Pearlman movió la cabeza.
– Nunca ha sido su esposa. En estos momentos está explicándolo todo a un par de individuos del FBI. A lo que parece, Trilby nunca fue de los suyos realmente.
– ¿Y Scorpius? -gritó Bond.
– Continuamos siguiéndole la pista, jefe. No ha salido de la finca. De ello estamos seguros. Pero nos hemos apoderado de sus compinches, de sus malditos guardaespaldas. Y los Humildes están todos encerrados en lo que llaman el Salón de los Rezos. Ahora se les está tomando declaración.
Siguieron a Pearlman por un corredor hasta salir a un vestíbulo tras del cual atravesaron el estudio de Scorpius. Varios hombres armados se encontraban en el recinto y Bond distinguió entre ellos a un colega de Londres que examinaba los libros puestos en las estanterías.
– James, me alegro de verle -le saludó-. No debe saber dónde guardaba sus datos el padre Valentine, ¿verdad?
– ¿Todavía no los han encontrado? -Levantó la voz colérico-. ¡Cielos, muchacho! El plan terrorista completo está ahí escrito con todo detalle. Mire.
Dio un paso hacia adelante y enseguida localizó el ejemplar de imitación de Guerra y Paz, del que tiró. Inmediatamente, el sector de la librería se apartó, dejando ver la puerta que llevaba al comedor.
Bond empujó la puerta y pasó junto a su colega que estaba mirándolo todo asombrado, a la vez que murmuraba:
– ¡Vaya con el viejo pillo!
Tras haber dado tres pasos, Bond se halló en la habitación. Vladimir Scorpius se encontraba enzarzado en la tarea de bajar el enorme mapa de las islas británicas. En el segundo que transcurrió antes de que alguno de los dos actuara, Bond vio que Scorpius tenía un enorme libro abierto sobre el mostrador del bar.
– Espero que no haya hecho nada que pueda dañar ese bonito mapa, Vladi -le advirtió Bond. Al pronunciar aquellas palabras apenas si había elevado la voz, pero sus ojos estaban fijos en el mapa aún intacto, que empezaba a resbalar para cubrir los pésimos grabados-. Lo necesitamos. Y ahora, Scorpius, tenga la bondad de ponerse ambas manos sobre la cabeza.
Sus procesos mentales parecieron hacerse más lentos y vinieron a enturbiar lo que vino a continuación. Casi no se dio cuenta de lo que ocurría, pero lo estaba viendo todo bajo una extraña claridad como enfocado por una lente. Scorpius empezó a moverse y de pronto se volvió. La pistola que llevaba en la mano semejaba un juguete y pareció apuntar hacia arriba muy lentamente.
El disparo fue como un misil que hubiera sido activado en la habitación, y Scorpius quedó envuelto en humo. Se oyó un estampido cuando la primera bala fue a dar contra el artesonado, copia de otro existente en el hotel London's Connaught y que estaba a la derecha de Bond. Scorpius había fallado el tiro. Bond, repentinamente libre de su extraño sentimiento de torpor, disparó manteniendo su arma contra la cadera. Vio cómo Scorpius soltaba la pistola cuando la bala le rozó la muñeca.
– ¡Déjelo! ¡Déjemelo a mí! -gritó.
Y pudo oír cómo Wolkovsky le contestaba:
– ¡James! ¡Le quiero vivo! ¡Le quiero vivo!
Entretanto Scorpius había saltado hacia la puerta, aquella misma puerta que Trilby en su papel de esposa había atravesado hacía tan poco tiempo.
Bond se lanzó hacia allá y acabó de abrir la puerta semicerrada con tanta brusquedad que las bisagras sufrieron un tirón, al tiempo que se oía el crujir de la madera. Hallábase en un largo pasadizo por el que Scorpius corría velozmente, alejándose de él, casi llegando ya al lugar donde el pasillo torcía en ángulo recto.
Bond apretó el gatillo dos veces, pero Scorpius siguió corriendo sin ni siquiera molestarse en volver la cabeza. Aspirando el aire con fuerza, Bond le acosaba levantando ecos sobre las maderas del suelo. Al volver la esquina pudo comprobar que Scorpius continuaba visible, aunque muy por delante de él.
Bajaron un pasillo y subieron unas escaleras, para introducirse en otro corredor sin alfombrar, mientras Bond ganaba terreno lentamente. Tomó la siguiente curva patinando, y casi con un estremecimiento de placer observó el lugar hacia el que Scorpius se dirigía. Volvió a disparar muy bajo, con el propósito de errar el tiro, porque reservaba algo mucho más apropiado para el guru de los Humildes, el antiguo traficante de armas convertido en contratista del terror en sus diversas formas. Scorpius moriría a la manera que dictara la ley personal de James Bond.
Bond estaba ganando terreno. Podía ya ver frente a él las puertas de la salida para casos de incendio. Dentro de unos instantes se encontrarían en el ala que albergaba las habitaciones de los invitados. Atrapó a Scorpius justamente después de atravesar la puerta, allí donde el entarimado se transformaba en una espesa alfombra.
Scorpius forcejeaba con la puerta que anteriormente conducía al dormitorio de Bond, ahora aislado de la suite que había compartido con Harriett. Echó a Scorpius al suelo y le dio un empujón de blocaje que le dejó el cuerpo magullado y un hombro dolorido. Recordó por un momento habérselo herido con una punta del cristal cuando salieron de la trampa de los escorpiones. Si Scorpius se dirigía a su antiguo dormitorio, aquello significaba que en la ventana del mismo no habría ningún recinto-trampa. El padre Valentine/Vladimir Scorpius tenía previsto sin duda algún arriesgado plan de fuga.
Bond estaba ahora sobre él, sujetándolo e inscrustándole el cañón de la Browning en un oído. Con la otra manó asió la muñeca izquierda de Scorpius y le torció el brazo, poniéndoselo a la espalda y apretándoselo fuertemente contra los omoplatos.
– ¡Arriba! -le ordenó, dando un paso hacia atrás y tirando de Scorpius para que se pusiera en pie. Había separado la pistola del oído de su prisionero y la sostenía detrás de su muslo, recordando todo cuanto había aprendido acerca de no dejar ningún arma al alcance de un preso.
– ¡Abra esa puerta!
Scorpius empezó a gemir, mientras su ánimo de luchar le iba abandonando, y la esperanza se alejaba de él como una bolsa de salvamento cuando se está a punto de alcanzarla.
– ¡Abra esa condenada puerta o le haré pedazos!
La mano de Scorpius tembló al manipular la llave. Podía percibir el olor del miedo exhalado por su sudor.
– ¡Y ahora abra!
Scorpius obedeció con lentitud y Bond le empujó hacia el interior del cuarto. Scorpius empezó entonces a proferir palabras incoherentes, tratando de aprovechar su última oportunidad.
– Voy a darle mucho dinero, James Bond. Puedo hacerle rico. ¡Déjeme escapar! ¡Véngase conmigo! Le daré la mitad de lo que tengo. La mitad, Bond. Millones. ¡Vayámonos de aquí!
– ¿Cómo vamos a salir?
– Por favor, si hemos de actuar, ha de ser enseguida. Los demás están cerca.
– Primero conteste a mi pregunta.
Scorpius sudaba copiosamente, presa de un intenso terror. El cuerpo le temblaba y las palabras se atropellaban en sus labios cuando intentaba hablar.
– Esa ventana… No hay ninguna trampa… Una vez fuera, se encuentra una plancha de metal…, como la tapa de un pozo… Conduce a un sótano y a una serie de túneles. Por ellos se sale directamente de la plantación… pasando por debajo.
– ¿No hay que arriesgar la vida atravesando los pantanos?
Scorpius hizo una enérgica señal de asentimiento, tembloroso y sin poder dominar el terror que sentía.
– Bien -concedió Bond, bajando la voz-, saltaremos por esa ventana.
Scorpius exhaló un profundo suspiro de alivio.
Véngase conmigo. Le haré entrega del dinero. Vivirá a todo lujo, Bond. Le prometo que nunca se va a arrepentir.
– Estoy seguro de ello.
Sosteniendo todavía a Scorpius por el brazo, que seguía inscrustándole entre los omoplatos, le obligó a acercarse a la ventana cuyo batiente se deslizó con facilidad.
Segundos después estaban fuera. El sol empezaba a elevarse y a calentar.
– ¡Ahí…, ahí, ahí…! exclamó Scorpius señalando con mano temblorosa una tapa cuadrada de metal.