– ¡Ah! -La sonrisa seguía fija en la cara de Scorpius, pero sus ojos habían perdido la brillantez, pareciendo como si en ellos se mostrase ahora una leve expresión de miedo que sólo duró unos momentos para desaparecer enseguida-. Vamos, señor James Bond. -La voz seguía sonando tranquila, suave y tranquilizante-. Vamos a ver de dónde procede realmente ese ruido. Creo que va a quedar usted bastante impresionado.
– Lo dudo.
– ¿Es ese el modo en que corresponde a mi hospitalidad? ¿Dudando? Señor Bond, creo que tiene mucho que aprender todavía. Venga conmigo. -Levantó una mano con los dedos separados… ¿Quizá el ademán de un príncipe medieval? Posiblemente. Luego hizo un leve movimiento como de invitación-. Venga. Vayamos todos al Salón de los Rezos.
«¿De modo que ésta es la auténtica maldad? -pensó Bond. Era innegable que Scorpius poseía un poder, igual al que ostentan muchas grandes figuras públicas y que con frecuencia ni ellas mismas reconocen. Scorpius tenía la propiedad maléfica de estar dotado de un temperamento muy fuerte, combinado con una fuerza hipnótica de gran intensidad. Probablemente ahora la manejaba de manera puramente refleja. Aquel poder podía ser limitado en sí mismo, pero resultaba inapreciable para dirigirse a quienes deseaban creer en él. Ahora bien, enfrentado a un hombre o una mujer dotado de suficiente inteligencia, Scorpius se veía obligado a apelar a otros métodos, como, por ejemplo, el uso de drogas hipnóticas y cosas por el estilo. Pero su voluntad y su fuerza mental combinadas le hacían un peligroso adversario.
Si Scorpius hubiera operado utilizando solamente los burdos recursos de la fuerza física o de la voluntad para provocar pánico y miedo a quienes estaban cercanos a él, no habría resultado enemigo difícil. Pero Bond reconocía que la tarea que le aguardaba era mayor de la que había imaginado. Porque no sólo se enfrentaba a la fuerza muscular, a la astucia y a la habilidad para manejar a otras personas, sino también a la fuerza mental.
Por un segundo, mientras permanecían allí de pie dispuestos a seguir la invitación de aquel hombre, le pareció hallarse en presencia de la maldad total, del enemigo por antonomasia; de alguien que, utilizando la palabra, los hechos o valiéndose de algún razonamiento retorcido, era capaz de convencer a otros mortales de que actos deshonestos y horribles se convertían en prácticas bondadosas, caritativas y justas. En el mundo dominado por Scorpius, la moralidad era vuelta del revés. El bien se transformaba en mal y lo erróneo en correcto, mientras lo bueno y lo justo quedaban convertidos en lo malvado y lo falso.
Todo ello se hacia patente por el solo hecho de seguir a aquel hombre a lo que él llamaba Salón de los Rezos. La intuición de Bond dijo a éste que el recinto en cuestión era un lugar en el que ninguna persona en sus cabales debía meterse. Sin embargo, aún así, todos obedecían la voz del jefe.
Luego de atravesar la puerta por la que Scorpius había aparecido poco antes en su condición de padre Valentine, se encontraron en una gran habitación rodeada de estanterias llenas de libros. Había un escritorio sencillo bajo una ventana en el extremo más lejano; pero no obstante las hileras de libros encuadernados en piel en las enormes librerías, el recinto estaba impregnado de cierto aire de austeridad. Tampoco allí había cuadros en las paredes ni alfombras en el suelo.
– ¡Adelante! -invitó Scorpius conforme atravesaban la estancia en dirección a una puerta entre dos librerías, a la derecha. Recorrieron luego un corredor igualmente desnudo, hasta llegar a un par de puertas dobles que hicieron recordar a Bond las entradas a palco o a anfiteatro en un teatro o cine.
No estaba equivocado porque, en efecto, las puertas daban paso a un vasto local para espectáculos, a una habitación enorme en forma de media luna, con el suelo escalonado, sobre el que había hileras de asientos. Al fondo había un estrado. No se veía ventana alguna y la velada claridad procedía de luces indirectas ocultas en el techo. Al igual que en un teatro o en un cine, las filas de asientos estaban divididas por tres pasillos que bajaban hasta el estrado. Este consistía en una plataforma sobre la que se hallaba una sencilla mesa de madera.
Había reunidos en aquel lugar unos sesenta o setenta hombres y mujeres cuya atención se centraba en el estrado, fuertemente iluminado por dos focos que acentuaban la desnudez del ambiente. Ante la mesa había una silla de madera de gran tamaño y con el respaldo muy alto. Dos jóvenes revestidos como acólitos y cuyas casulllas escarlata aportaban la única nota de color a la escena, se habían situado a ambos lados de la silla con la cara vuelta hacia su ocupante. Esta era Harriett Horner, quien en el momento de entrar Scorpius y el grupo profirió otro de sus penetrantes aullidos.
Estaba atada a la silla con correas de cuero que le sujetaban los brazos, las piernas y la cintura, y al tiempo que gritaba, hacia esfuerzos por liberarse de sus ataduras como alguien que está sufriendo una tortura horrible, sujeta a una trampa de la que no podía escapar.
Bond profirió una interjección en voz baja y Scorpius se volvió hacia él.
– Tenga cuidado Bond. Va a ver cosas que nunca habría creído posibles. La señorita Horner está siendo sometida a la prueba por la que tienen que pasar la mayoría de los neófitos antes de unirse a nuestra santa sociedad.
– ¡Querrá decir impía sociedad! -replicó Bond con acritud-. Esta joven no ha venido aquí por su voluntad.
– ¿Y qué me dice de usted mismo, James Bond? Me parece que tampoco usted ha hecho este viaje por decisión propia.
Bond evitó la mirada del otro.
– He venido a verle y a hablar con usted porque quiero poner fin al terror que inflige en los demás.
– ¿De veras? ¡Qué interesante! Ya averiguaremos por qué ha acudido usted realmente a los Humildes.
Hizo otro ademán y uno de los jóvenes que indudablemente formaba parte de su grupo de guardaespaldas se adelantó sosteniendo una larga sotana blanca similar a la que lleva el papa. Una vez se hubo puesto y abotonado por completo aquella prenda, Scorpius se ciñó a la cintura una amplia faja de seda blanca y, tomando un solideo asimismo blanco que le ofrecía otro de los guardianes, empezó a descender por el pasillo central hacia el estrado.
Conforme caminaba se empezó a escuchar un sordo murmullo, mientras los asistentes se arrodillaban ante sus asientos y el murmullo se hacía cada vez más fuerte hasta convertirse en un cántico.
– Padre Valentine, te saludamos desde el principio hasta el fin. Padre Valentine, te saludamos, te saludamos, te saludamos. Desde el principio hasta el fin alabamos a nuestro padre Valentine, que nos otorga el paraíso, posee el poder del bien y es el creador de un nuevo mundo eterno.
Y así continuaron repitiendo la cantinela incansablemente hasta que Scorpius alcanzó el estrado.
Los dos acólitos se habían arrodillado con el rostro radiante, como presas de un éxtasis que parecía derivarse de la simple presencia de Scorpius. Bond se sentía asqueado al presenciar aquella manifestación profana de pura y simple iniquidad.
Harriett había cesado de gritar y Bond pudo ver cómo Scorpius le colocaba las manos sobre la cabeza. Luego levantó su cara y empezó a hablarle:
– ¿Has mirado hacia el fondo del oscuro pozo, hermana? -le preguntó.
– He mirado al fondo del oscuro pozo -respondió Harriett con voz fuerte, aunque en un tono poco natural.
Bond se dijo que aquello no era una simple manifestación de hipnosis. Aunque Scorpius fuera autor de tal reacción, sus extraordinarios poderes no le parecieron suficientes como para convertir a Harriett en un muñeco parlante. Entre los dos empezaron ahora a entonar una especie de espeluznante letanía.