Te he hecho un resumen apresurado y modesto, porque la señora, como recordarás mejor que yo, tenía un vocabulario escogidísimo y una fantástica capacidad expositiva, y su competencia chejoviana no se limitaba indudablemente a anécdotas pintorescas o eruditas como ésa. ¿Te acuerdas, por ejemplo, de la charla que nos dio sobre las últimas palabras de Chéjov? Claro que te acuerdas, nos quedamos ambos maravillados, entre otras cosas porque ni tú ni yo sabíamos que Chéjov, al morir, hubiera dicho «Ich sterbe». Es decir, murió en una lengua que no era la suya. Qué extraño, ¿verdad? Amó siempre en ruso, sufrió en ruso, odió (poco) en ruso, sonrió (mucho) en ruso, vivió siempre en ruso y murió en alemán. Fue extraordinaria la explicación que aquella desconocida señora daba al hecho de que Chéjov hubiera muerto en alemán, y cuando se despidió de nosotros para apearse en una estación desconocida no olvidaré nunca la expresión de tu rostro: asombro, estupor y tal vez conmoción. Y qué hermoso y extraordinario fue aquel día en que te vi correr a mi encuentro, yo te esperaba en el viejo café de siempre, tú atravesabas la multitud como si estuvieras feliz, en la mano agitabas un librito y gritabas: «¡Mira quién era la vieja señora!» El libro acababa de salir y la crítica todavía no lo había advertido, pero a ti no se te había escapado, a ti no se te escapaba nunca nada, ah, la deliciosa anciana señora, enorme y benéfica voz que con sus frutos de oro deleitó nuestro viaje, sin revelar jamás su identidad, y después se desvaneció en la nada. ¡Y el uso impropio que hicimos en Samarcanda de las últimas palabras de Chéjov! Naturalmente empecé yo, y después tú empezaste a imitarme, aunque al principio dijeras: «¡Eres un blasfemo, pero qué blasfemo eres!» La primera vez fue en aquella especie de torre de Babel llamada Siab Bazaar: los olores, las especias, los gorros, las alfombras, el griterío, la muchedumbre, la multitud donde se mezclaban el Turquestán, Europa, Rusia, Mongolia, Afganistán, y yo me detuve aturdido y grité: «Ich sterbe!» Y «sterber» fue desde entonces una consigna, una obligación, casi un vicio. Sterbimos juntos ante el mausoleo de Gur-i-Emir, esa panocha de cerámica reclinada sobre una torre cilíndrica taraceada con versículos coránicos, el ónice de los paneles interiores, la piedra sepulcral de jade guarnecida con arabescos y tiznada por el amarillo y el verde de los azulejos. Sterbimos más que nunca en la plaza del Registan, con las dos madrazas encastilladas ante las cuales se había postrado una multitud en oración. Fundamentales resultaron los prismáticos que nos llevamos: eso había sido un consejo tuyo, tú en las cosas prácticas a veces eras insuperable. Sin ellos jamás habríamos descifrado los mosaicos de cerámica que adornan el patio de la mezquita de Ulug Beg, aquel motivo de flores de veinte pétalos inscrito en una estrella de doce puntas de la cual se ramifican motivos geométricos que terminan en una suerte de laberinto. ¿Será así la vida?, preguntaste, ¿empieza en un punto como si fuera un pétalo y se dispersa después en todas direcciones? Qué extraña pregunta. Como respuesta a tu pregunta, se me ocurrió llevarte a mirar las estrellas desde el observatorio de Ulug Beg, con aquel astrolabio inmenso, quizá de más de treinta metros, que permitía determinar la posición de las estrellas y de los planetas observando sencillamente cómo la luz que se difundía por una abertura practicada en el edificio caía en su interior. ¿Es especular?, te pregunté. ¿El qué?, replicaste. Quiero decir si el cielo es especular respecto al concepto que acabas de exponer sobre la vida, te dije, no es una respuesta, he respondido a tu pregunta con otra pregunta. Después, en un mercado más alejado, tú te sentiste sterber por una alfombra bukara color lapislázuli, pero fue un sterbimiento que duró poco, no tenemos suficiente dinero, dijiste, tendríamos que saltarnos por lo menos dos comidas, y además tal vez en Bukara encontremos una más bonita y que cueste menos. Y al final, fíjate, no fuimos a Bukara. Quién sabe por qué decidimos no ir, ¿tú te acuerdas?, yo, sinceramente, no. Estábamos cansados, eso seguro, y además aquel viaje había sido tan intenso, y tan repleto de emociones y de imágenes y de rostros y de paisajes, que nos pareció que estábamos exagerando, es como cuando entras en un museo demasiado grande y demasiado rico y decides saltarte algunas salas, con el objeto de que lo hermoso no se sobreponga a lo hermoso ya visto y al hacerse excesivo anule el recuerdo de lo precedente. Y después la vida nos reclama a la realidad, la vida cotidiana nos concede a veces algunas hendiduras, pero vuelven a cerrarse enseguida.
Se me ha vuelto a abrir solo ahora, aquella hendidura, después de tantos años. Y de ese modo me he puesto a pensar en las cosas que no hemos hecho, es un balance difícil pero necesario, a veces puede incluso dar una suerte de ligereza, como una satisfacción infantil y gratuita. Y por el mismo motivo, y con la misma satisfacción infantil y gratuita, consecuentemente me he puesto a pensar también en los libros que nunca escribí y que sin embargo te conté con la misma minuciosidad con la que no hicimos el viaje a Samarcanda. El último que no escribí, que además es el último que te conté, se llamaba Buscando acerca de ti y tenía como subtítulo «Un mandala». El subtítulo se refería a la búsqueda del personaje, en el sentido de que la suya es una trayectoria concéntrica, en espiral, y los personajes, como sabes, no eran míos, se los había robado a otra novela. Sabes, me había parecido casi insoportable que aquella novela desencantada y llena de alegres fantasmas se cerrara sin que los dos protagonistas, él y ella, consiguieran volver a encontrarse. ¿Sería posible que ese él en el que un ostentoso sarcasmo oculta en realidad una incurable melancolía, y esa ella tan generosa y apasionada ya no pudieran encontrarse, casi como si el autor hubiera querido burlarse de ellos y gozar con su infelicidad? Y además, pensaba yo, en realidad ella no había desaparecido en absoluto como el autor pretendía hacernos creer, no había salido en absoluto del paisaje; al contrario, en mi opinión estaba bien visible, justo en el centro de aquel cuadro, y no se veía precisamente porque estaba demasiado visible, oculta tras un detalle, mejor dicho, oculta bajo sí misma, como la carta robada de Poe. Por eso hacía yo que él se lanzara a la búsqueda de su amada, y círculo tras círculo, mientras los círculos se estrechaban cada vez más, al igual que en el mandala, él conseguía llegar hasta el centro, que además era el significado de su vida, es decir, volver a encontrarla. Era una novela un poco romántica, quizá demasiado, ¿verdad?, pero no es ése el motivo por el que no la escribí: en realidad aquella novela hubiera sido la obra maestra de entre todas mis novelas no escritas, la obra maestra del silencio que yo había escogido para toda la vida. Una pequeña obra maestra, quiero decir, nada de esos novelones monumentales que son la alegría de los editores y que jamás he pensado ni remotamente en no escribir; en resumen, algo pequeño, que no superara los diez capítulos, unas cien páginas, una medida áurea. En no escribirlo tardé cuatro meses exactos, de mayo a agosto, en verdad habría podido no escribirlo incluso antes, si hubiera tenido más tiempo disponible, pero mis días, entonces, estaban ocupados con cosas bien distintas, por desgracia. Lo acabé el diez de agosto. Me acuerdo de la fecha porque la noche de San Lorenzo siempre ha sido una noche especial para nosotros, para ti sobre todo, debido a los deseos que pueden expresarse mirando las estrellas fugaces que en ese momento llenan el cielo. Y además yo había ido a verte precisamente aquella noche, te acordarás, habían pasado esos cuatro meses en aquella casa de campo, con un calor húmedo que sofocaba la garganta y empapaba los huesos, tú me telefoneabas cada día y me preguntabas: ¿por qué no vienes?; ya te lo he dicho, te repetía, me he puesto a no escribir una novela complicada que me está haciendo sudar las penas del infierno más que el calor infernal de estos campos, mira, será estupendo, te lo aseguro, o quizá estrambótico, más estrambótico que yo, una criatura extraña como un coleóptero desconocido que ha quedado fosilizado sobre una piedra, en cuanto llegue te lo cuento.