme Bond se iba poniendo las ropas que había dejado pulcramente dobladas o colgadas en el armario antes de acostarse, su mente empezó a buscar una manera de salir de aquel atolladero. Por toda la casa había timbres de alarma que, de ser oprimidos, pondrían en alerta al oficial de servicio en Regent's Park. Pero aun cuando consiguiera pulsarlos, iba a pasar bastante tiempo antes de que alguien pudiera presentarse en la casa. En el cuartel general, la señal aparecería en una pantalla de ordenador haciendo destellar la palabra «Scatter». Y el oficial de servicio tendría que contactar con una de las pocas personas conocedoras de la localización de aquel refugio secreto clasificado como de primer orden.