– Por favor, no sea hipócrita, Bond. Todas Las guerras santas han sido libradas para sacar algún provecho. Esta es su base. Durante años me he estado haciendo rico con las guerras santas. Luego pensé: ¿por qué no ganar todavía más dinero? ¿Por qué no aportar potencial humano del mismo modo que hago con las armas? ¿Qué hay de malo en ello? Hasta cierto punto estoy salvando vidas cuando sacrifico a jóvenes emotivos e ingenuos que desean sacrificarse por un ideal.
Bond sintió tal repulsión al oír aquellas exaltadas manifestaciones que retrocedió hacia la puerta.
– No se vaya, señor Bond. No se vaya. Porque si lo deseo, puede proporcionarle los medios para poner fin a la actividad de los Humildes.
Bond movió la cabeza.
– Pero no lo hará, Scorpius. Pensé haberme enfrentado a los seres más diabólicos del mundo; creí conocerlos a todos antes de venir aquí; pero ahora ya no tengo duda alguna de que estaba equivocado. Usted es la maldad personificada. Causante de muertes y creador de pesadillas. El peor que ha existido desde…
– ¿Desde Hitler? ¿Desde Stalin? ¡0h, no lo creo! Si cuando este negocio haya acabado le doy a usted una lista completa de los fieles incluyendo su localización, ¿qué me dirá? Puedo hacerlo y usted lo sabe. ¿O acaso no me cree?
– Creo que lo haría por un precio; pero no tengo dinero suficiente para pagarle.
– Puede tenerlo. Nadie sabe de lo que es capaz de conseguir. Amigo mío, he recorrido los caminos más perversos de este mundo, durante muchos más años que usted. Le puedo dar detalles a su debido tiempo, si me da algo a cambio.
Su mirada estaba ahora desprovista de toda expresión de amenaza. Era como si realmente estuviera dispuesto a hacer una oferta, aunque para Bond no existía duda de que aquellas palabras eran falsas y carentes de sentido y que cualquier promesa que se hiciera equivaldría a una impostura.
– ¿Por qué cree que ordené a John Pearlman traerle aquí? -preguntó Scorpius casi en un murmullo. Su voz baja y modulada parecía adquirir un tono cada vez más siniestro cuando se llevaba algún tiempo en su compañía.
– No lo sé. ¿Por qué tuve precisamente que ser yo? ¿Por qué me ha metido en este lío?
– La respuesta es muy simple. ¿Por qué no? Es la que da el Hado a todos cuantos formulan la misma pregunta; cuando los desastres, la muerte, la tragedia y las penalidades los abruman, se interrogan, ¿por qué yo?, ¿por qué yo? ¿por qué yo? -Se golpeó el pecho con el puño cerrado conforme iba repitiendo la frase-. Pero el Hado contesta a esos imbéciles: «¿Por qué no?» En su caso, señor Bond, ha sido porque se encontraba usted en el lugar preciso y en el momento adecuado. Yo disponía de un informador que podía situar convenientemente. Usted no era el único de quien podía servirme, pero, como estoy seguro que ya ha comprendido, su situación permitiría a mi agente transmitir una información muy valiosa. Con esta persona cercana a usted yo quedaría en situación privilegiada, como así ocurrió. Pero nunca creí que los suyos descubrieran mi verdadera identidad. Señor Bond, también ahora se encuentra en el lugar adecuado y en el momento preciso.
– ¿Por qué motivo?
– Sólo le voy a pedir un pequeño favor. Y a cambio del mismo le revelaré los nombres y las señas de todos Humildes…, incluyendo los que se han quedado aquí.
– Pero eso será después de haber ocasionado un daño horrible. -Bond se dijo que era preciso simular, actuar como si realmente creyera sus palabras. Probablemente se trataba de «un pequeño favor» que sería conveniente para Scorpius y para nadie más.
– Naturalmente, luego de que esta campaña especial haya acabado.
– ¿A qué favor se refiere? -preguntó Bond, convencido de que sólo podía tratarse de alguna garantía para conservar la vida.
– Se lo diré en su momento. Antes déjeme aportar algún aval.
Se dirigió hacia la pared más larga del aposento. El bar se encontraba precisamente frente a ella, y sobre el mismo colgaban dos horribles reproducciones encuadradas por un gran marco. Scorpius tanteó bajo el bar y segundos después el cuadro se elevó, a la vez que descendía un amplio mapa de Inglaterra cual si resbalara por la pared. Scorpius tiró de un cajón del bar y tocó un interruptor. Inmediatamente se encendió una luz parpadeante que Bond observó correspondía a la exacta posición de Glastonbury.
– ¿Lo ve? -preguntó Scorpius, que parecía haber prescindido por completo de su fuerza personal y de su mirada aniquiladora-. Puedo permitirme enseñarle esto porque usted se quedará aquí hasta que todo haya terminado, y de eso no tenga la menor duda. Nadie puede escapar de la plantación «Ten Pines». La muerte acecha tras estos muros…, una muerte terrible como sólo puede ocasionaría lo que se escurre y se desliza ahí fuera. Así pues, me puedo permitir esto. Primero fue la pequeña y, bonita población de Glastonbury… Ya sabe lo que paso allí. Luego Chichester. -Otra luz parpadeó en el mapa-. También lo conoce usted. Pero ¿sabe lo que ha ocurrido hace tan sólo unas horas en Newcastle-upon-Tyne? -Otra minúscula luz se encendió conforme Scorpius pronunciaba lentamente el nombre del jefe sindical y el del candidato laborista-. ¿Y después? ¿Qué otra cosa va a ocurrir? ¿Qué otras misiones están en marcha, que yo no puedo detener? Veamos. -Su mano tocó algo en el panel que sobresalía del bar. Se encendió una luz en Manchester, y Scorpius mencionó el nombre de un antiguo ministro del gobierno que «se había ido al campo»-. Esto será mañana. -Hablaba como quien está planeando unas vacaciones, no como quien decreta la pena de muerte de personas inocentes con el fin de quitar la vida a una sola. Otro botón… Birmingham. Un miembro del Parlamento con fama de agitador, y unos candidatos, laborista y conservador. «Dos el mismo día.» La noticia aparecerá en titulares.
Continuó citando otras operaciones. La campaña parecía carecer de un plan concreto. Figuraban en ella candidatos de todos los partidos: antiguos ministros, dos ex jefes whips, el lord canciller. Londres, Ealing, Edimburgo, Glasgow, otra vez Londres, Kensington, no muy lejos de donde Bond había permanecido la noche anterior, Cambridge, Canterbury, Leeds, York. Prácticamente todas las grandes ciudades de Inglaterra, Escocia y Gales, además de Belfast. Las fechas constaban de un modo concreto. Los objetivos habían sido bien seleccionados. Junto a cada lucecita parpadeante Bond podía leer los nombres de las víctimas, en color escarlata, y debajo otros nombres demasiado pequeños como para poderlos distinguir desde aquella distancia, pero casi con toda seguridad los de quienes deberían actuar de asesinos.
– Pero ¿y si se efectuaran cambios en los días y las horas previstos? -preguntó Bond con el estómago revuelto ante el horror que le causaba imaginar semejante carnicería.
– Ya lo han hecho -respondió Scorpius mirando a Bond a la cara. Sus pupilas perforaron de nuevo la mente de 007. Éste había bajado la guardia ladeando la cabeza, reemplazó sus ideas normales por la imagen de Scorpius cayendo víctima de una de aquellas bombas humanas-. Ya han cambiado fechas e itinerarios, pero poseo los nuevos datos.
– ¿Y cómo sabe si son correctos?
Pero en realidad la respuesta importaba poco. Aquel hombre estaba practicando un insensato despliegue de poder. Era como un niño cuando se jacta de algo, un niño loco, malvado y asesino.
– Sé que son correctas -respondió Scorpius sonriendo con una expresión que parecía aún más malvada y pérfida a causa de querer ser natural-. Porque tengo confianza en la persona que me informa.
– Pues no confió en los informes sobre usted mismo.
– ¡No! Y evidentemente he sido tonto. Porque se trata de una de las primeras reglas a seguir, ¿no cree? Usted, como agente con muchos años de experiencia, debe saberlo. Una de las primeras reglas es la de no desechar aquellos informes que no digan lo que uno desea creer. No confiar sólo en aquello que a uno le interesa. ¿Es cierto o no?