Finalmente Scorpius los declaró marido y mujer. El velo de Harriett fue echado hacia atrás y se permitió a Bond besar a la novia.
A continuación tuvo lugar una pequeña fiesta en la amplia antesala donde se congregaron todos los Humildes presentes. Se brindó con champán Pol Roger 71, una de las grandes cosechas, y se intercambiaron felicitaciones seguidas de breves discursos. Harriett miraba a Bond con admiración y él se dio cuenta de que, si bien nunca podría estar realmente enamorado de aquella muchacha, sí se sentía preocupado por ella. Su sentido de la caballerosidad le decía claramente que tenía que hacer todo lo posible para que no sufriera.
Para entonces se había hecho ya tarde; eran casi las dos de la madrugada. Bond estaba convencido de que, aunque quizá pudieran producirse algunas muertes más en Inglaterra, deberían esperar hasta las primeras horas del día siguiente antes de iniciar el plan de fuga que tenía perfectamente trazado en su cerebro. Aquello le proporcionaría alguna claridad a la que poder examinar el terreno por los amplios ventanales que ocupaban casi toda la superficie de los muros exteriores del cuarto de los invitados frente al mar.
Entre una barahúnda de gritos y de bromas de mal gusto, la pareja fue conducida a las habitaciones de los invitados, que encontraron casi excesivamente acicaladas. La destinada a Bond estaba cerrada con llave y su cartera había sido trasladada al salón. Había allí flores, más champán Y bombones de chocolate. Uno de los guardianes dijo que no los despertarían temprano, y por su parte, Scorpius dejó bien claro que no esperaba verlos por lo menos durante dos o tres días.
Bond estaba empezando a sentir cierto cansancio, después de la larga jornada, acrecentado por el cambio de hora. Se excusó y se metió en el baño para lavarse y empezar su rutina nocturna. Su bolsa de aseo había sido vaciada y los diversos objetos estaban colocados sobre una estantería de cristal encima del doble lavabo. Al salir vio que Harriett se hallaba de pie junto a la cama, llevando sólo su breve ropa interior.
– Mira, James -le dijo dirigiéndole su sonrisa más pícara-. No me falta de nada. -Fue señalando cada una de las piezas-. Las hay antiguas, otras modernas, y algunas prestadas, pero todas en azul.
Se acercó a él envolviéndolo con su cuerpo semidesnudo y empujándole hacia la cama. Habría hecho falta ser un santo para resistirse, y Bond era el primero en admitir que la santidad no constituía precisamente su punto fuerte.
A primeras horas de la mañana, metidos bajo las sábanas, donde sus palabras no podían ser recogidas por ningún micrófono, él empezó a hacerle preguntas:
– ¿Dijiste que Scorpius te propuso casarse contigo?
– Me ofreció el matrimonio y una vida de lujo a cambio de que yo le entregara la mía, desde luego. Sabe que soy muy hábil en mi trato con él; pero cuando me hizo la propuesta tuve la impresión de que intentaba demostrarse algo a sí mismo; convencerse de que su poder puede salvar cualquier obstáculo que se ponga en su camino. No pude comprender por qué no me mató sencillamente.
– ¿Y tú le rechazaste?
Ella dejó escapar una breve risita.
– Le dije que se fuera… Bueno, en realidad, empleé unas expresiones bastante vulgares.
– Pero él no te mató. ¿Cómo acabó la cosa?
– Se puso rabioso, empezó a lanzar improperios y juró que me haría sufrir como una condenada. Luego se fue aplacando y añadió que si no me casaba con él procuraría que lo hiciera con cualquier otra persona… Me parece que en aquel momento pensaba en ti, James.
– ¿De veras?
– Afirmó que había decidido realizar una boda. Parecía como obsesionado por esa idea. Está completamente loco, ¿no te habías dado cuenta?
– Sí. Ahora lo veo perfectamente.
– Parecía como si la ceremonia de una boda fuera esencial para sus planes. Estaba llevando a cabo alguna de sus horribles operaciones y…
– Lo sé.
– …y en su demencia parece como si la idea de una boda formara parte de alguna superstición; como si en su paranoia creyera que el plan, o lo que sea, sólo tendría éxito si casaba a alguien. Es decir, si él mismo realizaba la ceremonia.
– Sí -murmuró Bond. Aquello parecía cobrar sentido. Scorpius, el proveedor de tantas muertes, había llegado a creerse las tonterías que predicaba, y ahora, a punto de realizar algo que internacionalmente iba a tener una repercusión horrible, pensaba que era el momento de realizar un sacrificio a su idea de la divinidad.
Como si sus pensamientos se transmitieran a Harriett, ésta comentó:
– Parecía considerar la boda como un sacrificio. Dijo que me concedería un par de días de placer, y que luego de casada, cuando su gran tarea hubiera quedado completa, presenciaría cómo la novia y el novio sufrían las penas reservadas a los condenados. Nos daríamos cuenta de hasta dónde llega su poder en el mundo… Esto es muy importante para su locura. Luego moriríamos lentamente… -Tragó saliva y se contuvo las lágrimas-. Tengo miedo, James. Estoy muy asustada. Nos tiene reservado algo realmente terrorífico. Ese hombre es el demonio en persona.
Se aferró a él como intentando encontrar en su cuerpo la paz mental que tanto necesitaba.
Estrechándola contra él, Bond trató de explicarle su plan de fuga y el modo de eludir los peligros que los amenazaban. Ahora estaba seguro de aquella mujer y decidido a hacer lo posible para salvarla…, y no sólo a ella sino quizá también a centenares de otras personas.
– Escúchame, Harry -empezó-. En mi cartera llevo algunas cosas interesantes.
– ¡Dios mío! -exclamó, atrayéndole hacia ella-. ¿No tienes bastantes conmigo?
No sería hasta la tarde siguiente cuando empezaría a explicarle lo que se había propuesto.
En aquellos momentos, extenuados por sus expansiones amorosas, los dos empezaron a hablar de su vida, de su infancia, de las cosas que les agradaban y de las que les disgustaban. Bond descubrió que Harriett era en esencia una mujer muy seria dotada de fuerte voluntad y energía. En muchos aspectos los dos poseían un sentido del humor casi idéntico y descubrieron que en su atracción mutua existía algo más que el sexo. Podían ser a la vez amantes y amigos.
A las primeras claridades perladas del alba, Harriett se sumió en un tranquilo sueño. Saltando de la cama, él se acercó sin hacer ruido a la ventana. Amanecería al cabo de una hora y notó que la luz de los focos había sido ya apagada.
Harriett se movió un poco y le llamó con voz susurrante para que volviera a la cama.
La tarde fue clara y brillante con un sol espléndido y un cielo teñido de ese azul profundo que es una de las maravillas de la vida. Sobre la playa y el mar los pelícanos volaban describiendo círculos como aviones en desordenada formación, lanzándose hacia el agua para sacar de ella su alimento. A lo lejos, junto a la orilla, Bond podía distinguir los puntitos negros de otras aves a la busca de bocados exquisitos conforme subía la marea.
Un biplano rojo, que se utilizaba para recorridos turísticos por encima de la isla, descendió bruscamente y picó como si pretendiera bombardear «Ten Pines». Pero en el último instante el piloto rectificó y el pequeño avión de juguete pareció como si se pusiera erguido sobre su cola, sostenido por el aire cálido y ascendiendo de nuevo para realizar a continuación un par de espectaculares piruetas. Bond se preguntó qué tal lo pasarían los turistas que habían pagado por participar en la diversión.