– Has mirado al fondo del oscuro pozo que es el mundo tal como ahora lo conocemos, hermana. ¿Y qué has visto en él?
– Horrores y corrupción. Hombres, mujeres y niños degradados por su propia locura y por su apego a las riquezas materiales.
– ¿No es terrible ver a la gente destruirse a sí misma, en un mundo falso y detestable que insensatamente considera como un paraíso?
– He visto a aquellos a quienes conozco afanándose dolorosamente bajo tales terribles creencias. No pueden ser perdonados. Me asustan y aterrorizan.
– ¿Te aterrorizan hasta el punto de que has gritado presa de angustia por ellos?
– Estos gritos son mis plegarias. Confío en que vean la verdad.
– ¿Verán la verdad y la aceptarán?
– No, hasta que un nuevo orden quede establecido por el fuego y por la muerte. Sólo entonces lo entenderán todo.
La voz, no obstante sonar como la de un robot, se hizo más convulsa y fue aumentando de tono de un modo irreal.
– Ten calma, hermana Harriett. Ten calma. Has visto la verdad. Y aún verás y entenderás muchas más cosas. Pero ahora ten calma. -Se volvió para enfrentarse a los reunidos-. Tengo noticias para vosotros hermanos y hermanas. Nuestro hermano cuyo nombre de muerte es Philip ha alcanzado la paz eterna y la recompensa del paraíso. Ha destruido a dos hombres importantes que caminaban por la senda oscura de sus creencias malvadas. Ha acercado el paraíso todavía más a nosotros. Su acción tuvo lugar en Inglaterra sólo hace cosa de una hora. Sin embargo nos ha hecho avanzar muchos años hacia el edén en el que todos los hombres serán iguales sobre la tierra; en el que los beneficios que ésta produce serán compartidos por todos; en la que encontraremos la paz espiritual y respiraremos un aire puro y libre de tinieblas. Alabemos a Philip, nuestro hermano, uno de los Humildes que ya ha encontrado su paraíso. Te saludamos, Philip, desde el principio hasta el fin.
Como un lamento de intensidad creciente, los reunidos empezaron a cantar:
– Te saludamos, Philip, desde el principio hasta el fin.
Y cuando se hizo de nuevo el silencio, sólo se escuchó en la sala la voz narcotizada de Harriett elevándose y descendiendo sin control alguno, lanzando al aire sus salutaciones a aquel Philip desconocido «desde el principio hasta el fin».
Scorpius dio instrucciones en voz baja a uno de sus acólitos y ambos se acercaron aún más a los lados de la silla. Harriett parecía como desplomada hacia delante, retenida sólo por las ligaduras que los dos jóvenes con las sotanas rojas empezaron ahora a soltar, tras de lo cual ayudaron a la muchacha a ponerse en pie y la condujeron hasta detrás de la mesa. Scorpius se volvió hacia los reunidos una vez más, levantando la mano derecha con los dedos índice y medio extendidos en una irreverente imitación de la bendición papal.
– Os invito a los placeres que vuestros cuerpos y vuestras almas necesiten esta noche -entonó-. Pronto llegarán noticias de otras victorias y la tarea final dará comienzo. Esperamos que otros muchos creyentes acudan a este lugar y se unan a nuestra santa sociedad. Habrá más bodas y numerosos nacimientos que ayuden a poner en acción a aquellos de vosotros que aún no pueden proseguir la ruta que lleva al paraíso. Tened paciencia porque vuestra hora llegará. Y ahora retiraos en paz.
Unos altavoces escondidos empezaron a difundir una música electrónica, lejana, pulsante y etérea, de la que aquella gente gustaba sobremanera y que estaba dotada además, de cierta cualidad hipnótica.
Conforme la música subía de tono, una leve niebla empezó a emerger ondulante de unos agujeros en la plataforma. Bond se dijo que la debía producir una máquina de fabricar hielo seco. Sin duda, el amigo Scorpius disponía de elementos muy buenos dotados de técnicas diversas, que trabajaban para él. Conforme reflexionaba sobre aquello, pudo ver cómo Scorpius iba quedando envuelto por la niebla, transmitiendo a los otros la impresión de un hombre que se eleva por los aires y que se va desintegrando lentamente ante los ojos de quienes le miraban.
La concurrencia empezó a desfilar. Muchas de aquellas personas tenían poco más de veinte años. Sólo unas cuantas parecían algo mayores, quizá alrededor de treinta, pero ninguna pareció fijarse en los tres guardaespaldas ni en Pearlman ni en Bond, quien de pronto distinguió una cara conocida entre los concurrentes. Era la misma de la fotografía que había visto con anterioridad por la mañana en Inglaterra. La cara de Ruth Pearlman. Los ojos de la joven miraban fijamente ante sí, pero, conforme se acercaba al grupo, su paso se hizo más lento como si caminara en un estado de sonambulismo y se encontrara a punto de despertar. Sus pupilas se movieron y miró de frente a su padre.
Ruth se quedó completamente inmóvil y de pronto al reconocerle su cara pecosa se iluminó en una sonrisa de felicidad.
– ¡Papá! -exclamó corriendo hacia Pearlman y echándole los brazos al cuello-. ¡Oh! ¡Qué agradable sorpresa! Nuestro padre Valentine me dijo ayer que me preparaba un regalo maravilloso, antes de que me fuera… -Se interrumpió mirando las otras caras, consciente de que estaba a punto de decir algo prohibido-. ¡Oh, cuánto me gusta verte!
Volvió a estrechar a su padre una y otra vez hasta que uno de los guardianes la apartó suavemente.
– Está programado que pases algún tiempo con tu padre -le explicó el amable y joven matón poniéndole las manos sobre los hombros-. Pero ahora, hermana, debes ir a tu cuarto a meditar y cuidar a tu hijo. La hora de tu gloria llegará pronto.
– ¿Qué hora…? -empezó Pearlman, pero, cambiando de idea, miró hacia Bond, quien pudo detectar en la cara del otro una expresión como si le pidiera ayuda.
Conforme se llevaban a Ruth, el guardaespaldas llamado Bob se situó detrás de Bond.
– El padre Valentine espera que le haga usted el honor de cenar con él esta noche en su apartamento privado. Su equipaje ha sido llevado a la habitación de los huéspedes. Uno de mis hombres le mostrará el camino. Ya le llamaré digamos dentro de media hora. Así tendrá tiempo para refrescarse y cambiar unas palabras con los demás invitados.
– ¿Qué invitados? -preguntó Bond. Pero Bob había hecho seña ya a otro de los jóvenes gigantes al que dio el nombre de Jack.
Jack colocó su mano enérgica sobre el antebrazo de Bond.
– Por aquí, señor Bond -le indicó-. No quisiera que llegase tarde a la cena con el padre Valentine.
Y empujó a su huésped fuera del anfiteatro. Pero Bond se liberó de su mano con brusquedad.
– ¡Quíteme las zarpas de encima!
– Tranquilo, señor Bond. No vamos a hacer una escena en este recinto sagrado, ¿verdad?
– Métase las manos en los bolsillos.
Jack hizo una pequeña reverencia burlona e indicó a Bond que caminara delante de ellos.
– Ya le diré cuándo tenga que torcer a izquierda o a derecha o subir una escalera. ¡Adelante, señor Bond!
Empezaron el largo recorrido por diversas escaleras y caminando a lo largo de corredores, mientras Bond intentaba retener en la memoria las direcciones que estaban adoptando. No volvieron a pasar por delante del estudio de Scorpius ni cerca del vestíbulo principal y tardaron cosa de ocho minutos en llegar a una zona que Bond dedujo se encontraba en el piso bajo, hacia la trasera del edificio.
Pasaron ante una salida para caso de incendio y, de pronto, la austera desnudez que parecía ser la nota dominante del decorado de aquella mansión dio paso a una magnificencia muy poco usuaclass="underline" un largo y ornamentado pasillo estaba iluminado con intrincados candelabros de colores chillones que parecían de origen mexicano. Pisaba una alfombra extraordinariamente gruesa y, aunque aquel pasillo debía de tener una extensión de por lo menos cuarenta metros, sólo pudo ver cuatro puertas, dos en la pared de la izquierda y dos en la de la derecha, decoradas con falsas columnas y cornisas doradas y ornamentadas con lazos y querubines. Para Bond todo aquello tenía un aspecto extravagante y como fuera de lugar, y comprendió que tal decoración era tan ordinaria y repulsiva como el propio Scorpius. Allí no podía sorprenderse de nada.