Выбрать главу

Conforme trataba de recobrar el aliento, Bond pensó que podían existir otras dos explicaciones. Scorpius pudo haberla delegado para llevar a cabo todo aquello con el fin de mantenerlo ocupado, aunque quizá demasiado pronto, o verdaderamente Harriett deseaba provocar en él una pasión explosiva.

– ¡Oh, James! -murmuró-. ¡Me alegro tanto de que sea esta noche!… Realmente no tenía otra cosa mejor en que ocuparme.

Él le dirigió una sonrisa desvaída, ligeramente teñida de crueldad, a la vez que escribía en la libreta:

«Esta noche planearemos nuestra fuga.»

Respirando agitadamente con el fin de dar a quien escuchara la idea de que estaban fundidos en un estrecho abrazo, ella escribió:

«De acuerdo; pero sólo luego de la consumación. Tenemos que sacarle algo agradable a todo esto.»

– James, no sabes hasta qué punto lo he deseado, desde la primera vez que te vi.

El se dijo que sus palabras sonaban convincentes y que quizá fuera sincera al pronunciarlas. Enseguida escribió:

«Eres una chica estupenda.»

Bond pensó que debían aceptar lo que viniera. Quizá aquella fuese la oportunidad que había estado esperando. Tal vez el que Harriett hubiera rechazado a Scorpius fuera la clave de la insistente pregunta que no cesaba de repetirse: ¿Por qué una boda? ¿Por qué todo aquello parecía ser de tanta importancia para Scorpius? Seguía sin conocer gran cosa de Harriett. Ahora, después de haberle revelado su inmediato plan de fuga, ella descubriría sin duda sus verdaderas intenciones. Si estaba actuando con duplicidad -es decir, si formaba parte del equipo de Scorpius-, lo daría a conocer a sus captores, quienes adoptarían medidas para que no incurriese en una tentativa peligrosa. Pero, por otra parte, si era sincera y estaba trabajando para el gobierno de Estados Unidos, seguiría a su lado hasta haber completado la misión que tenía encomendada. De un modo o de otro, pronto sabría si era o no de confianza.

– ¡Caray! -exclamó ella, levantándose y arrugando la frente.

Bond tuvo que admitir que era una mujer muy deseable, con el pelo oscuro cayéndole sobre los ojos y que ahora apartaba con la mano.

– ¿Qué sucede?

– Que no tengo nada que ponerme. -Levantó la mirada y volvió a sonreír, aunque aparecía algo turbada tras un fingido estado de buen humor-. No importa para después, pero ¿qué llevaré en la ceremonia?

– Estoy seguro de que Scorpius habrá pensado algo -respondió Bond.

– Sí -aprobó ella frunciendo el ceño-. Me parece que tienes razón… No olvidará ningún detalle de este condenado asunto, desde la ceremonia hasta el modo en que tengamos que morir. Porque no es posible que nos permita seguir viviendo. Tú también lo sabes, ¿verdad?

Bond volvió la cabeza, no queriéndola mirar a los ojos

– Pues habrá que hacer algo para impedirlo -replicó.

En efecto, Vladimir parecía haber pensado en todo. Tenía preparado un traje gris para Bond y otro para el padrino, junto con corbatas de seda y flores para el ojal.

Ahora, conforme estaban todos de pie en el Salón de los Rezos, Bond observó que había sido muy conservador en su estimación de los que Scorpius podía proveer.

La pieza de Aretha Franklin cesó de escucharse y un órgano lanzó al aire los toques de la Marcha nupcial. Las luces disminuyeron su intensidad y el pasillo central empezó a quedar lentamente iluminado por diversos focos.

Al ver a la novia y a su comitiva, Bond tuvo la extraña sensación de haber vivido ya aquellos momentos. Habían tardado poco más de una hora en prepararlo todo, y el sentido común le dijo que Scorpius lo tenía ya previsto con anterioridad, lo que no era un presagio alentador.

El matón de suaves modales a quien Bond había puesto el mote de Guardaespaldas Bob avanzaba por el pasillo llevando a Harriett del brazo. Ella lucía un vestido de pura seda blanca, con amplia falda fruncida a la cintura, donde se convertía en un corpiño de amplio escote decorado con bordados y con perlas. Llevaba en la cabeza un velo que le cubría la cara y le caía por los hombros flotando por la espalda hasta la mitad de su larga cola, que se recogía con espléndida elegancia. Resplandecía bajo las luces como una radiante diosa blanca que avanzara lentamente para unirse a su cónyuge. Durante un segundo, Bond no pudo contener la emoción que le turbaba al recordar la última vez en que estuvo esperando a una novia, a su querida Tracy, asesinada en circunstancias trágicas mientras realizaban su viaje de bodas. En aquellos momentos, sus evocaciones, igual que un fantasma, parecieron ocultar como una nube la figura de Harriett, que se disolvió para quedar sustituida por la de su querida esposa. Durante unos segundos Tracy estuvo allí de nuevo con él, yendo a su encuentro con el rostro sereno. Pero luego la realidad hizo otra vez acto de presencia bruscamente, obligándole a aspirar el aire con fuerza y a aclarar sus pensamientos, al tiempo que recordaba una cínica frase leída tiempos atrás: «El pasado no es más que un cubo de cenizas.»

Aquellos momentos de confusión mental y emocional confirieron a Bond el extraño sentimiento de que Harriett y él estaban cometiendo una especie de acto indigno. La comitiva de la novia formaba un espectáculo brillante, iluminado y dirigido como por un talento de la escenografía. Harriett sostenía en la mano un delicado ramillete de flores rojas y blancas. Trilby, vestida de seda color crema, llevaba una corona de flores sobre la cabeza en su calidad de dama de honor, y tres de las jóvenes miembros de los Humildes, incluyendo a Ruth, la hija de Pearlman, iban asimismo vestidas de seda color crema.

Las reflexiones de Bond se eclipsaron al pensar que mientras Harriett fuera lo que aseguraba ser, no existía desacato de ninguna clase, porque los dos estaban practicando aquella ceremonia fingida con el único objeto de salvar sus vidas y no sólo las suyas, sino la de otros que las habrían perdido también en el futuro.

A su lado, Pearly Pearlman murmuro:

– Mire a mi querida, Ruth. ¿Qué diría su abuelita si la viese? Una buena chica judía como ella tomando parte en esta comedia. No está bien. Además, fíjese en el imbécil de su marido. -Hizo una señal indicando a un joven pálido, delgado y barbudo que estaba sentado un par de filas más arriba del pasillo. Cuando Ruth pasó por su lado, el joven levantó hacia ella unas pupilas húmedas-. Hubiera podido casarse con alguien dotado de una profesión más decente. Con un hombre de futuro.

– ¿Se refiere a su yerno el astronauta? -preguntó Bond en un murmullo-. ¿O del que practica esquí acuático?

– ¡Cállese! -le ordenó Pearly con voz quizá un poco estridente.

Al llegar junto a Bond, Harriett hizo entrega de su ramillete a Trilby y sonrió a aquél tras su velo como si fuera el único hombre al que hubiera podido amar o con el que deseara casarse. Quizá fuese así en realidad; pero aquella idea no le preocupó demasiado, por ser secundaria respecto a lo que los deparaba el futuro. A partir de aquel momento debería tener siempre presente una idea fija. «Esto no es real -se dijo-. Ni legal ni nada parecido.»

Nervioso, Scorpius dio unos pasos y empezó su versión particular de lo que creía la ceremonia de una boda.

– Queridos, amados míos; quienes conservamos humildes la mente, el corazón y el cuerpo, nos hemos congregado aquí para unir en matrimonio a estas dos personas. Harriett y James, de acuerdo con nuestra fe y nuestra creencia de que sólo quienes han ingresado en la Sociedad de los Humildes alcanzarán el verdadero paraíso.

Prosiguió así durante media hora en una mezcolanza de frases cristianas, judías y de otras religiones. Los contrayentes tenían las manos unidas por un pañuelo de seda, similar a una estola; el Guardaespaldas Bob, que actuaba como padrino de Harriett, hizo circular una bolsa de terciopelo que contenía cincuenta krugerrands; se intercambiaron los anillos y los novios bebieron tres sorbos de la misma copa de plata, tras de lo cual, Bond aplastó con el pie un vaso de vino colocado debajo de un paño. Esto último, según explicó Scorpius, representaba el aplastamiento de todos quienes se interponían entre los verdaderos Humildes y el camino al paraíso. Pero Bond sabía perfectamente que aquello era un plagio de la ceremonia judía en la que se simboliza la destrucción del Templo y se recuerda a la pareja que el matrimonio debe permanecer bien guardado para evitar que se haga añicos.