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Jack se detuvo ante la segunda puerta, dio unos golpecitos y la abrió.

– Este es el salón, señor. Los dormitorios están a derecha e izquierda. Hay cuartos de baño y tocadores en los pasillos de intercomunicación. Espero que lo encuentre usted todo a su gusto, pero si hemos olvidado alguna cosa utilice por favor el teléfono. -Dejó escapar una risita sardónica-. Es sólo interno, ¿comprende? Me temo que no podrá establecer comunicación con el exterior. ¡Oh! Le hemos quitado la maquinilla de afeitar. Es una arma delicada. Encontrará una afeitadora eléctrica en el cuarto de bario. Bob estará aquí dentro de veinte minutos. Que lo pase usted bien.

Haciendo otra de sus burlonas reverencias, Jack se retiró y la puerta quedó cerrada. Bond pudo oír el alarmante rumor de unos cerrojos al ser corridos. Ya antes se había dado cuenta de la fina cerradura con combinación numérica incrustada en una de las columnas. Pero aquello no importaba, porque si no habían descubierto los secretos de la cartera, una cerradura electrónica no constituiría una grave dificultad.

Se volvió para echar una mirada a la habitación. Toda ella estaba muy ornamentada y recargada, con reproducciones de mobiliario Luis XV, cuadros modernos y tejidos de colores de un brillo casi histéricos. Las cortinas no habían sido todavía corridas para la noche y dejaban al descubierto, en toda la longitud de una de las paredes, un enorme ventanal a través del cual, iluminado por la luz de unos focos, se veía un espacio arenoso y más allá una tierra pantanosa cubierta de juncos que conducía hasta una hermosa y dorada playa en la que rompían las olas de un mar embravecido.

Exploró el pasadizo que salía de la izquierda de aquella estancia principal y que llevaba a dos habitaciones: un horrible cuarto de baño moderno decorado en dos tonos de verde, a la izquierda, y un tocador que parecía más bien el probador de unos almacenes a la derecha. La puerta de enfrente daba paso al dormitorio de igual tamaño y mal gusto que el salón. La cama era enorme, con cuatro columnas y al pie de la misma se encontraba su cartera. La pared de la derecha, igual que la del salón, estaba ocupada por otra ventana gigante.

Aquél podía ser el dormitorio de un hotel con más riqueza que buen gusto, y Bond pensó que quizá resultara utilizable como punto de partida para huir. Posiblemente Scorpius, el viejo traficante en armas, había desarrollado aquel estilo ornamentado y terrible conforme se convertiría en un recluso rico. Nunca habían conseguido obtener foto alguna del Vladem I; es decir, del yate. Pero probablemente su estilo debía de ser muy similar. Aquel Vladimir Scorpius, santón de pacotilla, elemento de cuidado, con su negocio de emplear terroristas, y que se valía de la credibilidad emocional de jóvenes ingenuos, tenía su talón de Aquiles, que eran la vulgaridad y las pretensiones. «Bien, Vladimir -pensó Bond-. Puedo explotar esa circunstancia de un modo que usted no puede imaginar porque probablemente cree en todo esto, es decir, en el aspecto externo de su demostración de poder.»

Se acercó a la cartera de viaje y vaciló un momento antes de colocarla sobre la cama. «Cuidado», pensó. Porque entre toda aquella aparatosidad era probable que Scorpius tuviera las habitaciones de sus huéspedes debidamente provistas de un sistema de son et lumière. Colocó la cartera sobre la cama. Se habían manipulado las cerraduras y habían descubierto la combinación, cosa bastante fácil incluso para un sistema sofisticado, pero, al comprobar el peso, notó que el compartimento secreto permanecía incólume. Desde luego, ningún aparato de rayos X era capaz de revelarlo ni tampoco ningún tipo de comprobaciones. La Bella Q había utilizado en aquella ocasión unos métodos excepcionalmente sagaces.

Luego de comprobar que sólo le habían quitado la maquinilla de afeitar y las hojas de recambio, tomó una camisa limpia, calcetines y ropa interior, tras lo cual volvió a cerrar la cartera empleando la combinación, y dejándola sobre la cama como si careciera de importancia. Más adelante podría sacar de ella las armas y otros artículos que pudiera necesitar.

Luego de desnudarse, Bond se duchó rápidamente, se restregó con una de las grandes y ásperas toallas que estaban pulcramente apiladas en un contenedor cromado, puesto sobre el baño y volvió al dormitorio. No había hecho más que quitarse la toalla para echarla otra vez en el cuarto de baño cuando oyó una tosecita divertida que procedía de la puerta del dormitorio. Miró hacia allá y pudo ver que Harriett Horner había entrado. Llevaba una bata afelpada y su cara pálida mostraba señales de fatiga, sobre todo alrededor de los ojos; pero su boca se torcía en una divertida sonrisa al ver desnudo a Bond.

– Me han dicho que habías llegado, James. ¡Gracias a Dios que estás aquí! Sí; ¡gracias a Dios! -Corrió hacia él sin preocuparle que estuviera desnudo y echándole los brazos al cuello empezó a besarle en la cara.

Luego, acercando los labios a su oído, susurró:

– Hay una instalación de audifonía, aunque no de imágenes, al menos que yo sepa. -Y añadió otra vez en voz alta-: Realmente no pude creerlo cuando nuestro padre Valentine me habló de ti.

Manteniendo de nuevo los labios junto a su oído añadió:

– Ha sido muy desagradable. Utiliza conmigo drogas y una poderosa fuerza hipnótica. Intenta hacerme creer lo de ellos y convertirme en una Humilde. Está consiguiendo atontarme, pero yo me acuerdo de todo.

Y otra vez en voz alta:

– ¿Es esta noche cuando piensa preguntárte1o?

– ¿Preguntarme qué? -Bond la miró observando que le hacía un picaresco guiño.

– ¡Oh, James! -Le volvió a besar como si aquello la encantara. Tampoco era una experiencia desagradable ni mucho menos. Una vez más sus labios le rozaron para murmurar como anteriormente-: Prepárate porque el impacto va a ser fuerte.

– Pero ¿qué va a preguntarme? -insistió Bond.

– Si quieres casarte conmigo. -Estaba excitada, pero ahora ya no sonreía-. Dice que si accedes a ser mi esposo y a vivir aquí sometido a la disciplina de los Humildes, no nos hará daño alguno. Por favor, James, por favor, dile que sí.

– Desde luego, si es que con eso salvamos la vida. Pero no creo que el siniestro Scorpius nos suelte tan fácilmente.

Miró a Harriett, pero las pupilas de la joven parecieron haber perdido todo signo de vida. Se oyeron unos suaves golpecitos en la puerta principal. Debía de ser Bob para llevarse a Bond a presencia de Scorpius.

– ¿Te casarás conmigo, James? – preguntó Harry Horner, apretándose contra él.

Bond se dijo que aquello no iba a ser un destino peor que la muerte, ni mucho menos. Aunque la amenaza fatal seguiría pendiente sobre ellos. Una tenue sonrisa le curvó los labios como en un gesto de confianza.

– Me lo pensaré, Harry -repuso-. Lo voy a reflexionar muy seriamente.

18. «Le presento a la señora Scorpius»

– ¡Qué amable ha sido usted al aceptar cenar con nosotros, señor Bond!

La voz de Scorpius parecía dotada de cierta entonación siniestra. Una voz todo dulzura pero mezclada a una evidente dosis de veneno. Iba vestido de manera informal, pero aun así daba la impresión de llevar un traje de etiqueta, con sus pantalones oscuros y la camisa blanca de cuello abierto. Bajo la camisa, Bond percibió la silueta de un medallón -naturalmente de oro- que le colgaba del cuello sujeto a una gruesa cadena. En la muñeca izquierda lucía el famoso cronómetro Scorpius, con sus doce diamantes para la minutería normal y las ventanitas para las funciones digitales.