– Yisgaddal,
»Veyiskaddash,
»Shemay rabbah…
»Con aquello tenía bastante. Era una de las Humildes. ¿Cree que recitaron el Kaddish por los pobres desgraciados de Glastonbury? ¿O por los de Chichester? ¿O por los que morirán, Dios sabe dónde hoy mismo? ¿Lo harán?
– Pearly, ¿sabe usted dónde va a ocurrir algo hoy?
Pearlman se echo a reír.
– Usted siempre ha creído que soy uno de ellos, ¿verdad? Me di cuenta desde el momento en que nos vimos envueltos en aquel incidente con los coches cuando veníamos de Hereford. Sospechó de mí en seguida. Hizo bien al obrar así. Aunque sólo hasta cierto punto. Porque se equivocó. Se equivocó tanto que no quise decir nada.
– ¿Y por eso ahora en plena noche me amenaza con mi propia pistola?
– Lo hago porque es la única forma de que me escuche. De que alguien como usted me preste atención. Sí, estuve involucrado con los Humildes y con ese criminal padre Valentine, que actúa como el Hijo de Dios hecho hombre. O por lo menos eso es lo que ellos creen. El Mesías de los Humildes. Lo que dice no admite discusión. «Id para haceros matar entre una muchedumbre con el fin de que caiga un político o un personaje importante.» Y lo hacen. «No miréis hacia atrás o quedaréis convertidos en estatua de sal.» Mi pequeña Ruth, que aún no ha cumplido veinte años, es la preferida de ese bastardo. Porque ya ha tenido un hijo… aunque desde luego en estado matrimonial. La ceremonia fue seguida por una visita al registro civil para que todo quedase legalmente formalizado. Ella está puesta a ir al paraíso de los Humildes, aunque caiga hecha pedazos. Soy listo, pero, en el caso presente nada más puedo hacer. Si no te es posible derrotarlos, únete a ellos, ¿eh, jefe?
– Así suele decirse.
– Cuando fui a verla la primera vez, me presentaron a su dios, nuestro padre Valentine. Le parecí agradable y yo le hice el juego. Visité Pangbourne un par de veces. También asistí a la boda. No pude evitarlo, aunque el tonto de su marido es en el fondo un marxista acabado. Se cree todas esas burradas de los Humildes porque en su subconsciente lo considera como parte de la gran revolución mundial. De todo eso hace ya once meses, y entre tanto ella ha tenido un hijo. Soy abuelo a los treinta y siete años, jefe. Un niñito que se llama Joshua. Por lo menos Ruth tuvo la decencia de ponerle un nombre adecuado. Después de la boda Valentine me tendió su anzuelo. «No quiero que vivas con nosotros, John -me dijo-. Comprendo que te sientas reconfortado porque tu hija sea de los nuestros y veo que tú también crees.» Había jugado bien mis cartas. Logré hacerles suponer que me había convertido. «Te necesito en el mundo -continuó Valentine-. Quiero que vigiles, escuches y me informes. Serás como uno de los espías que el bendito Moisés envió para que le informaran sobre la tierra de Canaán.» Está muy enterado. Cita pasajes de la Biblia, del Corán y de cien libros más que ni siquiera conozco.
– ¿Qué más? -preguntó Bond, cuyos brazos empezaban a cansarse, aunque no se atrevía a moverlos.
La narración de Pearlman le parecía más interesante de lo que había supuesto. Había en ella puntos débiles que podía aprovechar, palancas de las que valerse en beneficio propio.
Pearlman siguió hablando:
– Valentine…, o si lo prefiere Scorpius, me contó que cuando llegara el momento, reservaría para mí misiones específicas. Deseaba obtener información. Al cabo de un mes me entregó una lista de personas. Yo no conocía a ninguna. Mi misión consistía en enterarle de si alguno de aquellos nombres era importante en Bradbury Lines. El de usted figuraba en la relación. Informé, pues, sobre ello y por poco nos matan a los dos. Se sintió complacido y yo continué mi tarea del mejor modo posible. En mi estupidez deseaba atraerle hacia una trampa. Lo mantuve bien informado hasta el suceso de Glastonbury y aún después. Sólo entonces fue cuando comprendí lo que Valentine se traía entre manos. Aquello me puso enfermo. La última vez que hablé con él, poco después de que naciera el pequeño Joshua, me contó que nos aguardaba una gran misión. Y que cuando todo hubiera terminado, Inglaterra se convertiría en una tierra de héroes. El mundo entero seria arrastrado tras lo que iba a suceder. Me dijo también que mi pequeña Ruth iba a desempeñar probablemente la parte más importante en aquella gran empresa, en el amanecer de una nueva era. Y que debería mostrarme orgulloso de ella.
Bond estaba seguro de que las palabras de Pearlman eran sinceras. Nadie hubiera sido capaz de contar semejante historia de no ser verídica.
– ¿Qué ocurrió en la clínica, Pearly?
– ¿Cuándo? ¿Ayer? Querrá decir qué diablos no ocurrió. Esa pájara norteamericana, Harriett, se tropezó con los tres hombres en el cuarto de Trilby. Había oído mucho ruido dentro, lo que no es sorprendente, ya que intentaban matarla. Abrió la puerta y ellos se quedaron como estatuas. Yo los conocía a todos. El trío forma parte de la guardia personal de Valentine. Son sus gorilas, si quiere una definición exacta. Me reconocieron y uno de ellos gritó: «¿Qué pasa aquí?» Hice como si los hubieran descubierto y empezaron a retirarse. De pronto vi cómo la joven Harriett se levantaba la falda. Llevaba un Colt de cañón corto en una estrecha pistolera. Y fue entonces cuando empezó el tiroteo. Obraron como maníacos dispuestos a matar a todo aquel que se moviera, incluyendo a uno de los suyos que se interpuso en la línea de fuego. Tuve que andar listo: Pero me excedí. Agarré a Harriett y le ordené estarse quieta. Los otros pensaron que les iba a hacer un pequeño regalo, lo que hasta cierto punto fue así. En realidad, ya habían intentado apoderarse de ella en Kilburn. Me ordenaron que saliera y se la llevaron. Supongo que tendrían el coche un poco más allá en la calle, porque se llevaron la ambulancia. Lo siento, jefe. Es una buena chica, pero se la llevaron y ha sido culpa mía.
– ¿Qué pasó después? ¿Y por qué está usted aquí, Pearly?
– Valentine me dio un número para utilizarlo si se presentaban problemas. Salí de la clínica a toda prisa y luego, ocultándome, telefoneé al número en cuestión. Me dijeron dónde estaba usted… Esto fue anoche a las diez. Sabían exactamente su paradero, lo mismo que sabían también cómo es el sistema de alarma y el de seguridad. Me aseguraron que me sería fácil porque nadie vigilaba. El lugar es tan seguro que el servicio no tiene por qué ponerle guardias. Lo han averiguado todo. Pero usted lo previó, ¿verdad? Tienen a alguien aquí, en el mismo corazón del servicio que debe llevar trabajando para ellos bastante tiempo. Quienquiera que sea es de confianza, y él o ella informan de todo cuanto se haga.
– Sí, ya había pensado en eso. Y es preocupante porque ha de ser alguien a quien yo conozco desde tiempo. Pearly, ¿qué va a hacer usted ahora?
– Mis órdenes son de llevarle a presencia de nuestro padre Valentine.
– ¿Y las va a cumplir? ¿O prefiere convertirme en su rehén por su hija Ruth?
– No, no. Yo no lo veo así. Pensé que unidos quizá tengamos más posibilidades de acabar con ese loco. Quiero formar una asociación, jefe. Hagámosles creer que he logrado su colaboración. Sospecho que el gran padre Valentine se ha trazado ya sus planes para usted y para esa chica Harriett, que continúa en su poder.
– Quizá volvamos a los tiempos de los sacrificios humanos.
– No me sorprendería. ¿Quiere actuar… sin armar escándalo, como mi colaborador y no como mi rehén? -Hizo una pausa y dejó que la pistola reposara sobre sus piernas-. Si no logro sacar a mi hija de esto y volverla a la normalidad, quizá abandone el asunto. Todo depende de usted, jefe. Lo dejo a su elección.
Asió la ASP por el cañón y la tendió hacia Bond para que la tomara. Este se quitó las manos de la cabeza y, alargando la diestra, cogió la pistola por la culata.