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– Siempre estaba riendo -comentó el hombre del SAS con una nota de pesar en la voz- Pero ahora tiene un aire mucho más serio.

Se prepararon café y tostadas sentados en el cuarto principal de la casita, hablando y discutiendo cuestiones de estrategia. Fuera empezó a amanecer con el cielo nublado, aunque no tormentoso y una fresca brisa. No tardó mucho en ser completamente de día.

– Tendremos que apresurarnos -indicó Pearlman, que se sentía cada vez más nervioso conforme pasaba el tiempo. Se fueron arriba y la conversación se centro en temas específicos.

– No iremos armados -advirtió Pearlman mientras Bond rebuscaba en los armarios del dormitorio principal hasta encontrar una de las magníficas carteras de viaje de las que usaba la Bella Q. En Scatter siempre había por lo menos dos de ellas dispuestas para su uso. Eran grandes carteras negras a las que se podía añadir una sección extra, sujeta a uno de sus lados y dotada de una tercera cerradura con combinación.

– De acuerdo -concedió Bond dirigiendo al hombre del SAS una mirada inexpresiva.

Las carteras de la Bella Q eran realmente muy especiales. No sólo estaban dotadas de un sistema infalible que las hacía inmunes a los aparatos de detección de los aeropuertos, sino que además contenían un compartimento oculto imposible de detectar y lo suficientemente grande como para guardar varios de los ingeniosos adminículos de la Sección Q, aparte una arma.

– Tengo que incluir mi equipo de afeitado -indicó Bond encaminándose hacia el cuarto de baño y dejando a Pearlman sentado en el dormitorio hojeando la última edición del Intelligence Quarterly. En cuanto estuvo a cubierto de la visión del sargento, Bond activó los mandos que ponían al descubierto el compartimento en forma de caja fuerte que en cierta ocasión habían intentado localizar no menos de veinte funcionarios de seguridad sin que ninguno pudiera detectar aquella zona secreta, protegida interiormente por unas capas de espuma de goma. Actuando con rapidez, comprobó que el arma estaba en su lugar: una pulcra Browning Compact perfeccionada a partir de la FN ALTA-Potencia con el fin de lograr una pistola de bolsillo capaz de disparar balas de nueve milímetros y de gran penetración. Las demás partes del equipo se encontraban también allí.

Cerró el compartimento y con todo cuidado se fue preparando una afeitadora y un estuche de viaje con crema de afeitar Dunhill Edition y colonia, otra de las previsiones habituales de la señora Findlay, quien como ama de llaves se preocupaba por tener siempre lo mejor para sus pupilos. Por desgracia, a juicio de Bond, no era tan perfecta por lo que se refería a las prendas de vestir.

La casa había soportado muchas idas y venidas, y sus paredes guardaban secretos de muchos años. Hombres y mujeres se habían alojado allí durante variados períodos de tiempo, y los armarios roperos del dormitorio estaban divididos en secciones para faldas, vestidos de varios tamaños, trajes y vaqueros todo colgado de sus perchas y distribuido en tallas grandes, medianas y pequeñas.

En cuanto a los accesorios parecían proceder de Marks and Spencer y eran también de las medidas adecuadas. En el dormitorio, Bond estuvo removiendo diversos cajones hasta que se proveyó de un par de mudas, calcetines, camisas y, con ciertas reservas, también pijamas. No le gustaban ni la textura ni los colores chillones de la ropa interior y casi se enfadó al ver los calcetines. Se había jurado que nunca llevaría nilón, pero ahora no le quedaba más remedio. Al menos un par de aquellas camisas le sentarían bien. Hizo un gesto de contrariedad y gruñó ante la falta de gusto en el vestir que demostraba el ama de llaves.

Con cierto aire ostentoso, guardó la ASP y la porra de policía junto con alguna munición, en una caja fuerte de acero, oculta y atornillada al suelo en la parte de atrás del armario guarda ropa.

– Es mejor así, jefe -comentó Pearlman levantando la mirada de lo que estaba leyendo-. No quisiera que nuestros propios colegas de la seguridad nos detuvieran al salir.

Bond estuvo de acuerdo con él, aunque pensando, no sin cierta sensación de alivio, que al menos él tendría un poco de «artillería» a su disposición. En el cuarto de baño habla adoptado además otra cautela. Entre los objetos que los de la Sección Q habían dejado en la caja fuerte se encontraban unos bolígrafos de aspecto inocente. Había tomado uno de ellos, que inmediatamente activó hasta convertirlo en un pequeño misil. Su radio de acción era de sólo quince millas y podía ser desconectado para pasar los aparatos detectores de los aeropuertos. Pensó que podría proporcionar cierto margen de seguridad durante la primera fase de la operación.

Salieron juntos de la casa. Pearlman llevaba una bolsa azul; Bond, la cartera de viaje especialidad de la sección Q.

Bond había dejado parcialmente corrida una cortina del dormitorio principal situado arriba, colocando en el alféizar de la ventana lo que le pareció un jarrón chino especialmente feo. Más tarde, aquella misma mañana, el vaso sería visto por la señora Findlay cuando 11evara a cabo su recorrido habitual, lo que la haría saber que podía dar su informe por teléfono sin problema alguno.

En la calle principal de Kensington, Bond buscó un taxi mientras Pearlman utilizaba un teléfono público, el único entre un grupo de tres que afortunadamente no había sido destrozado por los vándalos de siempre.

– Bien, todo dispuesto -dijo cuando se acomodaban en el asiento del taxi.

Bond indicó al taxista que los llevara a una sucursal del Banco Barclays en Oxford Street.

– Aun falta un poco -previno a Pearlman-. Si al llegar al banco quiere pagar el taxi y esperarme, estaré de vuelta en unos minutos.

– No me irá a dar esquinazo ¿eh, jefe? -preguntó Pearlman bajando la voz.

– No se preocupe. Usted pague el taxi, disimúlese un poco y espere.

Una vez en Oxford Street, Bond se alegró al ver como un agente del servicio que iba en un coche pasaba al taxi al detenerse éste. Dejando que Pearlman pagara, entró en el banco y puso una tarjeta sobre el mostrador de la taquilla más próxima. La empleada lo miró y dijo:

– Si quiere acompañarme hasta el extremo del mostrador, podrá pasar.

Descorrió el cerrojo de una puerta que daba paso a un corredor que discurría por delante de la oficina del director y le condujo por una escalera hacia el recinto subterráneo que contenía las cajas de los clientes. Luego de haber comprobado el número de la tarjeta, la empleada sacó una llave y los dos se dirigieron hacia la caja 700. Bond tomó asimismo su llavero, seleccionó la llave adecuada y la insertó en la cerradura de la derecha mientras que la empleada ponía la suya en la de la izquierda. Las hicieron girar y la portezuela de doce por siete pulgadas se abrió.

– Tardaré sólo un minuto -anunció Bond sacando la caja del interior, que trasladó a la habitacioncita privada que se encontraba cerca de allí.

Con sumo cuidado fue colocando todo cuanto llevaba en los bolsillos, excepto el dinero, en un sobre de papel grueso de unos cuantos que había en el fondo de la caja. Luego tomó otro sobre que estaba lleno a rebosar y lo abrió, extrayendo de él el pasaporte a nombre de Boldman, un talonario de cheques, una cartera que contenía tarjetas de crédito, una libretita con tapas de piel con su nombre, «James Boldman», impreso en la parte inferior de cada página y dos sobres arrugados, abiertos, que contenían algunas cartas. Estos sobres iban dirigidos a James Boldman Esq., y llevaban unas señas que podían ser localizadas si alguien se tomaba la molestia de buscarlas. «El señor Boldman está ausente en estos momentos», sería la respuesta que darían a quien se presentara preguntando por él.

Distribuyó los diversos objetos entre sus bolsillos y añadió un par de otras cosas: un volante de la tarjeta Visa rellenado por la casa discográfica HMV por la suma de libras 24,70, y la mitad correspondiente a la vuelta de un billete de primera hacia Wembley, que correspondía a una parte de las señas que indicaban los sobres.