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– ¡Hola, John! -saludó uno de los jóvenes a Pearlman.

Su aspecto hizo recordar a Bond el comentario oído con frecuencia a ciertas jóvenes, y algunas no tan jóvenes, damas norteamericanas cuando los llamaban «cachas». Es decir, un hombre de buena presencia, considerable estatura, musculoso, de pelo rubio y con unos dientes que parecían haber sido pulimentados de manera especial para emitir señales de semáforo o como para doblar barras de hierro. Los otros dos parecían sacados de idéntico molde.

– ¡Hola, Bob! -respondió Pearlman.

– Bien venidos «desde el principio hasta el fin» -declamaron los tres a coro, y Pearlman respondió con las mismas palabras. Era evidentemente una fórmula de saludo propia de los Humildes.

– Este… -el llamado Bob observó a Bond con dureza-. Este debe de ser el famoso señor Bond.

– Boldman, si no le importa -respondió el aludido, dirigiendo al joven una fría mirada como si quisiera advertirle que no iba a permitir ninguna broma-. James Boldman.

– Como prefiera -respondió Bob en el mismo tono. Su aspecto sugería ahora que en vez de carne y huesos, bajo el traje se ocultaba un armazón de acero-. Se llame como se llame, estoy seguro de que nuestro jefe, nuestro padre Valentine, estará encantado de verle. -Se volvió hacia Pearlman-: ¿Le ha dado alguna molestia?

– No; ha venido como un corderito. Se ha portado exactamente como nuestro padre Valentine previó.

– Bueno. Nos está esperando.

Los tres se situaron a su alrededor y Bond notó cómo la cartera le era arrebatada hábilmente de la mano. Quienquiera que lo hubiese hecho conocía muy a fondo aquel arte porque, si bien no le causó daño alguno, sí noto una presión muy especial en el dorso de la mano.

Rápidamente entraron en el coche. El motor se puso en marcha con toda suavidad, y la limusina se alejó como si se deslizara por el suelo.

Bond guardaba silencio. A su alrededor podía notarse hasta qué punto aquel lugar era exclusivo de unos cuantos, con sus anchas carreteras controladas y vigiladas, las espléndidas extensiones de hierba verde, palmeras, pinos y otros muchos árboles; los líquenes caían en algunos lugares hasta tocar el margen de la ruta, mientras que en otros se veían grupitos de tiendas y carreteras secundarias con barreras de protección. De vez en cuando surgía el edificio de un hotel. Había jugadores de golf terminando la partida del día en algún green distante y el tono general de la isla era el de una gran riqueza. Un lugar para gente soñadora y para fabricantes de dinero. Conforme continuaban hacia «Ten Pines», Bond observó otra faceta. Todo en aquella isla era irreal. El residente o el que pasaba sus vacaciones perdían posiblemente toda noción del tiempo y todo sentimiento de la realidad. Un lugar ideal para que el padre Valentine pudiera proseguir su labor de corromper a los Humildes.

Torcieron hacia la izquierda y luego de atravesar lo que parecía un amplio colector para aguas fluviales, llegaron al lado contrario, flanqueado por parajes cubiertos de un césped perfectamente cortado, a los que sucedieron más árboles. Por unos momentos, aunque en realidad no había similitud alguna, Bond recordó los cinturones de bien cuidados bosques que flanquean la carretera luego de haber pasado por el puesto de control de Helmstedt para continuar por la autopista de la Alemania Oriental hasta alcanzar esa isla dividida y rodeada de tierra que es Berlín. En el interior de aquellos bosques había soldados agazapados y camuflados en escondrijos o en torres de vigilancia. Le pareció como si una raza diferente de vigilantes estuviera también oculta allí entre la espesa vegetación que evidentemente rodeaba «Ten Pines».

Salieron de la arboleda para atravesar unos prados perfectos en dirección a una sólida estructura de dos pisos que parecía mas un hotel que una vivienda. Tenía la forma circular y estaba construida en piedra, y reforzada por grandes vigas. La coronaba una torre octogonal. El lugar resplandec1a bañado de luz porque el día estaba a punto de perecer y la noche se acercaba.

La limusina se detuvo ante un gran pórtico en el que se abrían un par de altas y maltrechas puertas. El grupo de los tres hombres que formaban el comité de recepción saltó del coche y se colocó en posición cubriendo todos los ángulos posibles casi antes de que el vehículo parase.

– Haga los honores, por favor, John -indicó Bob y Pearlman cacheó rápidamente a Bond.

– Está limpio.

Bob hizo una señal de asentimiento.

– Lo siento mucho, señor Bond. No podíamos hacerlo en público en el aeropuerto y, una vez en el coche, estaba perfectamente seguro. Ahora podemos entrar.

Las puertas se abrieron dando paso a un vestíbulo semicircular de techo alto, pero en el que no se veía señal alguna de escalera. Había otras muchas puertas y dos grandes candelabros colgaban uno más alto que el otro del techo de madera abovedado. A derecha e izquierda de los candelabros, enormes ventiladores giraban enviando una corriente de aire fresco. No había cuadros; todo era madera y el techo estaba asimismo cubierto de tablones barnizados y pulidos.

Pearlman volvió a situarse en su posición habitual, es decir, tras del hombro derecho de Bond. Durante unos segundos, todos permanecieron inmóviles como si esperasen alguna señal. El trío de guardianes parecía como conectado a una corriente eléctrica.

De pronto, a su izquierda se abrió una de las puertas y un hombrecillo pequeño, delgado y bronceado avanzó dos largos pasos que parecieron bastar para colocarle en medio de los otros. A juzgar por las fotografías, Bond se lo había imaginado como un tipo alto. Pero apenas si alcanzaba un metro sesenta. Sin embargo, los ojos y la voz poseían mucha fuerza. Esta última era baja y suave, sonando casi como un murmullo.

– Señor Bond, ¡qué amable ha sido usted al realizar tan largo viaje! -dirigió una fugaz mirada a Pearlman-. Bien hecho, John. Estaba seguro de que no me fallaría.

– Y dirigiéndose de nuevo a Bond añadió-: Bien venido a «Ten Pines». Como sabe, mi nombre es Valentine. Y mis fieles me llaman padre Valentine. Bien venido «desde el principio hasta el fin».

Conforme pronunciaba estas últimas palabras, un sonido terrible llenó el ámbito del vestíbulo. Procedía de algún lugar interno de aquel extraño edificio y era el grito angustioso de un ser humano sometido a gran sufrimiento. Bond se estremeció al reconocer aquel alarido que parecía elevarse y disminuir, aunque sin perder nunca su intensidad.

Era muy probable que procediese de Harriett Horner.

Valentine torció la cabeza.

– ¡Ah! -exclamó con una voz tan suave como antes, casi acariciadora-. Un poco de música nocturna para darle a usted la bienvenida.

17. El Salón de los Rezos

James Bond dio un paso hacia adelante. El grito había alcanzado ahora un tono penetrante, expresando un terror primitivo y brutal. Bond intentó dar otro paso, pero aunque nadie hizo ademán alguno para impedirlo, hubo de detenerse como si se sintiera paralizado.

Vio cómo Valentine, ahora reclinado contra la puerta, esbozaba una sonrisa. Por unos segundos, mirando su delgada cara rebosante de salud, Bond volvió a verla sobrepuesta a la fotografía de Vladimir Scorpius, igual que cuando examinaba el expediente.

Le miró las orejas… Eran las orejas de Scorpius, así como el pelo ya escaso en algunos lugares pero inmaculadamente peinado. La línea de la mandíbula en otros tiempos gruesa y ahora con la piel tirante sobre la escasa carne…, era la mandíbula de Scorpius. Los pómulos… los pómulos de Scorpius, y finalmente los ojos «negros como la noche», como había dicho el viejo Basil Shrivenham; los ojos de Scorpius, negros como la noche, ahora le mantenían inmóvil.

Las pupilas relampaguearon como si estuvieran dotadas de un fuego interior, tras de los iris, y un gusano se moviera entre aquel fuego. Luego empezaron a ensancharse como si quisieran tragarle. Bond apartó la mirada al tiempo que una imagen distinta de Scorpius se formaba en algún lugar de lo más profundo y oscuro de su subconsciente: la imagen de Scorpius empalado en una daga por su propia mano, por la mano de James Bond aferrando una empuñadura en forma de serpiente. Esgrimía la daga y, un segundo antes de hundirla en la garganta de Scorpius, le miraba de nuevo y se aproximaba a él.