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Estuvieron hablando de cosas sin importancia hasta que llegó el plato principaclass="underline" unas suculentas y finas costillas de cordero sazonadas con romero y otras hierbas y servidas sobre una enorme bandeja rodeadas de patatas asadas y de guisantes.

– ¿Qué le parece? -preguntó Scorpius sonriendo-. ¿No cree estar en uno de esos clubs ingleses para caballeros? Pedí que esta noche el plato principal fuera muy inglés, especialmente por tenerle a usted aquí, James Bond. Sírvase, por favor. También puedo probarlo antes y no tengo inconveniente en catar su vino con antelación, no fuera que contuviese algún veneno mortal.

Se echó a reír de nuevo, esta vez en un tono desagradable y dirigióse al bar donde se había puesto a refrescar dos botellas de Chablis Grand Cru, procedentes de Les Preuses, uno de los pequeños siete viñedos que salpican las laderas meridionales del propio Chablis. Scorpius probó el contenido de ambas botellas de un modo extravagante y ostentoso.

Bond tuvo que admitir que desde hacía muchos años no había probado un cordero tan tierno y tan sabroso ni bebido un Chablis clásico de tan excelsa calidad.

Conforme comían y bebían, continuó presionando a Scorpius, recordando la vuelta de Trilby a su casa.

– Cuando la vi parecía hallarse en un estado muy vulnerable e indefenso.

– Fue un pequeño riesgo a correr -respondió Scorpius-. Un riesgo que ambos aceptamos gustosos. Lo importante era que ella conociese el significado de las palabras que yo había inculcado en su mente. Trilby ha sido siempre una fiel seguidora de los Humildes. Está unida a nuestra fe y comparte nuestros objetivos. Viajé a Londres con ella desde Pangbourne y le administré las dosis finales de LSD en el automóvil, conforme nos aproximábamos a casa de sus padres. Había sido sometida a siete… (fíjese bien), siete días de hipnosis intensiva.

Sonrió mostrando en su semblante una expresión tan malvada que hubiera complacido al propio marqués de Sade. Bond creyó casi ver la sombra de este último en la habitación donde se hallaban.

Scorpius siguió sonriendo conforme añadía con deleite:

– Me alegró poder devolver a su padre algunas de las contrariedades que me ha hecho sufrir. Nuestra vida hubiera sido mucho más favorable si su banco, el terrible Gomme-Keogh, hubiera apoyado la empresa de la Avante Carte.

– ¿Los suyos intentaban sacar a Trilby de nuestra clínica cuando fueron sorprendidos? Todos imaginamos que querían matarla.

– En efecto, la estaban rescatando. ¿Por qué los míos habían de matarla? En todo este asunto ha habido mala suerte. Pearlman estaba allí, pero esa idiota de la Horner fue la que armó todo el barullo. Lo que me lleva otra vez, señor Bond, a recordarle mi oferta anterior.

– ¿Cuál era? -preguntó Bond como si hubiese olvidado la vaga promesa de Scorpius de que a cambio de un pequeño favor le entregaría a los Humildes que quedaran, una vez la campaña en curso hubiera terminado.

Bond no creía que Scorpius fuese capaz de cumplir una promesa ni de pedir algo de poca importancia. El suyo era un mundo de concesiones muy grandes, plagado de promesas sin cumplir y de intenciones tortuosas.

Scorpius repitió las mismas palabras que ya había pronunciado antes:

– Solo le pido un pequeño favor. A cambio estoy dispuesto a darle los nombres y las señas conocidas de todos los Humildes, incluyendo los que queden aquí, una vez esta campaña tan especial toque a su fin.

Bond sonrió fijando la mirada en el plato ahora vacío que tenía frente a sí.

– ¡Oh! No hablemos de negocios durante una cena tan espléndida. Puedo esperar para saber de qué favor se trata. Pero ahora dejémoslo pendiente, Scorpius.

– Como quiera. El postre está en el bar. Y una vez mas, antes comeré también de él.

– Es una tarta de melocotón -anunció Trilby-. Espero que le guste -añadió en un tono demasiado vibrante, nervioso y rápido.

– Será deliciosa.

En realidad aquel plato de melocotones pelados y macerados durante cinco minutos en un jarabe de azúcar y agua, al que a veces se añade una bolsita de pétalos de rosa, era uno de sus postres favoritos. Por regla general Bond no tomaba semejante tipo de manjares, pero aquel Meringue Chantilly realmente bien hecho era de los que rara vez dejaban de tentarle.

– Dígame -manifestó como si empezara a acomodarse a aquella compañía infernal-. Ha afirmado usted que nunca podré escapar de este lugar.

– Señor Bond, más vale que se lo quite de la cabeza.

– ¿Por qué?

– Aunque se lo diga, será igual. No hay modo de salir de la plantación «Ten Pines», excepto con mi permiso.

– Las vidrieras del cuarto para los invitados dan a unas playas y al mar. Tienen puertas correderas y están desprovistas de cerrojos. ¿Por qué no puedo salir tranquilamente y alejarme nadando? ¿Es que mantiene guardias armados en ese lugar las veinticuatro horas del día,

– Los guardias armados se encuentran en la parte delantera de la finca -respondió Scorpius en un tono como si pretendiera enfocar el asunto bajo un prisma de humor-. Hay allí un amplio semicírculo de árboles, plagados, y uso este término de un modo muy realista, de guardianes y de perros. En cambio, el camino hacia el mar no necesita de perros ni de tiradores de élite. Porque está provisto de obstáculos naturales muy desagradables…, a los cuales he añadido algunos de mi propia invención.

– ¿Cómo, por ejemplo…?

– No hay cocodrilos en esa zona, porque verdaderamente no son amigos del mar; pero existe un pequeño tramo pantanoso plagado de juncales entre la parte trasera de la casa y la playa principal y el mar.

Hemos colocado grandes letreros para que los turistas no se aproximen. Sin embargo debo admitir que se han producido algunos accidentes lamentables. Nadie…, y cuando digo nadie es nadie, ha podido pasar desde la plantación al mar y seguir vivo para contarlo. ¿Ha oído hablar alguna vez de la serpiente acuática llamada mocasín?

Bond hizo una señal de asentimiento.

– Se la conoce también usualmente como «boca de algodón».

– ¿Y no está de acuerdo conmigo en que se trata de una serpiente sumamente peligrosa?

– Sí, en efecto, a menos de que las mordeduras se traten con suma rapidez.

– El veneno de la mocasín acuática se utiliza en medicina para curar hemorragias y afecciones parecidas. Porque destruye los glóbulos rojos de la sangre y la coagula. Una sola mordedura y el peligro es gravísimo si no se la atiende con toda rapidez. Varias mordeduras significan la muerte sin remisión.

– ¿Varias?

Scorpius hizo una señal de asentimiento.

– Esos pantanos cercanos a las playas, en la parte trasera de «Ten Pines», están cercados por planchas de metal de un metro de altura colocadas en sus extremos. Porque en esos pantanos tenemos una colonia de mocasines acuáticas que llevan allí varios años y cuya existencia conocen los habitantes de la comarca.

– ¿Y no se marchan hacia el mar?

– No; por regla general son animales nocturnos que no se sienten atraídos por el mar. Pero los pantanos son distintos. Cuando se considera que la hembra produce unas quince crías cada dos años, comprenderá por qué no necesitamos guardianes armados en ese lugar.

Trilby se estremeció y Scorpius alargó una mano para calmarla.

– A mi joven esposa todo esto le produce un nerviosismo extraordinario. Durante su primera visita aquí ocurrió un accidente. Aquel hombre al que no conocíamos fue mordido cuarenta veces. Así que ya se puede imaginar lo que ocurrió, señor Bond. Las mocasines acuáticas son objeto de atención por parte del gobierno lo mismo que las serpientes de cascabel, las arañas «viudas negras», los escorpiones y otros animales igualmente peligrosos que abundan por aquí. -Esbozó una sonrisa que sólo admitía el adjetivo de terrible-. Los pelícanos, cormoranes y motacillas son agradables de mirar. De modo que el turista normal y corriente raras veces se acerca a la zona de los reptiles. Los hoteles extreman sus precauciones, pero aún así los jugadores de golf se tropiezan a veces con algún cocodrilo. En tal caso, lo mejor es no echar a correr. Pero usted ya sabe de esas cosas.